vendredi 15 juillet 2011

Este no es un adiós, sino un hasta pronto

Quisiera escribir los versos más tristes esta noche… pero no puedo. No puedo, primero porque un gran Pablo lo hizo antes que yo, infinitamente mejor. Además, la poesía nunca ha sido mi fuerte. Pero sobre todo, no puedo hacerlo porque no sería justo, a pesar de la tristeza profunda que desde hace dos días me embarga.

El miércoles 13 fue uno de los días más tristes de mi vida. Al levantarme en la mañana, en París llovía, y mi corazón lloró cuando leí la triste noticia. Y no pude dejar de pensar en los versos de otro gran Pablo*, “Il pleure dans mon coeur comme il pleut sur la ville”.

Ese día, mi tío de la vida partió a pintar bajo otros cielos. Dejó tras de sí su cuerpo físico, cansado y maltrecho. Su ser inmaterial y verdadero se elevó hacia la eternidad, luminosa y etérea.

No dudo que allí Marta lo estaba esperando, y el reencuentro debe hacer sido extraordinario. Ahí seguramente volvió a verse con Luciano, con Blas, con Rafael... con tantos que partieron antes, que partieron tan pronto. ¡Qué envidia siento en estos momentos, pues el último abrazo que le dí fue hace casi diez años!

Pero ese, como los muchos abrazos que nos dimos, está cuidadosamente guardado en mi caja de la memoria. El lugar donde guardo tantos recuerdos, tantos, porque Gus fue, es y será por siempre el hombre a quien quise como a un padre… Su voz cálida y pausada, su mirada atenta, su sencillez, su bigote tupido, sus escalopas, su pedazo de baguette y la botella de Coca-Cola bajo el brazo, los paseos con los perros por el Bosque Izquierdo, el olor a pintura y los pinceles, las ballenas, la Plaza de Bolívar, las peras, las mujeres de Morales…

Pienso en él con una sonrisa, porque él sonreía a menudo. Y cuando no estaba sonriendo, era porque estaba observando el mundo con sus ojos dulces. Ese mundo que lo inspiró y que amó; ese mundo que también lo amaba. Y Gus amaba tanto la vida, que vivió para plasmarla en sus lienzos, por siempre.

Mi historia con Gus no tiene comienzo, porque empezó desde antes de mis comienzos, y para mí él siempre estuvo. Él fue quien me regaló a la Pepa, el día en que nació Lucho. Y la Pepa está aquí conmigo, a pesar de los años, como siempre ha estado desde ese día de diciembre. Y fue él quien me llevó a la “cazuela”, emperifollada y hambrienta.

Nunca olvidaré el día en que jugábamos en la Plazoleta a alguna cosa y se armó una de las eternas peleas. Y uno de los chicos me acusó ante él de haberle pegado, -una de mis especialidades, sobre todo el puñetazo en plena nariz-. Y Gus, en vez de regañarme como hubiera hecho cualquier otro papá, nos reunió en comité de emergencia y me autorizó delante de todos a dar “patadas, combos y puñetes”, porque yo era la única niña y con eso bastaba. Por supuesto, esa autorización incluía la prohibición tácita de devolverme el “cariño” y más de uno me miró con el profundo resentimiento del machito desautorizado. Hoy puedo decir, no sin sentir algo de vergüenza, que durante años hice uso y abuso del derecho acordado.

En abril del 86 pasó cerca de la Tierra el cometa Halley, y lo vivimos juntos, todos juntos, en Villa de Leyva. Era un viernes cuando Rami llegó con el carro nuevo, un Renault 18 camioneta donde sentíamos que volábamos. Partimos al caer la noche, en patota, para observar el cometa. Llegamos donde Mechas, cenamos y miramos hacia arriba con preocupación: densas nubes cubrían el cielo, y ni rastro de estrellas, ni astros, ni cometas. Fue entonces cuando Juan pidió una vela y dos cuchillos, los puso en medio del jardín, y nos aseguró que el ritual indígena que había aprendido no sé dónde ni de quién era absolutamente infalible. Nos dijo que fuéramos a acostarnos y nos aseguró que cuando llegara el momento de despertar, el cielo estaría límpido. Varios lo miraron con incredulidad, otros con ojos esperanzados, y todos nos dirigimos a nuestros aposentos Tuta. Y a las tres de la mañana, cuando los grandes vinieron a despertarnos, el cielo estaba cubierto de estrellas. Jubilosos y confiados nos subimos a nuestro nuevo auto, que más parecía una nave espacial (después del minúsculo Fiat 147 rojo, el Renault era el Enterprise), y partimos en búsqueda del Halley. Lo encontramos en medio del firmamento, gracias a Rami y sus cursos en el Planetario. En la inmensidad del cielo nocturno, en medio de millones de estrellas, se encontraba esa estrella de colita larga hecha de polvo cósmico.

Gus estampó la marca cometaria en varias de sus pinturas y esculturas, y nos pidió que dibujásemos nosotros también lo que habíamos visto. En lo que a mí respecta, además de los dibujos, del viaje me traje como recuerdo un orzuelo espectacular, de tonos verde azulados, morados y amarillentos, que me dolía horriblemente. Gus me dijo entonces que era afortunada, porque según él, se trataba de un pedazo de cometa que me había caído en el ojo.

Así era Gus: lindo, tierno, amoroso, dulce. Reía de una risa ahogada, y cuando lo hacía, sus ojos brillaban y su bigote se movía. Le gustaban las pastas que mi mamá preparaba y los panqueques con mermelada en las tardes de lluvia. Así lo recuerdo, así lo guardo. Gustavo vivirá por siempre en sus cuadros... y en mi corazón que hoy llora su ausencia.

Hasta siempre, querido Gus. Hasta siempre.


* Paul Verlaine


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lundi 8 novembre 2010

De óperas y cazuelas


El jueves pasado mi ale-mancito estaba en casa enfermo y aprovechamos de ver acurrucados bajo las cobijas nuestra primera Ópera juntos, "Las bodas de Fígaro", emitida en directo desde l’Opéra Bastille.

Una vez que bajaron el telón y France 3 pasaba a comerciales, recordé mi primera experiencia lírica a la edad de cinco o seis años.

Gus, el amigo de Rami que me regaló a la Pepa, me había dicho que me pusiera bien linda porque esa noche me iba a invitar a la cazuela. Llegué a la casa y le dije a mi mamá que no me esperaran para comer porque Gus me había invitado, y que tenía que ir muy elegante. Mi mamá se plegó a mis exigencias y me vistió con el vestido de franela a cuadros, las medias de lana, los zapatitos de charol y el Montgomery también a cuadros, me peinó, me puso la boina y me dijo que me portara bien y que me comiera todo como una niña buena.

Gus pasó en su Renault 4 beige a recogerme y me llevó al Colón*, muy rococó y muy dorado. Teníamos un balcón desde el cual veía a las personas emperifolladas, comensales elegantísimos que también disfrutarían de “Luisa Fernanda”, que era el nombre de la cazuela. Yo nunca había estado en un restaurante tan grande ni tan lujoso, y que además no tenía mesas pero sí un enorme lustro en el centro. Todo muy raro y fascinante. Se apagaron las luces y comenzó un desfile de personas disfrazadas de gentes antiguas que se pusieron a cantar en el escenario. Yo sentía que el estómago empezaba a reclamarme comida, pero no había caso, no había ni rastro de la cazuela. En un momento hubo una pausa, salimos del balcón hacia un salón, y lo único que pude comer fueron un par de terrones de azúcar que servían a los comensales junto al café. Yo encontré rarísimo eso de que sirvieran "el tinto" (que es como le dicen al café en Locombia) antes de la cena, pero me dije que esa debía ser la usanza en los restaurantes lujosos. Volvimos a nuestro palco, que era el nombre del balcón, y la cantadera siguió por un tiempo que me pareció interminable. Para rematarla, al hambre se le había sumado un cuate, el sueño. Yo luchaba contra ambos y había momentos en que la contienda era realmente desigual. Al cabo de un buen rato bajaron el enorme telón color granate, los aplausos de los comensales emperifollados inundaron el teatro y yo me pregunté las razones del aplauso porque yo, la “Cazuela Luisa Fernanda”, la había encontrado más que frugal.


PD: Recordé un comercial de galletas Noël que va en el sentido de mi cazuela: http://www.youtube.com/watch?v=_tA0m8OPJB8&feature=related

* Teatro Colón de Bogotá


Imágenes:
- Le nozze di Figaro
http://a7.idata.over-blog.com/599x410/1/51/12/57/Illustrations/le_nozze_di_figaro1.jpg
- Zarzuela Luisa Fernanda
http://www.ebrisa.com/portalc/media/media-S/images/00038126.jpg


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mardi 26 octobre 2010

La edad de los porqué


Esta tarde recibí un comentario de un lector del blog que contenía un par de preguntas interesantes, y que me hizo recordar una canción de Piero que empezaba así: "En la edad de los porqué, a una abuela pregunté, ¿por qué los hombres ríen? ¿por qué existe la alegría? Y la abuela respondió"...

La primera pregunta era por qué le digo a mi papá Rami. Le respondí lo siguiente: "cuenta la leyenda que cuando tenía un año, mi madre me llevó varios meses a Chile. Era la época en que empezaba a hablar, y cada vez que veía a un señor con barba le decía "papá". Un día, un señor barbudo al que tomé por mi progenitor llamándolo "papá" me respondió: "No, papá no. Tío". Y me traumatizó. Cuando volví a Locombia empecé a llamar "Rami" a mi papá (era su apodo), ya que el hábito de decir "papá" había sido erradicado de mi lenguaje". Una sola vez le dije "papá" y me sonó tan ridículo que enrojecí y me quedé callada, como pocas veces en la vida.

La segunda pregunta del fiel lector era un poco más compleja: ¿Cómo alguien sale con un tipo que se llama Florian, a quien le pega tan bien eso español de "capullo"? Le contesté que esa pregunta me la he hecho muchas veces y que todavía no le encuentro respuesta. Sin embargo, le confesé que desde que ese tipejo me dijo su nombre, a mí me pareció que era perfecto para ponérselo a un ambientador. El comercial radiofónico para promocionar el producto diría con voz acaramelada: "Gracias a Florian tendrá la impresión de hacer sus necesidades en medio de un campo florido. Florian, desodorante ambiental, elimina los malos olores y perfuma agradablemente hasta el rincón más recóndito de su baño. Compruébelo y haga de Florian el aliado perfecto del rollo de papel higiénico". Hasta tengo pensado el producto terminado... he aquí un esbozo:



Y para terminar con los perjúmenes, les dejo esta joyita:
http://www.youtube.com/watch?v=w7Tw0w9_cAI&feature=related

"Hasta la vista, babies" como diría cierto robot que ahora gobierna un estado gringo. Yo me voy a la durma. Bye bye

PD: Me olvidaba. Anoche murió, falleció y pasó a mejor vida el Pulpo Paul. Qué tristeza más grande. Mi corazón compungido y acongojado lamenta tan terrible pérdida para la humanidad, tan necesitada de pronósticos vitales venidos desde otros tentáculos. RIP, QEPD. Que pulpitos alados lo conduzcan al cielo de los cefalópodos y que Neptuno lo acoja en su Santo Reino. Amén. Yo le dedico el himno a los Pulpos "Octopus's Garden"... Snif.
http://www.youtube.com/watch?v=cgPqmRNjoTE


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lundi 25 octobre 2010

El ale-mancito

Hace poco más de un año que no escribo y si no lo he hecho, ha sido por mi dejadez habitual. Así de simple. Ganas no me han faltado, pero sí concretar, como siempre. En fin. Había quedado en mis intenciones de reinscribirme en el sitio Web aquel del carnicerito amable, del Profesor Chiflado, del guatón grandulón y del hermoso demente. Andaba yo en esos tiempos buscando financiamiento para poder pagar la inscripción y poner punto final a mi soltería especulativa, cuando me acordé que debajo del colchón tenía un sobrecito con euros recibidos durante diversos cumpleaños, navidades y otros eventos festivos. Afortunadamente esos euritos esperaban ser gastados, pues evitaron que tuviera que pedirle un préstamo a Lehman Brothers. Como ya había pasado la etapa previa del test psicolocológico, pagué la inscripción, completé mi perfil, elegí una foto decente y esperé a que me contactaran los mancitos.

Los susodichos no tardaron en hacerlo, como es habitual en esos casos, sobre todo porque estaban tan urgidos como yo. Con el primero tenía como 60% de compatibilidad y resultó ser más loco que una cabra (un loco reloco de verdad, o sea, de manicomio y chaleco de fuerza, pastillas de Chiquitolina mental y demases). Yo, que acababa de tener una experiencia cuasi-religiosa con la ida a Versalles acompañada del grupo de enfermos mentales y mi lectura de “A sangre fría”, estuve a punto de dejar a mi lado empático apiadarse de la demencia del compadre y terminar juntos en un loquero, jurándonos amor eterno de camilla a camilla, y brindando con tranquilizantes y psicotrópicos.

Estaba yo pues en medio de esta maraña mental cuando me contactó un mancito con el que tenía 85% de compatibilidad (en mis experiencias anteriores en el sitio, nunca había alcanzado tan alto porcentaje con nadie). Me llamó la atención su foto en la que parecía un asaltante de caminos del lejano oeste y su respuesta a la frase del perfil “las tres cosas que son importantes para mí: la sinceridad, el optimismo y el desarrollo sostenible, incluso en una relación”. Quedamos en ir a tomar desayuno en un café el día domingo y resultó ser un ale-mancito de lo más simpático y además zurdo. Aquí abro un paréntesis: desde que tengo como cinco años, los zurdos me causan fascinación, no sé por qué. La cosa es que a medida que fui creciendo, la cualidad de amante de los zurdos se amplió y me empezaron a gustar también los zurdos en política, es decir, las personas que se declaran de izquierdas. Cierro paréntesis. Lo bueno es que el ale-mancito era un zurdo de los dos. Pasamos todo aquel domingo de agosto charlando de lo más animados y quedamos de vernos nuevamente en la semana para ir a cenar.

Dos días después (es decir, el martes) me mandó un mail diciéndome que tenía muchas ganas de verme pero que estaba muy ocupado, y que sólo podía verme el viernes, porque el miércoles iba a jugar tenis, el jueves tenía un picnic y el fin de semana un matricidio en Normandía. Lo peor es que me dijo que me quería invitar a comer a un restaurante barato, pero supuestamente muy rico. Yo, que seré muy simpática pero también bien chúcara, terminé de leer el dichoso mensaje, me puse roja de ira y lo llamé para decirle que el viernes estaba o-cu-pa-dí-si-ma (obviamente, el plan era pasar la velada mirando el techo mordiéndome las uñas, hasta que me venciera el sueño) y que qué podía esperar yo de una eventual relación con un mancito que estaba tan ocupado en la vida y que pa' peor era amarrado. El pobre me habló con voz de cordero degollado, me pidió disculpas, me dijo que cuando una chica le gustaba se volvía torpe (yo le dije "sí, torpe del verbo torpe"), que lo del restaurante lo había puesto porque no quería que yo pensara que me iba a llevar a un restaurante lujoso, pero que era su restaurante favorito en París, que había pensado en llevarme ahí porque soy vegetariana, que se trataba de un restaurante hindú 100% vegetariano que le recordaba sus viajes a la India, y añadió que ese domingo había sentido un verdadero flechazo por mí, y que bueno, se había equivocado, pero que no me preocupara porque no volvería a molestarme.

Yo, que por primera vez en la vida tenía la certeza de gustarle a un mancito, en vez de ponerme feliz me puse odiosa. Conforme el ale-mancito hablaba yo iba sintiendo un placer horripilante al escucharlo sufrir al otro lado del auricular. Con decirles que hasta me di el gusto de decirle: "mira, yo no te voy a llamar nunca más, pero si tú quieres, puedes hacerlo". Argh, qué espanto. Lo peor del cuento era que no había pasado absolutamente nada entre nosotros y que yo ni siquiera estaba segura de que me gustara el hombre. Es decir, hice y dije todo eso por el puro placer de comportarme como nunca lo había hecho, pues nunca me había pasado de estar segura de gustarle a alguien y de poder darme el lujo de tratarlo mal. Ingrata pérfida, como canta Chava Flores. Colgué con una sensación de triunfo ("le di su merecido al maleducado ese") y me comí la galleta de la victoria. Al cabo de un rato me empecé a hacer preguntas ("¿me habré sobrepasado con él? ¿será que fui muy pesada?”), pero les di un puntapié mental y me acosté a dormir. Pasé el resto de la semana contándoles a mis consejeros espirituales (léase, amigos y amigas del alma) lo que había hecho y todos me dijeron que yo era una bruja horrible, que cómo se me ocurría tratarlo así, y otros regaños de diverso calibre. Me dijeron que ciertamente el hombre era un poco torpe (“bastante”, les dije yo), pero que se veía que tenía buen corazón. Yo empecé a sentirme culpable y el lunes siguiente es decir, una semana después del incidente telefónico, lo llamé. Cuando le dije que era yo, me contestó con un frío “AH”. Fue como si me hubiera dado una patada en la guata. Le dije que me disculpaba y me respondió: “No hay problema, Princesa. No te preocupes, que no pasa nada. Adiós". Y me colgó. ¡Me colgó! Yo me quedé de una pieza y pasé el resto de esa semana pasándome películas de terror (“lo que pudo haber sido, y no jué”), repasándome una y otra vez la jornada del domingo estival (me dí cuenta de que había sido genial, de otro modo no habría pasado el día entero a su lado), escribiéndole correos electrónicos que nunca le envié y otras ridiculeces que negaré haber hecho hasta que muera.

Entre tanto me dio una gastroenteritis horripilante que me hizo perder 3 kilos en una semana, y yo que de por sí soy un espárrago quedé como un fideo. Pensé en quemar mi último cartucho amoroso y le compré un libro del que le había hablado el domingo de nuestro encuentro (“Bella del Señor” de Albert Cohen), le puse un mensaje de texto en el móvil diciéndole que no me gustaba quedar enojada con nadie, que quería fumar la pipa virtual de la paz con él, que le tenía un libro y que me diera una dirección dónde mandárselo. Me llamó cinco minutos después para darme su dirección y de la hora que estuvimos al teléfono, hablamos diez minutos y nos callamos cincuenta. Los silencios incómodos los llenábamos con suspiros y con numerosos “pues sí, mmmh, ajá, mmmh, ah”, patetiquísimos. En un momento tocamos el tema del “incidente” y categórico me dijo que para él era absolutamente imposible pensar en tener una relación con alguien con quien las cosas habían empezado tan mal. Yo, que llevaba cuatro días anclada a la cama con dolor de estómago, no sé de dónde saqué fuerzas de flaqueza (¿del descaro que me caracteriza?) y le dije: “Ah, pues a mí me parece perfecto”. El ale-mancito se quedó mudo y yo seguí: "Pues claro, mira, viste lo peor de mí y ya sabes lo espantosa, mugrienta, pérfida y malévola que puedo llegar a ser cuando me enojo y yo sé cuán torpe puedes ser tú”. Por lo visto marqué el punto decisivo (“no contaba con mi astucia”) porque el hombre me dijo: "si quieres, podemos vernos mañana para que me entregues el libro”. Tuve que hacer un esfuerzo sobrenatural para disimular los efectos de la gastroenteritis en mi maltrecho cuerpo, llegué al café con el libro y casi me desmayo al verlo. El hombre acariciaba el borde de su copa de vino nerviosamente, me miraba con sus ojos aguamarina y se sonrojaba cada tanto. Yo intentaba en vano mantener la compostura, decir cosas interesantes y comportarme como una dama. Cuando salimos del café, la luna llena brillaba en el cielo, la Tour Eiffel centelleaba a lo lejos y los puentes iluminados indicaban el camino a casa. Imaginé llegar al cabinet massage acompañada, pero mis deseos no fueron órdenes. El ale-mancito se despidió de mí con un inocente beso en la mejilla, se subió a su Peugeot (una de esas típicas bicicletas parisinas que son una verdadera belleza) y desapareció de mi vista surcando las calles y evitando los autos. Yo me quedé plantada en medio del Pont Neuf con el corazón destrozado y maldiciendo mi mal genio que me había jugado tan chueco dos semanas antes.

No volví a tener noticias de él hasta dos semanas después. En un correo electrónico me decía que acababa de volver de vacaciones y que si quería, podíamos vernos el fin de semana siguiente para las "Jornadas del Patrimonio". Yo le respondí que claro, que cómo no, que yo encantada, y demases. Planifiqué durante toda la semana mi atuendo para el “día D” e incluso le propuse adelantar la cita para el viernes (el 18 de septiembre), cosa de celebrar juntos "el 18 chilensis". Lamentablemente esa noche estaba ocupado y yo, en vez de andar zapateando por las calles al son de “tiquitiquití”, me pasé la velada imaginando que el hombre había conocido a alguien durante las vacaciones, que tenía una cita con alguna rubia despampanante y tetona del sitio Web, y otras historias igual de deprimentes. El sábado ambos teníamos planes: a él le quedaba “imposible” verme y agradecí el tener que ir al cumpleaños dieciochero de la hija de unos amigos. Yo le había dicho que podía regresarme antes de la fiesta pero insistió en el "imposible". Tal como la noche anterior, pasé el día lamentándome e imaginándome horrores.

Habíamos quedado de vernos el domingo 20 a las 9.30 de la mañana frente al Archivo Nacional y durante los 20 minutos que duró el trayecto del bus imaginé que no se presentaría. Pensé que se le habría olvidado la cita tras haber pasado una noche de pasión entre los brazos (y otras zonas corporales) de la rubia despampanante. Pero ahí estaba, esperándome en la parada del autobús, muy puntual y perfumado. Pasamos el día visitando las maravillas de la Ciudad Luz y a eso de las 4 de la tarde, mientras tomábamos un jugo, me fijó con la mirada y me dijo muy serio: "Quiero explicarte por qué no pude verte ni el viernes ni ayer". Yo me quedé como el hielo del juguito, imagino que me puse lívida y le solté un "ah" casi inaudible. En efecto, temí lo peor. "Llegó la hora, Princesa, te va a confesar que conoció a la rubia de las tetas descomunales y las piernas abisales o a la morena de ojazos verdes y trasero perfecto, y te va a mandar a freír monos al África". Carraspeó varias veces, me miró con cara de circunstancia y me dijo: “La razón por la que no pude verte fue porque murió mi tía el viernes por la mañana y estoy muy afectado”. Me dieron ganas de patearlo. “Esto sí que es el colmo”, pensé para mis adentros. “El ale-mancito es tan cobarde que prefiere matar a la tía antes que confesarme que conoció a otra". Sentía ya que la ira empezaba a enceguecerme cuando vi que incipientes lágrimas empezaban a cubrir sus ojos marinos y me dije que tal vez por primera vez había caído sobre un hombre realmente sincero, sensible y un poco torpe, todo lo cual tenía un “charme” indiscutible.

A eso de las diez de la noche, hechizada por el encanto de aquel hombre tan particular y nuevo para mí, me pregunté cómo haría para despedirme, sobre todo porque ya llevábamos más de doce horas juntos y todavía no había pasado nada. Le dije que me acompañara a la parada del autobús, dejé pasar tres porque no quería subirme, empecé a temblar de frío, me abrazó, y cuando todo parecía llegar por fin a donde tenía que llegar le solté: "me estoy meando, tengo que ir al baño". La culpa era de los varios juguitos que nos habíamos tomado, del frío y de los nervios. Llevaba como tres horas aguantando las ganas, pero con el efusivo abrazo que me dio, éstas se transformaron en necesidad inminente. Lo tomé de la mano y me dirigí rauda y veloz al primer café que encontré abierto (les recuerdo que era domingo y que eran las diez de la noche), le pregunté al mesero dónde quedaba el baño, no esperé su respuesta, bajé corriendo las escaleras y pude por fin vaciarme. Cuando subí, el ale-mancito me había pedido un té y degustaba un vinito blanco. Después de decirme que era la chica más loca con la que había salido nunca, me pidió cortésmente si podía darme un beso. Vi que el café se llamaba "Le Musset", supuse que en honor a uno de mis poetas favoritos, le recité:
« Se voir le plus possible et s'aimer seulement,
Sans ruse et sans détours, sans honte ni mensonge,
Sans qu'un désir nous trompe, ou qu'un remords nous ronge,
Vivre à deux et donner son cœur à tout moment ;
Respecter sa pensée aussi loin qu'on y plonge,
Faire de son amour un jour au lieu d'un songe,
Et dans cette clarté respirer librement »*
y le dije que sí podía, pero que se lo daría yo…
Como dirían los franchutes « depuis ce soir-là, nous ne nous sommes plus quittés » y nuestras vidas han dado un vuelco total. Bajo su mirada atenta terminé la tesina y recibí las felicitaciones de los diferentes profes (los marisquitos fueron degustados, apreciados, engullidos y digeridos), oficializamos nuestra relación el 12 de agosto pasado firmando nuestro PACS (es como un matricidio pero en versión "Light"), y si todo sale bien, incluso es posible que el día menos pensado me aparezca por aquí contándoles que esperamos un par de retoños que hablarán el alemán con acento chilombiano.

¡Ah! Me olvidaba: el restaurante hindú es absolutamente exquisito…



* Alfred de Musset (1810-1857), sonnet « Se voir le plus possible »



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mardi 11 août 2009

Columpios bonaerenses



Buenos Aires no era nuestro destino original, pero fue nuestro destino final una noche de diciembre de 1980. Llegamos con Rami al aeropuerto después de un largo viaje, caímos exhaustos en la cama, y al día siguiente fuimos a pasear por la ciudad. Yo estaba impresionada por la altura de los edificios. Recuerdo que la primera cosa que me llamó la atención fue una bandera argentina que flameaba sobre una cornisa: tenía un solecito en la mitad y hasta vi que me sonreía. Comimos un "sangúche", mi papá tomó un jugo de "pomelo" y yo uno de "ananás", todas palabras que me eran desconocidas. Después de caminar un rato, descubrimos una plaza con juegos para niños. Me subí al columpio y mi papá empezó a empujarme, y yo volaba y volaba sobre los cielos de Buenos Aires. No sé si fue ese mismo día, o el siguiente, -pues durante toda la semana fuimos a esa plaza y nos comíamos un helado, y yo me subía al columpio y le pedía a mi papá que me empujara-, llegó un niño que sabía columpiarse solo. Empezamos a columpiarnos lado a lado y él me enseñó que tenía que estirar las piernas hacia adelante y encogerlas hacia atrás, y balancear mi torso en armonía. Al principio me costó, pero mi papá y este amiguito bonaerense no dejaban de alentarme... Y el milagro ocurrió: empecé a columpiarme sola, y volví a surcar los cielos de Buenos Aires, esta vez con mis propias alas.



Foto tomada por mi padre en diciembre de 1980, en Buenos Aires.


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dimanche 9 août 2009

Clochardos hermosos, menesteres azarosos, cuervos curiosos, locos furiosos y deseos amorosos


Hace un par de domingos iba a tomar tecito auténticamente british a las 5 pm (Greenwich time, of course) donde una amiga traductora, cuando al bajar del bus me topé de frente con el clochardo del que alguna vez les hablé, ese que es igualito al abuelito de Heidi y que ronda por el Jardín del Luxemburgo. Algunas semanas antes lo había visto remontando el Boulevard Saint-Michel, y la emoción que me produjo el saber que todavía hacía parte de mi vida parisina, hizo que mi corazón pegase un brinco. El domingo del té inglés salté del bus para aterrizar justo frente a sus hermosos ojos grises. Me miró sin verme, me soltó un: “no vale la pena ir para allá”, y se fue a escarbar el basurero más cercano, como es su costumbre. Lo observé un momento sin atreverme a cruzar el boulevard, ya que por primera vez, y casi diez años después de nuestro primer encuentro, andaba con algo de comer en el bolso (unos pastelitos para acompañar el té). Me acerqué a él y le tendí un caracol de almendras. Como lo había hecho aquella vez en que el joven quiso darle su sándwich, rechazó mi ofrecimiento, y tal como aquel chico ocurrente hiciera con su emparedado, le dejé el pastelito en la basura. Me alejé y se acercó al basurero, sacó el caracolito, lo olió, y sigiloso desapareció de mi vista, perdiéndose entre los recovecos del Barrio Latino…


Como sucede desde que llegué a este lugar, con excepción de la canícula asesina famosa de 2003, de este lado del charco sabemos que es verano porque así lo indica el calendario. Aparte de unos cuantos días de sol por aquí y por allá, el clima ha estado espantoso. Pero bueno, cuando llueve todo el mundo anda echando pestes, pero cuando hace calor es peor: París deja de ser el paraíso y se convierte en un infierno, donde sientes cómo las gotas de sudor empapan tu tercera muda de ropa del día, y donde tomar el metro se convierte en una verdadera odisea olfativa, dado que el más apuesto Ulises y la más bella Helena, hieden.


La tesina está atrapada entre las redes de la desidia, que es un bicho muy muy malo y muy contagioso. Los marisquitos enlatados que me trajeron mis papás para que sean engullidos durante la sustentación, me hacen señas cada vez que los miro de soslayo, pero yo no los pesco.



Por ahí ando haciendo unas traducciones, pero se trata de trabajo voluntario, de ese que nutre el alma y nada más. Esto de no poder encontrar un trabajo bien remunerado, que me permita ser independiente y todo lo demás (como diría mi sabia madre), debiera ponerme los pelos de punta, pero como ahora los tengo cortos, me basta con levantarme en la mañana para parecerme al Pájaro Loco.


Hablando de pájaros, mi vecino del otro lado de la calle tiene una especie de lorito que canta todo el día, y con el cual mantengo conversaciones de lo más animadas. Ahí lo escucho que anda cantando a horas tan matinales (son las siete y media de la madrugada). Él canta, yo le silbo, y así nos la llevamos durante varios minutos al día. Sólo tengo que acercarme a la ventana para tomar clases de canto a domicilio. Lo mejor es que la mayor parte de las veces se nos unen algunos de sus cuates plumíferos, y damos feroz concierto callejero.


Hace un par de días leí un artículo acerca de la inteligencia de los cuervos (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/inteligencia/cuervos/elpepusoc/20090806elpepusoc_13/Tes). Estos animales, y sus parientas, las cornejas, llamaron mi atención desde la primera vez que los vi en el cementerio de Múnich. Era un día helado de enero y su graznido me hizo levantar la vista hacia los árboles pelados. Al escucharlos, y luego verlos, recordé con un dejo de espanto uno de mis traumas de infancia en Locombia llamado “Los cuervos”. No sé exactamente qué pasaba en esa telebobela, porque mis papás me tenían prohibido mirar la tele, pero una noche en que no estaban en casa, mis hermanos y yo nos metimos en su cama y nos vimos un capítulo, del cual sólo recuerdo la espeluznante escena final: Teresa Gutiérrez, que supongo hacía de mala, quedaba fijada en un plano que mostraba tres cuartos de su rostro y tenía la boca medio abierta. No tengo idea de cuál era la música, pero empezaba con unos graznidos, y ese rostro se quedó ahí fijado durante el tiempo que duraron los créditos. Mis hermanos y yo quedamos traumatizados.


Desde aquel recuerdo muniqués han pasado quince años, y cuervos y cornejas se han vuelto parte de mi paisaje cotidiano. Cuando leí el artículo en cuestión, recordé a un cuervo-corneja (nunca sé cuál es cuál) que me detuve a admirar una vez que paseaba por el Jardín del Luxemburgo. Alguien había abandonado en el pasto una caja de McDonald’s (en vez de tirarla a la basura), y el cuervo se le acercó con curiosidad, la husmeó y trató de ver si estaba abierta. Pero no lo estaba. Entonces se puso a dar brinquitos sobre la tapa, sin éxito. Se bajó, y se fue a buscar un palito con el cual empezó a trajinar la cajita, hasta que ¡Eureka!, descubrió que la tapa tenía una ranura. Metió el palito y ¡tatán! El cofre se abrió desvelando su tesoro: un inmenso pedazo de pan y una rodaja de tomate transgénico. Los cinco espectadores que lo habíamos estado observando, lo aplaudimos fervorosamente.


Después de recordar ese momento mágico, me puse a buscar un poco más de información, y encontré esta maravillosa noticia. http://www.youtube.com/watch?v=BGPGknpq3e0&feature=fvw Así que eso de "cría cuervos y te sacarán los ojos" me parece un soberano insulto hacia estas inteligentes bestias aladas.


Y aunque Michael Jackson nunca fue de mi agrado, para terminar con mis amigas las aves (y como homenaje al niño de los Jackson Five que veía en dibujos animados), aquí les mando este moonwalk inmortalizado por un amigo plumífero llamado Manakin (se apellida Skywalker) http://www.youtube.com/watch?v=SXCQdrYixR4


Hace dos semanas desembarcó de Locombia el compadre Edgar, a quien no veía desde enero. A pesar del largo viaje y del cambio de horario, sacó energías para ir a bailar al borde del Sena, donde diariamente los parisinos que se han quedado en la ciudad y los visitantes estivales, se menean al ritmo del tango, de la salsa, y de otros aires extranjeros.


El sábado de la semana pasada habíamos quedado de ir en la noche a bailotear otro poco, y como el día estaba oscuro y amenazaba con lluvia, me quedé enclaustrada en el cabinet massage. Unas semanas antes había empezado a leer “A sangre fría” de Capote, pero no había logrado pasar de las primeras páginas, por lo que ese sábado me propuse hacerlo como tarea. Volví a la primera página, y no me detuve hasta que me tocó ponerme los zapatos de danza. El domingo no tuve tiempo de leer nada porque no estuve en casa, pero el lunes, gracias a la lluvia, terminé de devorar las 500 páginas. Quedé absolutamente fascinada, horrorizada, impresionada: el estilo simple, neutro. El autor que desaparece para dejarle la palabra a los protagonistas y sus actos. El lector que queda solo frente al horror y la incomprensión; solo frente a sus prejuicios, sus miedos y su miseria humana.


Pasé la semana deprimida, reflexionando acerca de la frágil frontera entre locura y normalidad, acerca de la delicada capa que separa violencia de tolerancia, de la profundidad de los lazos que creamos, de lo corta que es la vida, y del largo camino que se requiere para aceptar, perdonar y amar profundamente a quienes nos han herido, traicionado, e incluso asesinado, aunque sea simbólicamente, una parte de nosotros. Estuve sumida en un estado de letargo, de inacción y de vacío, donde reinaban silencio, inmovilismo e incluso tristeza.


Pero ayer la tía Lea tuvo la maravillosa idea de invitarme a Versalles. Es una amiga-tía psicóloga que trabaja en un centro de acogida para psicóticos y solicitantes de asilo, y me propuso ir a visitar el castillo y ver los fuegos artificiales, acompañadas por un par de enfermos del centro, un colega psicólogo y dos refugiados políticos. Mientras esperaba el metro para encontrarme con ellos, observé a una chica en el andén que parecía triste. Subimos al vagón y se sentó casi al frente mío: se tapaba la cara con su largo cabello, y las lágrimas que sus dedos no lograban detener, iban a morir sobre su pantalón. Todo el mundo la miraba de reojo, y a mí el corazón se me encogió. Supongo que cuando una ha estado triste en su vida, sabe lo difícil que es retener la pena en público. Hace como un año había asistido a la misma escena, con otra mujer (un poco más mayor que la de ayer) un día en que regresaba a casa desde la escuela. Y ayer, como aquella vez, sólo atiné a entregarle mi paquete de pañuelos y decirle que no se preocupara, que sólo era un mal trago y que todo terminaba pasando. Recordé a Martín, el niño de hace un tiempo, y me conmovió que esas personas, sin saberlo, hubieran compartido sus penas conmigo. Porque cuando en mi vida sentí que mi mundo se derrumbaba, me crucé en el camino con personas y seres que encendieron una estrella de esperanza, alumbrando el túnel de mi pena. Y aunque la tristeza quedó atrás, las estrellas que sembraron un día siguen brillando.




Un cuarto de siglo atrás había sido la primera y última vez que había visitado los aposentos de Luis XIV, y volver allí trajo a mi mente sensaciones, objetos e impresiones de mi infancia. El estar acompañada durante ese regreso al pasado de hombres-niños enfermos mentales fue una experiencia sanadora, una reconciliación con mi propia neura, con mis miedos profundos y el miedo a los otros, con la timidez, la inseguridad, el temor al rechazo, la reivindicación de la individualidad, de la originalidad y de la rareza, el amor y sus distintas formas y expresiones, la ternura, el dolor, la locura, la tristeza y la alegría. El compartir por un instante una verdad distinta, ver el mundo a través de los ojos de quien percibe la realidad de un modo único y dispar, fue un momento de plenitud indescriptible.


Y para terminar con la nota pateticómica del día, he aquí lo último de mis desventuras amorosas.


Hace poco menos de un mes anduvieron por aquí unos cuates uruguayo-mexicanos. Fuimos un par de veces a comer al mismo restaurante, donde el mesero era un guapo para chuparse los dedos. Yo tenía la ligera sospecha de que el hombre era del otro equipo, pero según mis cuates, yo pensaba eso para no tener que enfrentar mi timidez legendaria. Para hacerme y hacerlo reaccionar, estos locos decidieron dejarle mi número de teléfono. El hombre era gay (o me encontró horrible, pero prefiero seguir pensando que, al igual que a mí, le gustan los mancitos).


Stéphane el hermoso demente próximamente padre ha quedado atrapado en las redes de la futura madre, y a pesar de que me ha pedido auxilio jurándome amor eterno, lo he dejado dar patadas de ahogado porque ese hombre “murió para mí”. Snif, caput, RIP.


Debido a lo anterior, estoy a punto de volver a caer en las redes de la red, es decir, a punto de reinscribirme en el sitio Web del carnicerito amable, del profesor chiflado, del guatón llorón y del hermoso demente. Me doy cuenta de que a pesar de que allí nunca he encontrado al hombre de mi vida, se trata de una fuente inagotable de experiencias inconclusas, divertidas y dignas de ser contadas. El problema es que no tengo ni un peso, y la inscripción cuesta 150 euros por tres meses, y además de las aventuras prometidas me envían un reporte psicológico, del cual ya tengo dos ejemplares distintos (porque cada año que paso el test mi personalidad ha cambiado… no sé si pa’ mejor o pa’ pior). El viernes pasé nuevamente el test, que atestigua de mi nueva evolución involutiva (porque los resultados difieren bastante de los dos anteriores), y me han contactado unos cuantos muchachos que en este mes de agosto deben estar igual de botados, abandonados y deprimidos que esta Princesa, El problema es que no puedo leer sus mensajes porque pa’ leerlos hay que pagar los 150 benditos euros. Así que si conocen a algún mecenas que pueda apiadarse de mi alma solterona, o si tienen un chanchito-marranito-cochinito alcancía que estén dispuestos a sacrificar por esta noble causa, les estaré eternamente agradecida (voy a informarme acerca de las modalidades para emitir -ustedes- y recibir -yo- giros en línea e iniciar una campaña mundial de recolección de fondos).


Buen domingo a todos. Y a aquellos que no vamos a misa, pues “Que Dios nos pille confesados”. Amén.




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Las fotos e imágenes que aparecen en este blog son en su mayoría de mi autoría. Cuando no lo son, estimo conveniente citar de dónde provienen...


Imagen Pájaro Loco https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiRSRngLiHxlEOLFTIbVFD3SbLk4u3aDHwP1s20ss7K_Pr4yokwuPgqFTBLfI-4LTl2lHXTSnulDT7O9LrjHvd8PxKxKR68p8VVuZJC4I7jXj1yX0QRNTRPCWSBsFM7kBdb0F4yfU5J4O8/s320/pajaro+loco.jpg&imgrefurl=http://royendorobles.blogspot.com/2009/07/error-garrafal-del-pajaro-loco.html&usg=__CLIUFniHISOREab6uY6FcODjmiw=&h=260&w=229&sz=10&hl=fr&start=4&um=1&tbnid=K9t0CzAAYFgOiM:&tbnh=112&tbnw=99&prev=/images%3Fq%3Dpajaro%2Bloco%26hl%3Dfr%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dorg.mozilla:fr:official%26sa%3DN%26um%3D1


Imagen "Los cuervos" http://allserieslinamarcela.files.wordpress.com/2009/06/tvcol1.jpg&imgrefurl=http://allserieslinamarcela.wordpress.com/2009/06/02/series-de-culto-producciones-latinoamericanas-inolvidables-edicion-especial-cuando-la-tv-latina-cambia-el-formato-del-melodrama-y-del-culebron/&usg=__txjDtQXv9SQFwSYy2SMvhfYyPA0=&h=135&w=220&sz=10&hl=fr&start=11&um=1&tbnid=r3Wy01HS0WGcFM:&tbnh=66&tbnw=107&prev=/images%3Fq%3Dlos%2Bcuervos%2Bcolombia%2Btelenovela%26hl%3Dfr%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dorg.mozilla:fr:official%26um%3D1


Imagen "In cold blood" http://nandhu.wordpress.com/2008/02/05/in-cold-blood/&usg=__1DeXesrXSEXYb7q266ugftEyNTg=&h=473&w=316&sz=29&hl=fr&start=1&um=1&tbnid=TkmluSJbp7NvGM:&tbnh=129&tbnw=86&prev=/images%3Fq%3Din%2Bcold%2Bblood%26hl%3Dfr%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dorg.mozilla:fr:official%26sa%3DN%26um%3D1


Imagen "Louis XIV" http://www.luxuo.fr/wp-content/uploads/louis_xiv_of_france.jpg&imgrefurl=http://www.luxuo.fr/evenement/fastes-de-cour-et-ceremonies-royales-a-versailles.html&usg=__lkHZVxNp3FQdnIUK0HUtBfydTSY=&h=853&w=600&sz=189&hl=fr&start=37&um=1&tbnid=zEpTIhPnSq_HIM:&tbnh=145&tbnw=102&prev=/images%3Fq%3Dlouis%2BXIV%26ndsp%3D18%26hl%3Dfr%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dorg.mozilla:fr:official%26sa%3DN%26start%3D36%26um%3D1


Imagen "corazón de rosas" www.pepinieresjarrige.fr/upload/coeur-fleur-rose.jpg&imgrefurl=http://www.pepinieresjarrige.fr/actualites.php&usg=__dKC6BqtmI3_OEIuuDGN_1haKuSs=&h=400&w=300&sz=30&hl=fr&start=8&um=1&tbnid=CZZFSjbtESNqEM:&tbnh=124&tbnw=93&prev=/images%3Fq%3Dcoeur%2Broses%26ndsp%3D18%26hl%3Dfr%26client%3Dfirefox-a%26rls%3Dorg.mozilla:fr:official%26sa%3DN%26um%3D1


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dimanche 7 juin 2009

Diario de viaje


El jueves a mediodía iba a cumplir con mi deber de militante (cada semana presto asistencia jurídica a estudiantes extranjeros), y tomé una bicicleta en la estación Velib' del Boulevard Arago (ese que hace delirar a los turistas), la más cercana al “cabinet massage”. Al inspeccionar la bici, -cosa que hay que hacer sistemáticamente porque no faltan las que tienen las ruedas pinchadas, el sillín roto, y otras calamidades-, me percaté que alguien había olvidado una libreta en la canastilla, cuya cobertura rezaba “Universidad Nacional de Locombia”. Me dije que debía pertenecer a algún compatriota olvidadizo. La ojeé rápidamente y de ella emanaban dos tipos de escritura: una femenina, un tanto infantil, en español, y otra que claramente había sido hecha por un varón, en francés. La primera era un conjunto de letras y frases elementales del idioma de Voltaire, como si se tratara de un curso de lengua para principiantes, en tanto la segunda parecía un bloc de notas. Sin querer ahondar en la intimidad de su(s) propietario(s), me fijé en si había algún número de teléfono o dirección de correo electrónico para encontrarlo(s), y sí, los había. Dejé pues la cosa para más adelante, pues apremiaba llegar a mi cita semanal.


Como soy bastante tímida, aunque cueste creerlo, una vez terminada mi faena revolucionaria dejé para otro momento el asunto de las llamadas a los distintos teléfonos, porque me producía un poco de terror la idea de tener que explicar que había encontrado una libreta en una bicicleta, y que al otro extremo del auricular me tomaran por loca.


Al lado de la lavandería de los clochardos hay una peluquería y decidí que era hora de cortarme la trenza de Rapunzel (o Rapónchigo), porque eso de que mi futuro príncipe tuviera que escalar los cuatro pisos desde la calle hasta el cabinet massage agarrado a mi pelo, me daba migraña y dolor de cuello de tan sólo pensarlo. La trenza quedó reducida a la nada misma y desde entonces mi preocupación consiste en encontrarles un uso útil a las toneladas de “bálsamo suavizante para un cabello largo, sedoso y sin nudos” que tengo almacenadas en el mueblecito del baño.


El viernes por la tarde, después de convencerme de que tenía que dejar de lado la timidez, dado que la libretita reclamaba ser devuelta a su dueño, llamé a los dos primeros teléfonos que vi anotados y en uno de ellos me contestó una chica de voz amable. Me indicó que la libreta pertenecía a su cuñado, me dio un teléfono en el cual podría ubicarlo, y de paso me confirmó que se trataba de un compatriota. Lo llamé, me contestó emocionado y quedamos de vernos ayer sábado para que pudiese devolverle su tesoro. Se trataba de un profesor de la Nacho, que anda por este lado del charco dando charlas. Lo más insólito de la historia es que me dijo que había olvidado la libretita, que en realidad es su “diario de viaje”, el miércoles a medianoche en una estación Velib’ bastante alejada de donde la encontré el jueves a mediodía. Ello significa que durante doce horas el diario recorrió las calles de París, dando saltitos en la canastilla, hasta que un ciclista lo estacionó junto con la bici en el Boulevard Arago. Se trataba, por tanto, de un diario de viaje viajero y viajado…


Foto de una estación Velib' encontrada en

http://www.my-trip.fr/wp-content/uploads/2010/07/velib_decaux.jpg



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