mardi 11 août 2009
Columpios bonaerenses
Buenos Aires no era nuestro destino original, pero fue nuestro destino final una noche de diciembre de 1980. Llegamos con Rami al aeropuerto después de un largo viaje, caímos exhaustos en la cama, y al día siguiente fuimos a pasear por la ciudad. Yo estaba impresionada por la altura de los edificios. Recuerdo que la primera cosa que me llamó la atención fue una bandera argentina que flameaba sobre una cornisa: tenía un solecito en la mitad y hasta vi que me sonreía. Comimos un "sangúche", mi papá tomó un jugo de "pomelo" y yo uno de "ananás", todas palabras que me eran desconocidas. Después de caminar un rato, descubrimos una plaza con juegos para niños. Me subí al columpio y mi papá empezó a empujarme, y yo volaba y volaba sobre los cielos de Buenos Aires. No sé si fue ese mismo día, o el siguiente, -pues durante toda la semana fuimos a esa plaza y nos comíamos un helado, y yo me subía al columpio y le pedía a mi papá que me empujara-, llegó un niño que sabía columpiarse solo. Empezamos a columpiarnos lado a lado y él me enseñó que tenía que estirar las piernas hacia adelante y encogerlas hacia atrás, y balancear mi torso en armonía. Al principio me costó, pero mi papá y este amiguito bonaerense no dejaban de alentarme... Y el milagro ocurrió: empecé a columpiarme sola, y volví a surcar los cielos de Buenos Aires, esta vez con mis propias alas.
dimanche 9 août 2009
Clochardos hermosos, menesteres azarosos, cuervos curiosos, locos furiosos y deseos amorosos
Hace un par de domingos iba a tomar tecito auténticamente british a las 5 pm (Greenwich time, of course) donde una amiga traductora, cuando al bajar del bus me topé de frente con el clochardo del que alguna vez les hablé, ese que es igualito al abuelito de Heidi y que ronda por el Jardín del Luxemburgo. Algunas semanas antes lo había visto remontando el Boulevard Saint-Michel, y la emoción que me produjo el saber que todavía hacía parte de mi vida parisina, hizo que mi corazón pegase un brinco. El domingo del té inglés salté del bus para aterrizar justo frente a sus hermosos ojos grises. Me miró sin verme, me soltó un: “no vale la pena ir para allá”, y se fue a escarbar el basurero más cercano, como es su costumbre. Lo observé un momento sin atreverme a cruzar el boulevard, ya que por primera vez, y casi diez años después de nuestro primer encuentro, andaba con algo de comer en el bolso (unos pastelitos para acompañar el té). Me acerqué a él y le tendí un caracol de almendras. Como lo había hecho aquella vez en que el joven quiso darle su sándwich, rechazó mi ofrecimiento, y tal como aquel chico ocurrente hiciera con su emparedado, le dejé el pastelito en la basura. Me alejé y se acercó al basurero, sacó el caracolito, lo olió, y sigiloso desapareció de mi vista, perdiéndose entre los recovecos del Barrio Latino…
Como sucede desde que llegué a este lugar, con excepción de la canícula asesina famosa de 2003, de este lado del charco sabemos que es verano porque así lo indica el calendario. Aparte de unos cuantos días de sol por aquí y por allá, el clima ha estado espantoso. Pero bueno, cuando llueve todo el mundo anda echando pestes, pero cuando hace calor es peor: París deja de ser el paraíso y se convierte en un infierno, donde sientes cómo las gotas de sudor empapan tu tercera muda de ropa del día, y donde tomar el metro se convierte en una verdadera odisea olfativa, dado que el más apuesto Ulises y la más bella Helena, hieden.
La tesina está atrapada entre las redes de la desidia, que es un bicho muy muy malo y muy contagioso. Los marisquitos enlatados que me trajeron mis papás para que sean engullidos durante la sustentación, me hacen señas cada vez que los miro de soslayo, pero yo no los pesco.
Por ahí ando haciendo unas traducciones, pero se trata de trabajo voluntario, de ese que nutre el alma y nada más. Esto de no poder encontrar un trabajo bien remunerado, que me permita ser independiente y todo lo demás (como diría mi sabia madre), debiera ponerme los pelos de punta, pero como ahora los tengo cortos, me basta con levantarme en la mañana para parecerme al Pájaro Loco.

Hablando de pájaros, mi vecino del otro lado de la calle tiene una especie de lorito que canta todo el día, y con el cual mantengo conversaciones de lo más animadas. Ahí lo escucho que anda cantando a horas tan matinales (son las siete y media de la madrugada). Él canta, yo le silbo, y así nos la llevamos durante varios minutos al día. Sólo tengo que acercarme a la ventana para tomar clases de canto a domicilio. Lo mejor es que la mayor parte de las veces se nos unen algunos de sus cuates plumíferos, y damos feroz concierto callejero.
Hace un par de días leí un artículo acerca de la inteligencia de los cuervos (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/inteligencia/cuervos/elpepusoc/20090806elpepusoc_13/Tes). Estos animales, y sus parientas, las cornejas, llamaron mi atención desde la primera vez que los vi en el cementerio de Múnich. Era un día helado de enero y su graznido me hizo levantar la vista hacia los árboles pelados. Al escucharlos, y luego verlos, recordé con un dejo de espanto uno de mis traumas de infancia en Locombia llamado “Los cuervos”. No sé exactamente qué pasaba en esa telebobela, porque mis papás me tenían prohibido mirar la tele,
pero una noche en que no estaban en casa, mis hermanos y yo nos metimos en su cama y nos vimos un capítulo, del cual sólo recuerdo la espeluznante escena final: Teresa Gutiérrez, que supongo hacía de mala, quedaba fijada en un plano que mostraba tres cuartos de su rostro y tenía la boca medio abierta. No tengo idea de cuál era la música, pero empezaba con unos graznidos, y ese rostro se quedó ahí fijado durante el tiempo que duraron los créditos. Mis hermanos y yo quedamos traumatizados.
Desde aquel recuerdo muniqués han pasado quince años, y cuervos y cornejas se han vuelto parte de mi paisaje cotidiano. Cuando leí el artículo en cuestión, recordé a un cuervo-corneja (nunca sé cuál es cuál) que me detuve a admirar una vez que paseaba por el Jardín del Luxemburgo. Alguien había abandonado en el pasto una caja de McDonald’s (en vez de tirarla a la basura), y el cuervo se le acercó con curiosidad, la husmeó y trató de ver si estaba abierta. Pero no lo estaba. Entonces se puso a dar brinquitos sobre la tapa, sin éxito. Se bajó, y se fue a buscar un palito con el cual empezó a trajinar la cajita, hasta que ¡Eureka!, descubrió que la tapa tenía una ranura. Metió el palito y ¡tatán! El cofre se abrió desvelando su tesoro: un inmenso pedazo de pan y una rodaja de tomate transgénico. Los cinco espectadores que lo habíamos estado observando, lo aplaudimos fervorosamente.
Después de recordar ese momento mágico, me puse a buscar un poco más de información, y encontré esta maravillosa noticia. http://www.youtube.com/watch?v=BGPGknpq3e0&feature=fvw Así que eso de "cría cuervos y te sacarán los ojos" me parece un soberano insulto hacia estas inteligentes bestias aladas.
Y aunque Michael Jackson nunca fue de mi agrado, para terminar con mis amigas las aves (y como homenaje al niño de los Jackson Five que veía en dibujos animados), aquí les mando este moonwalk inmortalizado por un amigo plumífero llamado Manakin (se apellida Skywalker) http://www.youtube.com/watch?v=SXCQdrYixR4
Hace dos semanas desembarcó de Locombia el compadre Edgar, a quien no veía desde enero. A pesar del largo viaje y del cambio de horario, sacó energías para ir a bailar al borde del Sena, donde diariamente los parisinos que se han quedado en la ciudad y los visitantes estivales, se menean al ritmo del tango, de la salsa, y de otros aires extranjeros.
El sábado de la semana pasada habíamos quedado de ir en la noche a bailotear otro poco, y como el día estaba oscuro y amenazaba con lluvia, me quedé enclaustrada en el cabinet massage. Unas semanas antes había empezado a leer
“A sangre fría” de Capote, pero no había logrado pasar de las primeras páginas, por lo que ese sábado me propuse hacerlo como tarea. Volví a la primera página, y no me detuve hasta que me tocó ponerme los zapatos de danza. El domingo no tuve tiempo de leer nada porque no estuve en casa, pero el lunes, gracias a la lluvia, terminé de devorar las 500 páginas. Quedé absolutamente fascinada, horrorizada, impresionada: el estilo simple, neutro. El autor que desaparece para dejarle la palabra a los protagonistas y sus actos. El lector que queda solo frente al horror y la incomprensión; solo frente a sus prejuicios, sus miedos y su miseria humana.
Pasé la semana deprimida, reflexionando acerca de la frágil frontera entre locura y normalidad, acerca de la delicada capa que separa violencia de tolerancia, de la profundidad de los lazos que creamos, de lo corta que es la vida, y del largo camino que se requiere para aceptar, perdonar y amar profundamente a quienes nos han herido, traicionado, e incluso asesinado, aunque sea simbólicamente, una parte de nosotros. Estuve sumida en un estado de letargo, de inacción y de vacío, donde reinaban silencio, inmovilismo e incluso tristeza.
Pero ayer la tía Lea tuvo la maravillosa idea de invitarme a Versalles. Es una amiga-tía psicóloga que trabaja en un centro de acogida para psicóticos y solicitantes de asilo, y me propuso ir a visitar el castillo y ver los fuegos artificiales, acompañadas por un par de enfermos del centro, un colega psicólogo y dos refugiados políticos. Mientras esperaba el metro para encontrarme con ellos, observé a una chica en el andén que parecía triste. Subimos al wagón y se sentó casi al frente mío: se tapaba la cara con su largo cabello, y las lágrimas que sus dedos no lograban detener, iban a morir sobre su pantalón. Todo el mundo la miraba de reojo, y a mí el corazón se me encogió. Supongo que cuando una ha estado triste en su vida, sabe lo difícil que es retener la pena en público. Hace como un año había asistido a la misma escena, con otra mujer (un poco más mayor que la de ayer) un día en que regresaba a casa desde la escuela. Y ayer, como aquella vez, sólo atiné a entregarle mi paquete de pañuelos y decirle que no se preocupara, que sólo era un mal trago y que todo terminaba pasando. Recordé a Martín, el niño de hace un tiempo, y me conmovió que esas personas, sin saberlo, hubieran compartido sus penas conmigo. Porque cuando en mi vida sentí que mi mundo se derrumbaba, me crucé en el camino con personas y seres que encendieron una estrella de esperanza, alumbrando el túnel de mi pena. Y aunque la tristeza quedó atrás, las estrellas que sembraron un día siguen brillando.
Un cuarto de siglo atrás había sido la primera y última vez que había visitado los aposentos de Luis XIV, y volver allí trajo a mi mente sensaciones, objetos e impresiones de mi infancia. El estar acompañada durante ese regreso al pasado de hombres-niños enfermos mentales
fue una experiencia sanadora, una reconciliación con mi propia neura, con mis miedos profundos y el miedo a los otros, con la timidez, la inseguridad, el temor al rechazo, la reivindicación de la individualidad, de la originalidad y de la rareza, el amor y sus distintas formas y expresiones, la ternura, el dolor, la locura, la tristeza y la alegría. El compartir por un instante una verdad distinta, ver el mundo a través de los ojos de quien percibe la realidad de un modo único y dispar, fue un momento de plenitud indescriptible.
Y para terminar con la nota pateticómica del día, he aquí lo último de mis desventuras amorosas.
Hace poco menos de un mes anduvieron por aquí unos cuates uruguayo-mexicanos. Fuimos un par de veces a comer al mismo restaurante, donde el mesero era un guapo para chuparse los dedos. Yo tenía la ligera sospecha de que el hombre era del otro equipo, pero según mis cuates, yo pensaba eso para no tener que enfrentar mi timidez legendaria. Para hacerme y hacerlo reaccionar, estos locos decidieron dejarle mi número de teléfono. El hombre era gay (o me encontró horrible, pero prefiero seguir pensando que, al igual que a mí, le gustan los mancitos).
Stéphane el hermoso demente próximamente padre ha quedado atrapado en las redes de la futura madre, y a pesar de que me ha pedido auxilio jurándome amor eterno, lo he dejado dar patadas de ahogado porque ese hombre “murió para mí”. Snif, caput, RIP.
Debido a lo anterior, estoy a punto de volver a caer en las redes de la red, es decir, a punto de reinscribirme en el sitio Web del carnicerito amable, del profesor chiflado, del guatón llorón y del hermoso demente. Me doy cuenta de que a pesar de que allí nunca he encontrado al hombre de mi vida, se trata de una fuente inagotable de experiencias inconclusas, divertidas y dignas de ser contadas. El problema es que no tengo ni un peso, y la inscripción cuesta 150 euros por tres meses, y además de las
aventuras prometidas me envían un reporte psicológico, del cual ya tengo dos ejemplares distintos (porque cada año que paso el test mi personalidad ha cambiado… no sé si pa’ mejor o pa’ pior). El viernes pasé nuevamente el test, que atestigua de mi nueva evolución involutiva (porque los resultados difieren bastante de los dos anteriores), y me han contactado unos cuantos muchachos que en este mes de agosto deben estar igual de botados, abandonados y deprimidos que esta Princesa, El problema es que no puedo leer sus mensajes porque pa’ leerlos hay que pagar los 150 benditos euros. Así que si conocen a algún mecenas que pueda apiadarse de mi alma solterona, o si tienen un chanchito-marranito-cochinito alcancía que estén dispuestos a sacrificar por esta noble causa, les estaré eternamente agradecida (voy a informarme acerca de las modalidades para emitir -ustedes- y recibir -yo- giros en línea e iniciar una campaña mundial de recolección de fondos).
Buen domingo a todos. Y a aquellos que no vamos a misa, pues “Que Dios nos pille confesados”. Amén.
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Las fotos e imágenes que aparecen en este blog son en su mayoría de mi autoría. Cuando no lo son, estimo conveniente citar de dónde provienen...
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dimanche 7 juin 2009
Diario de viaje
Como soy bastante tímida, aunque cueste creerlo, una vez terminada mi faena revolucionaria dejé para otro momento el asunto de las llamadas a los distintos teléfonos, porque me producía un poco de terror la idea de tener que explicar que había encontrado una libreta en una bicicleta, y que al otro extremo del auricular me tomaran por loca.
Al lado de la lavandería de los clochardos hay una peluquería y decidí que era hora de cortarme la trenza de Rapunzel (o Rapónchigo), porque eso de que mi futuro príncipe tuviera que escalar los cuatro pisos desde la calle hasta el cabinet massage agarrado a mi pelo, me daba migraña y dolor de cuello de tan sólo pensarlo. La trenza quedó reducida a la nada misma y desde entonces mi preocupación consiste en encontrarles un uso útil a las toneladas de “bálsamo suavizante para un cabello largo, sedoso y sin nudos” que tengo almacenadas en el mueblecito del baño.
El viernes por la tarde, después de convencerme de que tenía que dejar de lado la timidez, dado que la libretita reclamaba ser devuelta a su dueño, llamé a los dos primeros teléfonos que vi anotados y en uno de ellos me contestó una chica de voz amable. Me indicó que la libreta pertenecía a su cuñado, me dio un teléfono en el cual podría ubicarlo, y de paso me confirmó que se trataba de un compatriota. Lo llamé, me contestó emocionado y quedamos de vernos ayer sábado para que pudiese devolverle su tesoro. Se trataba de un profesor de
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mercredi 20 mai 2009
De ovejas y Princesas
Gus, un amigo de infancia de Rami, tuvo la delicadeza de pensar en mí el día en que nació mi hermano Lucho. Traía en sus brazos una ovejita blanca como la nieve y me la tendió con dulzura, diciéndome que sería una hermosa compañía. Inmediatamente la bauticé “Pepa”, y desde entonces somos inseparables.
La Pepa es una oveja particular: mide escasos 20 centímetros y pesa unos trescientos gramos. No bala, no come y por tanto, no caga bolitas. Cabe en todas partes, se acomoda a todos los espacios, sirve de almohada o cojín (según cuales sean las preferencias del usuario), y hasta hace las veces de pañuelo.
La primera vez que crucé el charco tenía 9 años y mi mamá quedó de cuidar a la Pepa durante mi ausencia. Cuando regresé de mi larga travesía (3 semanas que me parecieron un siglo) encontré a la Pepa hedionda a lana y a humo, sin cola y con un agujero de contornos chamuscados en el costado derecho*. A pesar de mi corta edad, y aunque en aquella época Guantánamo todavía no existía, supuse que la Pepa había sido sometida a torturas espantosas. Y no me equivoqué. Mi progenitora, considerando que la oveja tenía ya 6 años, y que además había sido depositaria de la mayor parte de mis lágrimas y otros efluvios (especialmente nasales), había decidido darle a la Pepa su primer baño. Desafortunadamente, mi madre no se percató de que durante la faena la Pepa había extraviado su cola, y al ver que la oveja no secaba (de ahí el olorcito), no encontró nada mejor que ponerla al lado de la chimenea (dada la amplitud de la catástrofe, yo creo que la puso sobre las brasas). Al borde del colapso, consolé a la Pepa como pude, y le juré que nunca nadie la volvería a bañar. Han pasado 25 años y la Pepa ha dejado de ser blanca inmaculada para convertirse en una paleta de tonos grisáceos. La promesa, sin embargo, sigue intacta (hoy en día la pobre Pepa debe ser un nido de ácaros, pero eso no importa).
Pocos meses después del baño, la Pepa hizo su debut en una pieza teatral: sin cola y chamuscada, apareció en escena haciendo de cabra en la obra “La cabra de Nubia”. Pese a su pequeña altura, la actuación fue aplaudida ferozmente por un público infantil más que entusiasta.
Algunos años más tarde, Rami se estaba lustrando los zapatos cuando entré en su habitación para preguntarle alguna cosa. El grito de espanto que pegué debe haberle destrozado los tímpanos. Mi progenitor estaba sacándole brillo a su calzado con la cola extraviada. Inmediatamente se la arrebaté de las manos y salí pegando alaridos por la casa. Luego de reponerse de su asombro, y tras haber recuperado la audición, Rami me preguntó que qué había hecho con el práctico trapito. Tras pasar por innumerables baños de cloro y detergente (el betún era de muy buena calidad), mi mamá devolvió la cola al lugar del cual nunca debió haber salido, cosiéndola con hilo resistente. Durante mucho tiempo la Pepa fue de dos colores, gris y blanca, pero con el paso de los años la cola se integró perfectamente al paisaje. Mi madre aprovechó además para zurcir el agujero chamuscado y repararle una oreja a la Pepa, cosa de evitar cualquier posibilidad de que terminase entre las garras, perdón, los betunes de Rami. Desde entonces la Pepa quedó con “la oreja parada”, lo que debe resultarle bastante práctico cuando tiene que escuchar mis endechas.
Aunque la Pepa no me acompaña cada vez que viajo, sí lo hace cuando cambio de país de residencia. El último trayecto fue en septiembre de 2005, entre Madrid y París. Al pasar por el detector de rayos X, el controlador me pidió que abriera mi equipaje de mano, pues había detectado un objeto extraño. Cuál no sería su sorpresa cuando vio emerger del interior de mi mochila una bolita de lana con dos ojos de plástico.
“¿Qué es eso?”, me preguntó poniendo cara de espanto.
“La Pepa”, le respondí sonriendo. Le expliqué que en vez de un osito, a mí me habían regalado una oveja cuando había nacido mi primer hermano, y que se trataba de una reliquia de 27 años. Varios de los controladores se acercaron a admirarla, y no faltó el que contó que su oso de peluche había terminado en la basura, y que acordarse de ello le causaba una gran tristeza. Me desearon buen viaje y una larga vida a la Pepa.
Poco tiempo después leí “La Princesa Primavera” de César Aira. Desde la primera página me sentí completamente identificada con el personaje principal: una princesa traductora, soltera y bebedora de té (a pesar de que la princesa del libro tiene el cabello rubio, y yo castaño). Sin embargo, cuando apareció la oveja en la historia, me convencí de que Aira había escrito el libro para mí, aunque no me conociese.
Mi mundo extraño es
Aunque no esté al revés.
Y pese a ser de otro sueño,
En mi reino el lobito bueno
Por la Pepa será bienvenido
Pues ella cordero no ha sido...**
*Acabo de recordar un cuento que leía cuando era pequeña llamado “El becerrete pajoso de costado resinoso”. Hacía parte de una colección de cuentos rusos de la Editorial Progreso de Moscú, y que mis papás me compraban por montones durante la Feria del Libro de Bogotá. Eran unos cuentos maravillosos, deliciosamente ilustrados, y muchas veces escritos en verso.
** Ver el poema de José Agustín Goytisolo (que canta Paco Ibáñez).

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dimanche 17 mai 2009
El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos*
Estoy en plena reflexión acerca del tiempo que pasa desde hace unas semanas, cuando fui a bailar con unos amigos a un lugar latino. Llegamos, había poca gente, nos sentamos, comimos, y bailamos ahí un par de salsitas. De repente, los altoparlantes empezaron a emitir una canción de reggaetón, así que no nos quedó más remedio que sentarnos dizque a conversar. Mientras ese ruido horrendo, que algunos desubicados llaman música, nos destrozaba los tímpanos, la pista de baile se llenó de veinteañeros pospúberes, que se meneaban y se zangoloteaban unos a otros. Una hora después el ruidajo nos hizo huir, y deprimidos caminando bajo la lluvia, nos dimos cuenta de que estamos viejos. Yo que nunca fui muy de discoteca cuando tenía edad para ello, ahora quedé totalmente out.
Pocos días después, volví a enfrentarme a las bromas de Saturno. Estaba en el parque paseando con mi mamá, quien había atravesado el charco con Rami, cuando vimos a una pareja de preadolescentes peleando en silencio: sus miradas lo decían todo. Ella lo estaba dejando y él le suplicaba con sus ojazos verdes que no lo hiciera. La niña se fue, y el niño se quedó ahí, reteniendo las lágrimas. Yo me acerqué, le dije que no se preocupara, que todos habíamos pasado por lo mismo. Se echó a llorar, lo consolé como pude, y al final me dijo “gracias MADAME”… ¡dios mío de mi vida! Sentí cómo, en una décima de segundo, el cabello se me cubría de canas y el rostro de arrugas, y me fui de allí con la cabeza gacha buscando si había por ahí alguna ramita que pudiese hacer las veces de bastón.
Pa’ peor, mis problemas amorosos no me dan tregua. Stéphane, el hermoso demente, va a ser padre. Sí, así como lo oyen. La novia con la que supuestamente no pasaba nada (y pues, pasó). Yo que pensaba que eso de agarrarse a un mancito poniéndose “en estado” era una especialidad de por allá de nosotros, tuve que rendirme a la evidencia de que la vaina es universal. Así que el hombre me llama de cuando en cuando para contarme sus penas, insinuándome a su paso que si quiero, puede regalarme a mí también una semillita para que poblemos el mundo de niños divinos. Aunque la oferta es tentadora, especialmente porque la entrega se haría por los medios habituales, la he rechazado por poco romántica.
Esto de la soltería no deja de complicarse. Un día en que me dirigía al domicilio de unos amigos, un poli me andaba echando miraditas coquetas. Yo que soy miope, no me di ni por enterada y la que reportó el acontecimiento fue mi amiga Maripol, que viajaba conmigo en el tren y que fue testigo directo del suceso. Lo bueno de la miopía es que la nebulosa a través de la cual veo el mundo requiere de un gran trabajo de imaginación, y no hay nada más agradable que imaginar que cada mancito que pasa por mi campo de visión es un Adonis. El problema es que el pobre campito es bastante estrecho. Pa’ completarla, un técnico de la compañía de electricidad que vino al apartamento de mis papás a cambiar el contador, confundió la Coca-Cola que le serví como refrigerio, con una invitación para refrigerar sus pasiones. Apenas se fue del apartamento me mandó un mensajito a ver si quería salir con él (sms plagado de errores horrográficos, así que descifrándolo sufrí como si me estuvieran tirando los pelitos de la sien). Fue el mismo día de la deprimente salida a bailar, así que imagínense el estado en el cual llegué al cabinet massage.
Para rematarla, hace unas semanas adivinen quién apareció… El profesor chiflado que hace dos años me metió la lengua hasta el cogote, ¿lo recuerdan? Me mandó un mail que decía algo así como “aquí reportándome después de tanto tiempo. ¿Nos vemos?”. Lo deletié después de leerlo… sí, ya sé, pero es que me dio mucha curiosidad saber qué me había escrito el deschavetado ese.
El que se muere de la risa con todo esto es mi amigo Nico, que no deja de insistirme en que a mí lo que me van son los funcionarios… ¡y estoy por creerle!
Como si todo lo anterior no fuese suficiente, el martes de la semana pasada regresaba yo a medianoche después de haber estado con mis papás cuando, justo frente a la lavandería de los clochardos, tropecé con un escalón (que no vi por aquello de la miopía agravada). El resultado: un moretón estratosférico en el brazo y el codo como berenjena. El doctor y el radiólogo que me vieron estaban convencidos de que me lo había roto, pero no. Me salvé. Gracias mamita por la leche materna.
Como Rami y mi mamá ya cruzaron nuevamente el charco para regresar a casa, me pasé la semana bajando cosas desde su apartamento a la bodega. Ayer estaba abocada a la faena cuando me encontré con un vecino. Mientras charlábamos animadamente pasó otro que me preguntó “¿es usted la nueva conserje?”. Yo no sé qué cara puse, y le respondí “no, mesié. Soy simplemente una vecina llevando cosas a la bodega. Las apariencias engañan”. El tipo se puso colorado y balbuceó “uy perdón. Ehhh, pues sepa que no hay trabajo indigno”. Le dije “lo sé, no se preocupe. Pero harto fea debe haberme encontrado, oiga”. Un par de horas después me lo volví a cruzar y se volvió a poner como un tomate. Pobre man. Lo que más me dio risa del cuento, es que hace un par de años me regalaron un libro, en el cual el personaje principal es una conserje que se llama como yo, jajajajjajajajjajaa.
Bueno, no los aburro más.
* Pablo Milanés, "Años"

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samedi 18 avril 2009
Pauvre Martin

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dimanche 8 mars 2009
Réflexions de fin d'hiver
La vie est douleur, mais aussi joie et bonheur... ce ne sont que des instants. Parfois on voudrait que ce soient des instants d'infini... et d'autres, l'infini de l'instant nous paraît éternel.

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