vendredi 21 octobre 2005

Historias de París, semanas III y IV

Acaba ya la segunda semana en la Escuela, y las cosas van bien, pero muy bien. Y con mucho trabajo. Esta frase me hace recordar un comercial televisivo chileno en que dos niños jugaban al papá y a la mamá y ella le decía: “Hola mi amor, ¿mucho trabajo?” y él respondía: “sí, demasiado”… aunque mi papel debería ser el del “marido” y que no hay nadie, por el momento, que me diga “hola mi amor” -ya vendrá, se lo estoy pidiendo a San Expedito, “el que hace los milagros rapidito”, esperando que no me falle-, al final de cada día me digo: “mucho trabajo, demasiado”.

Me toca una profe que no sabemos de dónde es, la de “perfeccionamiento del inglés”. Tenemos una apuesta entre los hispano-hablantes, que somos cuatro, una sevillana (¡y olé!) y tres latinoamericanos (una venezolana, un mexicano, y yo), a ver quién logra adivinar de dónde es la "ticher". Es larga como un fideo, colorina o pelirroja, según el país donde se diga, flaca como un espárrago y de acento raro. Londinense no es y pa’ mí que muy british tampoco, porque no habla así como los de la BBC. El otro día hablaba de “rol” y yo le entendí “raw”, así que entre un papel a desempeñar y algo crudo, pues vaya que hay diferencia, así que pa’ mi que mi inglés en vez de mejorar va a empeorar, porque me doy cuenta de que si no me habla un mancito de la BBC, “mi no entender un carajo de inglich”.

Luego tengo traducción de inglés a español con una mexicana fresa a morir. Fresa queridos lectores amigos, en lenguaje mexicano es sinónimo de pija, gomela, cuica, o como se quiera definir a aquella gente que habla con un papa -o patata- en la boca. La susodicha es joven, muy emperifollada y parece que no le bastaron los tres meses de vacaciones que tuvo porque nos anunció desde la primera clase que ella se iba en noviembre quizás a dónde, pero que se iba, y que por tanto nos tocaba quedarnos media hora más en clase para remplazar los días en que ella no vendrá. Todo sería medianamente justo, de no ser porque la clase es de las siete a las nueve de la noche, y que los horarios son así porque la muy linda no tiene tiempo antes. Yo siento como que en alguna parte la mujer esta está disponiendo de mi tiempo –y del de todos-, y me viene inmediatamente a la mente la frase de mi madre esa que dice: “de mi tiempo dispongo yo”. Pero mejor me callo la boca porque la profesorcita me da como mala espina y no quiero tragarme espina alguna primero, porque no como pescado y segundo, porque es peligroso para la integridad física.

A dos cursos no pude ir la primera semana a causa de la administración franchuta. Me tocó ir a la visita médica obligatoria (obligatoria pa’ todos los que venimos de países tercermundistas). Aquí hago un paréntesis, porque mis compañeros latinoamericanos, que son tan tercermundistas como yo, no tuvieron que pasarla. ¿Por qué yo sí y ellos no? Pues porque ellos, a pesar de haber vivido la mayor parte del tiempo por allá por el tercer mundo, pues tienen nacionalidad europea. ¡Ajá! Eso quiere decir que si tus abuelos, tus papás, o tus tatarabuelos, eran o son de este lado del charco ENTONCES la tuberculosis te hace el quite porque huele tu sangre “primermundista”. Y lo mismo hacen los mosquitos que transmiten la fiebre amarilla, el paludismo y otras enfermedades de países raros. Inteligentes los bichos esos. Saben que eres diferente. Y ni qué decir del bacilo tuberculoso, que ese sí que es un verraco. El bicharraco ese, que es minúsculo pero no por eso huevón, evita contaminarte justo a ti. Increíbles paradojas de la ciencia médica. Ahora resulta que no somos nosotros los homo sapiens sapiens, los únicos dotados de un cerebro espectacular, sino que infinitamente minúsculas criaturas de este, nuestro planeta, nos hacen una competencia ni la macha. Yo, que desde que me enteré de que en caso de desastre nuclear las únicas que van a sobrevivir son las cucarachas ya estaba preocupada, ahora sí que quedé pior. Tenaz la vaina, tenaz. Cierro paréntesis. Entonces como decía, me tocó la visita médica obligatoria. Y eso que hace seis años ya había tenido que pasarla. Y en ese entonces, además de la radiografía de los pulmones (que supuestamente muestra si tuviste al bacilo vacilando por tu cuerpo) y de que te pesen, te midan y te hagan leer el abecedario en un tablero para ver si necesitas gafas, pues te hacían hacer pipí en un frasco y te decían si estabas malito. Pero ahora ni pipí hay que hacer. Pero eso sí, pagas 55 € por la gracia. Gracias. Y yo tuve que repetirla porque los 5 años que viví aquí pues desaparecieron del mapa, dado que me fui uno, y a España, o sea aquí a la vuelta de la esquina. Nuevamente paradojas de la ciencia, pero esta vez se trata de la ciencia matemática. Según el sistema cartesiano de la administración pública franchuta 5+1 = 0.

En fin. Luego tengo clase de perfeccionamiento de francés. El primer día que abrí la boca veintiún pares de ojos, los de mis veinte compañeros de curso más los de la profe, se dieron vuelta a mirarme. Algunos llevaban en sus rostros multiculturales (porque somos todos todo menos galos) una evidente expresión de espanto, otros de angustia, y otros –los menos- de curiosidad. Dentro de estos últimos estaba la profe, que estaba tan sorprendida con mi acento que pensó que yo era de este lado del charco. Pero como yo andaba ese día con la radiografía de mis pulmones bajo el brazo, pues creo que se dio cuenta de que yo no soy de por aquí, sino de por allá. La profe supuso que yo era técnicamente bilingüe, y para tranquilizar a los demás dijo algo que casi me hizo alebrestarme: “su dominio del francés es increíble, y realmente estoy impresionada. Pero eso sí, que el resto se tranquilice, porque los bilingües no son forzosamente los mejores traductores”. Yo abrí mis castaños ojos y mi enorme bocaza y le dije: “ah, pues eso sí que es tranquilizador. Muchas gracias por el piropo, se le agradece sumercé”. Juepucha. Desde ya me están diciendo que en una de esas estoy destinada al fracaso… Que no se enteren ni mi papá Rami ni el resto de sus amigos porque les da soponcio.

Pero bueno, muy interesante todo, a pesar del sufrimiento que provoca el tener tres materias en las que estoy más perdida que una aguja en un pajar, dado que se trata de “Economía” (y como la mía es paupérrima debiera por tanto llamarla “Econovuestra”), “Finanzas y Negocios”, y “la Empresa y su entorno”. Joder macho, como dicen en Hispania. Espero que el curso me sirva al menos pa’ ponerme más pilla con la vaina de la platica, porque pa’ eso yo soy un desastre.

Cambiando de tema, les cuento que la semana pasada el clima estuvo espectacular. Cálido, soleado, hermoso. El otoño parisino en todo su esplendor. Pero claro, no se pudo evitar el contagio, y el buen humor característico de los habitantes de la ciudad se hizo con el clima: ahora hace un frío que no se lo aguanta ni el putas. Y como es natural, los bacilos no tuberculosos (espero) y los virus de toda clase que pululan en el metro, el autobús, los salones de clase y demás lugares frecuentados por homos sapiens -que tosen, escupen y demás actos salivales-, los bichos estos, digo, andan dándose un festín. Y claro, yo hago parte de dicho festín. Así que estoy con una gripa insoportable, tosiendo, sonándome y expandiendo los bicharracos en cuestión, urbi et orbi.

Lo mejor de estas dos semanas ha sido evidentemente la fauna humana que he tenido la dicha de conocer… gentes de todas partes, ante las cuales me encuentro gesticulando en italiano, agradeciendo en ruso, haciendo movimientos ceremoniosos en japonés y mandarín, y carcajeándome en español o castellano, como quieran llamarlo. En francés la cosa es más seria y se mantiene en el ámbito puramente escolar, o cuando he de ir a comprar la baguette cotidiana o saludar al chofer del bus.

Por último, y para tranquilizar a todos aquellos que sufrieron mi calidad de indocumentada ilegal y clandestina del año pasado, esta semana obtuve mi visado de estudiante. La cosa, como es habitual, fue un martirio digno de novela de terror. En la prefectura, primero no encontraban mi carpeta, o sea que era NN. Luego, cuando la encontraron –es decir, dos horas después- se fue la luz durante media hora, y para finalizar, y cuando todo estaba listo para que me pegaran la salvadora visa en el pasaporte, la única que se ocupa de dicho procedimiento (imprimir la visa y pegarla) decidió irse a tomar un café, que probablemente fue a plantar, cosechar, tostar, moler y preparar con agua hirviendo, porque la susodicha se demoró como una hora. Pero bueno. Salí famélica y con dolor de cabeza, pero diciéndome que por lo menos no tengo que volver a pisar ese lugar sino hasta dentro de un año.

Ya, no los aburro más…


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dimanche 9 octobre 2005

Historias de París, semanas I y II

Heme en París desde hace justo dos semanas y mis aventuras en esta ciudad que adoro no han tardado en suceder. He de precisar que son las seis de la mañana de este domingo 9 de octubre, y que llevo una hora desvelada, vaya uno a saber por qué. Así que si el relato no tiene ni pies ni cabeza, no es sólo debido a mi locura de siempre, sino también a la falta de sueño.

El sábado de mi llegada, el miedito ese de mierda que me da siempre el avión, la trasnochada por la despedida de rigor, y la levantada a las cinco de la madrugada, me jugaron la bella pasada de darme una “migrañita”. Llegué pues a un París cubierto (como para variar), almorcé y cené con amigos de mi padre, y la jornada terminó con el mismo dolorcito de cabeza.

El domingo tuve un gran almuerzo con los miembros beneméritos de la ALSF (Asociación de Latinos sin Familia), un grupo de amigos latinos que despedíamos a dos de nuestros miembros que partían hacia las lejanas y heladas tierras de Nancy. Nombrados “Secretario General” y “Tesorera Adjunta”, Alex y Rosario prepararon su partida, junto a los demás, llenándose la panza con guacamolito, patacón pisao (o tostadas, como al parecer les llaman en sus tierras del Valle del Cauca), papas a la huancaína (que me perdonen José y Tania si esa delicia de “patatas peruanas” no se llama así), yuca frita y demases, todo esto en casa de los Señores Presidentes Vitalicios de la Asociación, Edgar y Maripol, que como siempre fueron los perfectos y generosos anfitriones. Se celebraba, además, la próxima aparición pública del primer miembro latino-galo de pura cepa de la ASLF, don Julián, ya que su mamá Camila exhibe una panza descomunal y maravillosa… Como buenos latinos que se respeten, nuestro almuerzo duró hasta las once de la noche…

El resto de la semana la pasé de visita en visita, de tecito en tecito, de paseo en paseo, nuevamente dejándome enamorar por el otoño parisino, tan Don Juan como siempre, y que me tenía subyugada. Eso sí, y literalmente, la Ciudad Luz estaba a mis pies. El dolorcito de cabeza aquel me seguía fantasmagóricamente a todas partes, y yo le daba permiso de hacerse de mi radiante persona de cuando en vez, así como quien no quiere la cosa, pero que la acepta de mala gana. A la migraña como que no le gustó el que tratara de controlarla con paracetamol y juntó sus fuerzas, la muy traicionera, dándome un verdadero “golpe de estado” en la mera cabeza güera (no huera, eso sí que no), al cual sucumbí sin oponer resistencia, yo que soy tan legalista y democrática. Al borde de mis fuerzas llegué al hospital, donde me tuvieron seis días inyectada a una bolsa cargada de morfina. Ahora, y con toda propiedad puedo entender por qué existen tantos que sucumben a los placeres de dicha droga, no exenta de peligros, eso sí…

Mi temporada hospitalaria fue todo un espectáculo: en efecto, fui testigo de lo tercermundista que puede ser el primer mundo, pues hasta en este lado del charco un hospital público es la misma vaina que por allá donde nosotros… eso sí, pude admirar boquiabierta la calidad humana de quienes han decidido hacer de su vida el salvar vidas (y aquí abro paréntesis para sacarme el sombrero por mi hermanito “el jetón”, que hace lo mismo por allá por tierras aztecas. Cierro paréntesis). Apenas llevaba una hora haciendo la cola cuando aterrizó en Urgencias una pareja, gritando como chancho al que están haciendo pebre (chilenismo para expresar que gritaba como desaforada), insultando a todos los que tratábamos de sobrevivir a nuestros males, y exigiendo “atención inmediata” porque su caso era una “verdadera urgencia”. Yo, legalista y democrática como siempre, saqué fuerzas de flaqueza para soltarles un “por favor, señores, hagan la cola como todo el mundo”. Si no me trataron de hija de la gran meretriz de Babilonia, es porque me lo dijeron pero con otras palabras menos elaboradas. Según nos hicieron saber los gritones, los que estábamos ahí era poco menos y porque era para nosotros placentero pasar nuestra velada del sábado en las Urgencias de un hospital público. Nuevamente según la parejita, la mujer gritona era la única enferma “de verdad verdad”. Yo no los dejé entrar cuando fue mi turno, pero mi pobre vecina parece que prefirió que no la trataran de puta, así que dejó pasar a la “gritona enferma terminal”. Tuve pues el agrado de asistir como testigo presencial a la “dada de alta más rápida del oeste”, pues la gritona duró en las urgencias menos que un suspiro. Puedo determinar, gracias a la facultad que me otorga el ser “psicólogo amateur”, que su dramática enfermedad es que está loca de atar, y que su boquita debiera ser atada también, porque si con esa boca come, es que la pobre come mierda.

También fui testigo del mendigo que entra hediondito al baño de las Urgencias el día domingo en la mañana y que sale una hora después “limpiecito y olorosito a jaboncito”. Gran personaje: Monsieur Méditerranée, llamado así por su acento un poco de quién sabe qué rincón del sur del Continente Europeo, que llegó gritando a las Urgencias, tirándose al suelo, retorciéndose de dolor, pegándose contra cuanta pared encontró, todo para ser curado milagrosamente por dos cápsulas de paracetamol a las cuales los enfermeros les habían vaciado el contenido. Cinco minutos después, Monsieur Méditerranée era un fiel imitador de “Lázaro, levántate y anda”, aunque hasta este momento, he de confesarlo, la mejor interpretación de dicho papel sigue siendo palabra y obra de don Augusto Pinochet Ugarte, alias Pinocho (hasta le crece la nariz al compadre).

Una vez ya internada en el área de Neurología, y con mi camita super moderna (de esas que le levantan a uno la zona lumbar, las piernas, sólo la cabeza, sólo los pies, en fin, la maravilla), tuve el gozo de conocer a mi vecina, Madame Louise, venida directamente de las Antillas y que me alegró los días con el concierto de sus pedos, a los que les seguía un maravilloso: “Uy perdone, es que no sé qué será lo que me pasa hoy” (hoy, era todos los días). Yo estaba a punto de decirle que mi condición de “gastroenterólogo amateur” así como de “nutricionista” también “amateur”, me llevaba a creer con una gran dosis de certeza, que la causa de sus gases se hallaba en el hecho de que a diario recibía la visita de numerosos familiares que le traían, a escondidas, pollito con papas, chocolates, pasteles, y otras delicias, que Madame Louise camuflaba entre las sábanas y que olían algunas veces a las mil y una especias, lo que puede conllevar el que en realidad huelan a los mil y un demonios.

El día en que Madame Louise se fue del hospital, tuve el ya no tan agradable concierto de una pobre anciana que me hizo curarme de espanto, pues la señora tenía pie y medio en el otro lado, y parece que estaba regalándole al mundo (yo, como única testigo) sus últimas palabras. Gracias a que la morfina -gran aliada de las fuerzas democráticas y legalistas de mis células- vino a dar un golpe casi definitivo a la migraña, me dieron de alta al día siguiente, esto es, el jueves. No dudo, sin embargo, que la gran traidora seguirá dándome sorpresas.

El viernes me inscribí en la Universidad y empiezo las clases mañana (ay qué nervios). Ayer pasé el día con Irene, mi amiga madrileña, que se tomó unos días para venir a verme. El día estuvo hermoso, tibio, los árboles vestidos con sus trajes dorados del otoño que les quedan tan estupendamente bien… caminamos y reímos como dos deschavetadas… Cuando ya nos disponíamos a volver a casa, nos dimos un baño de música brasilera que animaba la Place de la Bastille y yo, claro, no pude evitar chapurrear unos pasos de samba. Salió a nuestro encuentro un jovencito, que recogía firmas para una ONG, pues la fiesta era para eso (cualquier motivo es bueno para la pachanga, en todo caso)… después de que Irene y yo firmáramos (porque eso de las minas antipersonales está muy pero muy mal), y de una breve conversación (porque después de habernos oídos hablar español, él confesó que soñaba con ir a América Latina), el hombre me pidió no sólo permiso para tutearme, sino que al haberle yo hablado del caramel au beurre salé, típico de sus tierras bretonas, me pidió que me casara con él. Tuve que rechazar su oferta pues ni siquiera sabía su nombre (se apuró en decirme que se llama Sébastien) y de que no lo conocía. Dejé, no obstante, abierta la posibilidad de que ello ocurra algún día, diciéndole que si nos volvemos a ver, será que hay algo en nuestro destino. Al menos ya puedo jactarme de que no sólo me han pedido matrimonio, sino que además ha sido en París, en la mismísima plaza de la Bastille, y con Irene y el ángel como testigos.

En el bus de regreso a casa nos tocó el típico parisino, que hacía sonar sus suspiros para que nos enteráramos de que la conversación que manteníamos le estaba perturbando la lectura. Yo, siempre tan discreta y diplomática, me di la vuelta, y en mi perfecto y educadísimo francés le dije: “Oh, lo siento mucho señor, es que hablamos un poco fuerte”. Cinco minutos después le dije “Estimado señor, ya podrá Usted leer tranquilo porque aquí nos bajamos”. Estuve tentada de preguntarle si en realidad sabía leer, dado que en esos cinco minutos no había pasado de la primera página. Obviamente no me di vuelta para mirarle la cara, porque siempre es mejor imaginársela.

Estos días, tengo que ponerme a buscar frenéticamente un lugar definitivo donde vivir (por el momento ando de SDF –sin domicilio fijo), además de reencontrarme con la siempre tan agradable burocracia franchuta. Ya les contaré.

Besitos muchos.

Princesa Primavera SDF (Sábado, Domingo y Feriados)

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vendredi 30 septembre 2005

Un año madrileño

I. Desembarcando

La partida y llegada a Madrid las hice sin pensar: las cosas no iban nada bien, el verano había sido una seguidilla de penas y desengaños, de pérdidas de apetitos (ni ganas de comer, ni ganas de amar, ni ganas de nada, ni siquiera de vivir). Incluso un casi encuentro con “sa Majesté la Mort” , como canta Brassens , me había dejado indiferente, aunque con algunas cicatrices más y bastantes moretones, pero la verdad es que me daba igual. IGUAL. La vida sin amor no tenía sentido, o al menos así lo creía, y no sólo lo creía sino que lo aplicaba con una devoción casi religiosa, dramática y hasta patética. Pero bueno, dicen por ahí que las penas de amor son de las peores, y hoy en día puedo atestiguar que ello es más que cierto.

Llegué pues a Madrid, a deshidratarme llorando, como si el calor de la ciudad no bastase para quedarse seco, como si los brazos de mamá no fueran lo suficientemente acogedores para contener tanto dolor. Y así pasaban los días, y yo, desesperando… y quizás, quizás, quizás nada, porque no había nada más que el vacío; ni lágrimas quedaban… de tanto llorar los ojos se me habían secado.

Pero la vida sigue aunque uno se empeñe en no dejarla avanzar: el intento por detenerla nos acobarda, y las excusas para que no llegue el fin se multiplican. Si me tiro del quinto piso, pobrecitos los que tengan que encontrarse con el espectáculo de mi ser desparramado sobre el pavimento. Incluso la muerte hay que vivirla con dignidad. Entonces ese salto al vacío mejor evitémoslo. Mmmh, ¿y las pastillas? Una muerte “a lo Marilyn” puede ser más onerosa, y hasta glamorosa, pero finalmente si me muero, hasta yo me echaría de menos… echaría de menos incluso a la Princesa Primavera que soy en este momento, que más parece el estropajo con que se limpia el piso del baño, pero que en alguna parte mantiene escondidilla a esa jovenzuela de edad incierta, de sonrisa de comercial televisivo y risa de manicomio (esto de la tecnología me supera con creces: el diccionario automático del computador me marca como error ortográfico la palabra “manicomio”, y me propone como corrección “maní comió”… ¡Exijo una explicación!).

Sigo… Y mamá que había sido mi muleta madrileña tenía que irse, porque nuestra condición de sudacas complica muchas cosas, y mamá ida, Princesa Primavera jodida, porque ni el Chapulín Colorado estaría ahí para poder defenderme de la incertidumbre y la falta de esperanza. Mamá ida, y se volvió imperativo el buscar pues una nueva muleta, porque papá, es decir Rami, vive ocupado… y aunque rondando la locura, me doy cuenta de que el estado depresivo en el cual vivo es totalmente narcisista, egoísta y perverso. Y aunque depresiva, sigo teniendo un cierto grado de cordura, y hasta de inteligencia, y me siento mal de ver cuán manipuladora me he vuelto al hacer de mi tristeza mi única razón para seguir viviendo. Y aunque pido perdón de corazón a mi madre que necesita huir de palabras tales como “mama, ayúdame a morirme”, me cuesta no complacerme en el dolor y hacer de él mi bandera de lucha.

Rami, que tiene mucho de cuerdo aunque también de loco a sus horas, llega con la idea realmente brillante de que pase unas semanas en París, con el fin de que me decida finalmente qué haré con mi vida, si me voy, si me quedo, si desaparezco… como escribió Alphonse Allais “partir c’est mourir un peu. Mais mourir, c’est partir beaucoup”2 … y yo me digo que es mejor ne pas partir beaucoup porque beaucoup es demasiado. Y el otoño parisino me recibe como cinco años antes, esplendoroso, soleado, maravilloso. Me deleito caminando por las calles transformadas en mares de hojas doradas, mirando a los paseantes, las vitrinas, las librerías, caminando por los parques vestidos de metales cobrizos, tomando tecito humeante y riendo a carcajadas de una risa sincera, con aquellos que estuvieron ahí cuando mi vida no tenía sentido y que se convirtieron en amigos del alma… ellos también ríen y la vida vuelve a ser dulce, y el agraz va quedando atrás, las lágrimas se secan, y como es otoño “les feuilles mortes se ramassent à la pelle, les souvenirs et les regrets aussi”3

Y regreso a Madrid contenta, con ganas de quedarme de este lado del charco, aunque no tenga papeles, seré la Princesa Clandestina, pero eso no importa, ya se verá, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”4… y la idea que rondaba mi cabeza desde hace un tiempo, y que mamá tenía desde hacía mucho, de que debería estudiar traducción, se concreta…

Una nueva imagen de Madrid se presenta ante mis ojos. He de confesar que los madrileños me eran bastante descorteces y los encontraba hasta maleducados. Y en efecto, creo que no soy la única en verlos y sentirlos de esa manera, pues es en cierto modo su forma de ser, de tratarse, de relacionarse. Pero finalmente las apariencias engañan, y detrás de su aparente rudeza resultan generosos y amigables.

La Escuela de Traducción es para mí un oasis de risas y aprendizaje, de convivencia y de amistad, que me ayuda a sentir que en Madrid también tengo mi casa, mis raíces y mi gente. El reencuentro con amigos del pasado que por esas cosas de la vida viven también en Madrid, genera nuevos encuentros... Soy la “pija sin papeles”, y las señoras envueltas en sus abrigos de piel y que “parecen ardillas”, como dice mi sobrino, me miran de reojo cuando paso con mi pinta salida directamente de “La pequeña vendedora de fósforos” frente a las boutiques de Chanel, Valentino, y Versace… voy camino al Parque del Retiro, mi retiro diario, donde la naturaleza (vegetal, animal y humana) me revitaliza y me llena de fuerza. Es como el “fluidum vitale” del Marquis de la Taillade-Espinasse, el personaje loco de “El Perfume” que termina desapareciendo empeloto en los Pirineos. El Parque es mi Fluido Vital Personal. Los negritos vendedores de sustancias dudosas me saludan cada vez que paso, desde el día en que les pedí que por favor no me ofrecieran nada porque yo soy más sana que un yogurt, a pesar de que las apariencias puedan llevar a pensar lo contrario. Y así transcurre la vida, esta nueva vida que he elegido vivir, para darme la oportunidad de renacer…

Y en Madrid, tal y como me ha ocurrido siempre, me pasan cosas que parecen sacadas de un relato surrealista… y es que afortunadamente no elegí de partir beaucoup, porque me habría perdido tales locuras…


II. El día de San Valentín

14 de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados, corazoncitos en todas las esquinas, se respira romance, les amoureux se bécotent sur les bancs publics… y yo, desesperando… Decido entonces despejarme la cabeza yendo al cine con Gaël, una compañera de la escuela. Película repetida, ya sé a lo que voy, una historia de amor pero de amor filial, perfecta película para la ocasión: ni besitos, ni besotes, ni miraditas furtivas, ni cochinadas varias, nada de eso en la pantalla. “Les choristes”5 me endulzan el oído, con melodías infantiles y olvido que las flechas de Cupido hace tiempo que no me alcanzan…

Salimos del cine; fuera hace “un frío que te cagas” como dicen por Castilla – La Mancha, es de noche, y acompaño a Gaël al bus. Larga espera, el frío intruso se mete por las capas y capas de ropa. Y eso que me esmero en salir envuelta como cebollita (sin el olor) para evitar que se me congelen los pies, las manos y las ideas. Mientras esperamos el dichoso bus, Gaël me cuenta que estuvo en Brasil y que el último día un par de jovencitos motorizados la asaltaron. Me digo: “¡Juepucha!”. Le digo: “¡Hostias, tía!”. Nos digo: “y pensar que yo viví 24 años en América Latina, en países más que chungos (peligrosos) y nunca me robaron ni un beso”. En fin, lo que es la vida. El frío empieza realmente a congelarnos y después de un buen rato nos damos cuenta de que el bus no pasa por donde estamos. Caminamos un poco y encontramos la parada por donde sí pasa. Gaël se despide “Ta’ logo”, y se va. Como Cenicienta después del baile, me voy a casa a medianoche. Claro que a pie y no en carroza, pero para esta historia, al cabo y eso ni importa.


La historia del asalto me ha dejado algo inquieta, y decido hacer uso de la tecnología del milenio: he heredado un teléfono móvil, que apenas sé encender, dinosaurio entre los celulares de hoy en día porque es viejito el pobre, y me pongo a escribirle un mensaje (sms, texto, etc.) a Gaël para que me avise cuando llegue a su casa, sana y salva. En esas estoy, rodeando la puerta de Alcalá, cuando un negrito se me acerca y me dice algo. Yo lo tomo por uno de los vendedores de sustancias alucinógenas del parque del Retiro y le digo: “no gracias, no fumo” (frase digna de comercial televisivo). Él se queda perplejo y me dice: “No. El teléfono. Dámelo”. Yo en efecto, llevo el teléfono en la mano. Le digo: “¿tiene una urgencia? ¿Necesita llamar a alguien o algo?”. Él se queda aún más perplejo y me repite, un poco más fuerte, que le dé el dichoso teléfono. Yo sigo preguntándome: “mama, ¿qué será lo que quiere el neegroooo?”… Ante la impaciencia del caballero, me pongo a pensar en el “qué será que quiere”, y ¡chin! caigo en cuenta de que en realidad lo que el Negrito quiere decirme es: “esto es un asalto”. Ay caray, me asaltan en el Primer Mundo. Debo decir que los asaltantes de este mundo civilizado pa’ qué pero por lo visto son civilizados ellos también, porque poco le faltó al mancito para decirme: “por favor guapa dame tu bello aunque anticuado teléfono”, en vez de rapármelo como haría un nacional de esos que tenemos, que son tan subdesarrollados. Dicho sea de paso, lo de guapa se los agradeceré toda la vida a los españoles, porque sea cierto o no que soy guapa (“orgullecida estoy, de ser divina” como canta Compay ), las maneras que tienen de dirigirse a una son como si la estuvieran piropeando. Lo máximo para el ego. En fin, ya empiezo a divagar, así que sigo con la historia.

Miro detrás de mí y no hay nadie. Miro hacia la puerta de Alcalá y veo dos automóviles que se acercan. Me armo de no sé qué tipo de valor (¿el que da la locura?) y le digo: “Mmmm, no se lo voy dar”. Y salgo despepitada y veloz hacia la calle, hago parar un vehículo, y a los dos muchachos que van dentro les digo: “¡Auxilio! ¡Socorro! ¡¡¡Me asaltan!!! Por favor, ayúdenme”. Los “tíos” bajan el vidrio y me dicen: “súbete al coche que te llevamos a casa”. Yo ahí me digo: “¡Hostias! Estoy saliendo de la boca de un lobo, pa’ meterme en la de dos”. Pero el angelito que siempre llevo en el hombro derecho me dice: “Ala guapa, que no puedes desconfiar de todo mundo” (se ha españolizado el angelito). Encuentro que el angelito tiene razón y me subo al coche. Ahí el copiloto me pregunta que quién me estaba asaltando. Yo le digo que el señor de ahí, y señalo al negrito. El copiloto decide por voluntad propia sacarse el cinturón y salir persiguiendo al asaltante. Apenas tengo tiempo de asombrarme de sus actos cuando empiezo ya a decirle al conductor que no hace falta, que vivo ahí al lado, que no me robó nada, cuando éste me responde: “Tranquila hija (no me dice guapa, ¡mej!), somos policías”. ¿Tranquila dijo? ¿Tranquila? ¡Ay Dios de mi vida, Virgen del Agarradero y Jesús del Gran Poder! ¿En qué mierdero me estoy metiendo? Yo no tengo tiempo ni de darme cuenta del lío, cuando ya estoy agarrada al asiento mientras el “poli número 1” llama por su especie de micrófono ese de las películas, a todas las unidades disponibles para que vengan a perseguir a un individuo de raza negra, de un metro setenta y cinco de estatura, vestido de jeans y cazadora negra. Y “biu biu biu”, suenan las sirenas y aparecen cuatro patrullas, y el negrito está en el suelo, esposado. Y yo dentro de la patrulla, diciéndome que mejor aprovecho la situación pa’ salir cascando. Estoy en mi calle, a dos pasos de mi casa.

Los polis número 1 (el conductor) y el número 2 (el corredor de los mil metros planos) se suben al carro y yo les digo que muchas gracias, que muy gentiles, y que, qué coincidencia, justo vivo aquí al lado, así que aquí me bajo, que hasta otro día, en circunstancias menos complicadas. Pero los polis no me dejan bajarme. Que no, que tengo que ir a la Comisaría y hacer la denuncia, y yo no sé qué más. Joder tía. Y pues yo ando con las llaves de la casa y el dinosaurio en la mano (el pobre no tiene batería, así que no puedo llamar a Rami que está en Barcelona), y por tanto, estoy sola y desamparada, snif. No llevo ningún documento que dé fe de mi identidad. Así que en la declaración aparece “quien dice ser la Princesa Primavera…” y yo inventando que estoy en Madrid de vacaciones, porque vivo en París, y que de paso estoy pasando las penas de amor. Y entonces el poli número 2 (el atleta) salta sobre la ocasión y me dice: “Una chica tan guapa como tú no debería estar con el corazón roto. Tú deberías estar rompiendo corazones. Anda. Pero igual, a que es romántica esta historia. Hoy es San Valentín (“joder tío, no me lo recuerdes, ¿vale?”) y pues muy romántico guapa, mira, que te asalten y que te salven un par de policías. Ala, a que es una bonita historia para que le cuentes a tus nietos (¡ayayayyy! No sólo el hombre me recuerda que es San Valentín, sino que además me pone el dedito en la llaguita recordándome que no tengo con quién tener hijos que me den posteriormente nietos)”. La historia terminaría aquí de no ser porque me citaron al Tribunal dos días después.


III La Justicia

Me presento arregladita y bien vestida el día y a la hora señalados en la declaración. Y la espera es casi tan horrenda como la del dentista. Durante casi 30 años de mi vida, no había para mí espera más desesperante y horrorosa que la del “asesino de muelas”. Sobre todo cuando se tiene la desgracia, primero, de tener una dentadura como las pelotas, y segundo, cuando es posible escuchar los terribles gritos y quejidos de los pobres propietarios de muelas que están siendo trituradas y asesinadas. Pero esta espera también fue espantosa. Imagínense tener que aguantar durante un par de horas el desfile de gran número de personajes maniatados, algunos con caras de locos, otros con caras de malos, otros llevados por el putas, y otros llevados por la droga. Desde la jovenzuela de clase alta vestida de moda, que ha robado la billetera a un viejo degenerado que la invitó a una copa en un bar (a esa la aplaudo, ¡viejo cochino!), pasando por la heroinómana que te mira con cara de desvirolada del coco, pero que tiene el tino de no pedirte unos euritos para ir a comprar de qué pasar el bajón, hasta el par de manes salidos directamente de una película de chicos malos, con cicatrices hasta detrás de las orejas y que te miran con cara de: “si te pillo a la salida, te corto la cara, con una cuchilla, de esas de afeitar”.

Y yo ahí esperando. Y desesperando (as usual). Llegan el poli nº 1, el conductor, y el poli nº 2, el atleta, y me dicen que tenga mucho cuidado porque la abogada que defiende al negrito, que dicho sea de paso, es portugués (“me biiiiip en la leche ¡europeo el muy bicho!”), es una verdadera sinvergüenza. Yo entro, dejo mi pasaporte rogándoles a todos los santos que no se den cuenta (los del Tribunal) de que estoy ilegal, y me paro frente a la jueza. “Vivo en París y estoy aquí de vacaciones”. Cuento mi versión, digo que al principio no comprendí lo que el negrito quería, que reacciono mal en situaciones de riesgo, y el resto de la historia. La fiscal dice: “no hay preguntas, Señoría”. Y le toca el turno a la sinvergüenza, que me dice: “Usted ha dicho que tiene un carácter fuerte. ¿No será que por su carácter fuerte Usted no entendió que mi cliente le estaba pidiendo la hora, y pensó que estaba intentando robarle?”. Yo la miro con mis grandes ojos castaños y le digo: “A ver, señorita. Yo nunca he dicho que tengo un carácter fuerte. He dicho que reacciono mal en situaciones de riesgo, que no es en absoluto lo mismo. De hecho, si Usted me conociera, se daría cuenta de que yo soy muy tranquila y dócil (¡ja!). Y le digo más, no sé cuál es la costumbre por estos lados, pero lo usual allá de dónde yo vengo, es que cuando uno le pide la hora a alguien, le diga: ‘disculpe, ¿me podría decir la hora por favor?’ y no: ‘el teléfono. Dámelo’. Por lo demás, es curioso que su cliente me estuviera pidiendo la hora, dado que justo donde me asaltó hay varios parquímetros, que siempre muestran qué hora es. Además, desde la puerta de Alcalá se tiene una perfecta visión del Palacio de Correos y del reloj que se halla en la más alta torre. Y si esto no fuera suficiente, he de decirle que justo en el lugar del asalto, hay una parada de autobús, que no sólo da la hora, sino además, la temperatura”. La abogada me fulmina con la mirada y dice: “no hay más preguntas, Señoría”. Me hacen salir y volver a entrar para decirme que como la sinvergüenza no ha aceptado el trato de la fiscal, me citan la semana siguiente al Tribunal de Apelación. Salgo de ahí imaginándome que si esta vez me he salvado, la siguiente ni de vainas. Afuera están los polis. Nos vamos los tres a tomar un café (yo una leche, para que vean que soy una buena chica) y de ahí "como dijo Mickey Mouse, cada uno pa' su house".

Dos días después le digo a Rami que vuelvo enseguida, porque se ha acabado el pan y el pan, pues es sagrado. Así que me voy a comprar pancito, y a mi regreso, ya está oscuro. Me falta sólo la capita roja para parecerme a Caperucita con su cestita. Voy por la calle y de repente oigo: “¡atrápenlo, que es un ladrón! (el lobo del cuento)”. El supuesto ladrón viene derechito hacia mí así que me pongo a perseguirlo. Ahí me faltaba la capita roja para ser como Superchica. Cuando ya casi le alcanzo, le tiro la cestita (es decir, la bolsa del pan). El tipo se da la vuelta y me dice: “no me hagas nada, que llevo una pistola”. Lo miro, y la cara de originario del otro lado del charco, es decir de algún país sudaca de esos nuestros, no se la quita ni el más verraco, o sea, ni Dios. Yo le digo: “qué vas a llevar pistola, si la llevaras la tendrías en la mano”. Sin darle tiempo para responderme, sigo con mi discurso moralista: “más encima desgraciado, eres latino como yo. Es por culpa de sinvergüenzas como tú que los demás latinos tenemos problemas en este país”. El pobre cholito sólo atina a decirme que me vaya porque no quiere hacerle daño a una mujer.

Llego a la escena del robo, y hay una mujerona grandota, muy bien vestida, tomada de los brazos por dos tipos. Yo me imagino que se trata de la víctima, y le digo que me disculpe porque no he podido dar con el malhechor. De repente se me acerca un petiso calvo que me dice: “si esta cabrona es la cómplice, la víctima es mi novia”. La novia del pelao es una mujercita a la que él llama “chispita” (igual que el personajito de la compañía de electricidad en Chile) y le han robado más de dos mil euros. Yo me digo, pa' callao, que hay que ser bien biiiip para andar con dos mil euros en el bolsillo. Al lado hay una pareja que está también metida en el lío: ella está aterrada mirando a su pobre novio, un transeúnte buena gente que había corrido detrás del caco. Pero como no contaba con la malicia latina, no sabía que se había topado con un cholo bien alimentado a pesar de su baja estatura, y que el cholito iba a desfigurarlo contra la puerta de un automóvil, rompiéndole la nariz en mil pedazos (es que eso de dárselas de Superman pues tiene sus desventajas). Yo me digo que el mancito era como peligroso, y que afortunadamente resultó ser un latino machista. De haber sido yo varón, me habría dado en la jeta.

Estamos en medio de la discusión (aparecen vecinos gritando cosas feas contra los latinos y yo les replico que yo también soy latina, entonces que por favor, habemos también gentes decentes en ese lado del charco, y tal y cual), cuando “biu biu biu”, llega la policía. Y ¡chas! Vuelta a la Comisaría. Y vuelta a tomarme declaración. Y ¡chachán! el poli nº 1, el conductor, aparece en la escena y me dice “ala guapa, ¿tú otra vez? Joé, que te vamos a contratar en el servicio”. Y vuelta al Tribunal. Y vuelta a edulcorar mi estadía madrileña.

El pobre Rami ya no sabe qué hacer, preocupado por el hecho de que yo ando sin papeles. Veo así de reojo que se le caen unos cuantos pelos, y los que le van quedando, van tornándose blancos. Entre medio me ha contactado el poli nº 2, el atleta, para decirme que si vamos a tomar un café. Mis compañeras del curso me dicen que por qué no, que si está guapo que no pierdo nada, que es mi héroe salvador y demás vainas que decimos las viejas. Mis amigos colombianos me dicen que un poli del primer mundo, no es lo mismo que un tombo de por allá de donde nosotros. Le cuento a mi hermano Lucho, y éste me mete un regaño de proporciones, diciéndome que si salgo con un “paco” (policía en jerga chilensis, nada que ver con Francico), no sólo me va a acusar con mamá y Rami, sino que además no volverá a dirigirme la palabra, porque seré una deshonra para la familia. Yo sopeso todos los argumentos, tomando además en cuenta los del angelito de mi hombro derecho y los del diablito del izquierdo. El uno –el angelito- me dice que no es bueno tener prejuicios, y el otro –el diablito- me insiste en que el hombre es un poli. Al final, decido ir a tomar el café, porque es cierto que “el tombo atleta” está guapo, que no debo ser prejuiciosa, y que nada se pierde con conocer a la gente.

Llueve sobre Madrid, oh milagro. Llego al punto de encuentro y “mi salvador” sonríe al verme, con un tremendo pedazo de perejil entre los incisivos. Mortal para la seducción el perejil, diga lo que diga Arguiñano. Nos vamos a un café y “el atleta” empieza la conversación hablándome sobre la salud del Papa. Yo abro los ojos, y oigo que el diablito ríe y ríe en mi oreja izquierda. Que pobrecito el Papa, que tan enfermo que está, que tal y Pascual. Yo le digo que sí, que en realidad pobre hombre, y me abstengo de decirle que lo más terrible es verlo ahí moribundo, babeando, y ver cómo los demás obispos giran alrededor suyo como chulos (o jotes, o buitres) esperando a que fenezca. El poli sigue hablándome de “la Iglesia y su poder” y de repente dice: “hay un libro buenísimo sobre la Iglesia. Se llama ‘El nombre de la rosa’”. Yo apenas puedo creer lo que oigo. ¡“El nombre de la rosa”! ¡Uno de mis libros preferidos! El angelito sonriendo me dice: “viste guapa, no hay que tener prejuicios”. Yo le digo que justamente es un libro que me encanta, que lo he leído varias veces, y ahí el hombre me dice: “escrito por Victor Hugo, ¿no?”. Yo nuevamente no puedo creer lo que oigo. El diablito se larga a reír a carcajadas. Yo me derrumbo. Victor Hugo, Madre mía, pero ¡qué blasfemia! Le digo: “esteeeee, no, la verdad es que el autor es Umberto Eco”. Y el poli dice, como pa’ rematarla: “Ah sí, cierto. Alemán, ¿no?”. “Mmmh, no. Italiano”. Yo quedo en un estado tal que me tienen que recoger con cucharita.

La romántica historia del 14 de febrero pudo haber terminado ahí. Yo no volví a ver al tombo atlético y seguí ilegal. Mas un día de primavera, voy caminando por la calle de Goya, muy feliz y muy tranquila, cuando de repente oigo que alguien me llama: “¡Princesa Primavera! ¡Guapa! ¿Tú todavía por aquí?”. Me doy la vuelta y veo que es el poli nº 1, el conductor. Yo balbuceo un “pues aquí estoy, pasando una semanita donde mis padres, fíjate qué coincidencia. Pero me voy el domingo. Ala, ta’ logo”. Le cuento a Rami y veo que se le caen dos pelos más.

Pero San Expedito me hace el milagrito que le pido, de tener papeles rapidito. Me llega la convocación para pasar los exámenes en París. Me tengo que ir a Chile, para conseguir la visa. Pero aún he enfrentarme a dos obstáculos: la salida de España y el regreso. La salida, porque si el poli de la aduana se da cuenta de que he estado ilegal, puede impedirme regresar. Y la vuelta, por lo mismo (en ese caso, lo que harían sería llevarme volando hasta el otro lado del charco). Primera etapa: la salida. Llego al aeropuerto y Rami me llama diez veces al dinosaurio, para saber si ya he pasado el control. “No pá. Estoy haciendo el check-in... No pá, estoy en la cola”. Llego frente al policía y con mi mejor sonrisa Pepsodent le digo: “Buenas tardes señor”. El “señor” abre mi pasaporte en cualquier lado, me desea “buen viaje, guapa” y ya. Yo respiro aliviada y sé que a Rami no se le caerán los pelos por esta vez.

Paso diez días en Chile, me reencuentro con gente a la que adoro, me digo que en realidad no es mi lugar para vivir por el momento, y me embarco en el avión de regreso. Llego al aeropuerto madrileño en la madrugada, después de casi catorce horas de vuelo. Me doy cuenta de que acaba de llegar un avión repleto de negritos del confín de Africa (Finis Africae, como escribió Victor Hugo, ¡perdón! Umberto Eco) y que la policía parece echarles más el ojo a ellos que a nosotros los sudacas. Presento mi pasaporte al tiempo que digo: “Buenos días, señor”, nuevamente con mi sonrisa a todo diente. El policía me pregunta: “¿De dónde vienes, bonita?”. Le respondo: “de Santiago de Chile”. “Ah vale vale. Pasa guapa”. ¡UF! Por fin tengo papeles, joder, qué descanso. Y por lo visto sigo siendo guapa.


IV El final

Durante todo este tiempo he seguido mi curso de traducción, feliz como siempre, descubriendo la vida madrileña en todo su esplendor, haciendo amigos para la vida y aprovechando la calidez del clima y de la gente.

Voy a París y regreso a Madrid, después de los exámenes, a esperar el resultado. En clase hemos armado una revuelta porque la profe de traducción del francés al español es de una ineptitud escalofriante. Se llama Auxiliadora, y su nombre se refiere sin duda al hecho de que cuando te toca clase con ella, has de pedir auxilio a la Fuerza para que esté contigo. Porque hay que tener mucha voluntad para soportar sus “ajá” y su cara sin arrugas (importantísimo), todos los martes. Pero Auxi se las trae. Y la cosa se transforma en “Auxi returns” y consecuentemente en “La venganza de Auxi”. Y Auxi se venga de nosotros. Nos pone notas horrendas. Hórridas. Mariano, bendito entre todas las mujeres del curso, y yo, somos los peores de la clase. Increíble pero cierto. Y me vienen a la mente las sabias palabras de “El Chavo del ocho”, que dicen así: “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. He pensado en enviarle a Auxi un frasquito del perfume “Poison” de Dior, pero imagino que no lo necesita pues en vez de sudor, la mujer sin arrugas debe transpirar veneno.

El verano es portador de buenas nuevas. Vienen mi mamá, mis hermanos y mi sobrino de vacaciones y me han aceptado en la Escuela en París. Y me digo que he tenido razón en ne pas partir beaucoup, porque la vida, a pesar de los pesares, es bella.

1. "Su Majestad la Muerte".
2. "Partir es morir un poco. Pero morir es partir demasiado". Alphonse Allais, poeta y escritor francés (1854-1905) juega con el poema de Edmond Haraucourt (1856-1941) que empieza con "Partir es morir un poco".
3. Las hojas muertas se recogen con pala. Los recuerdos y los remordimientos también". Jacques Prévert (1900-1977), poeta y guionista francés.
4. Poema de Antonio Machado (1875-1939)
5. "Los chicos del coro", película francesa de 2004


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mercredi 9 février 2005

Feliz año del Gallo

Es la una y media de la mañana de este miércoles 9 de febrero de 2005... me levanto de la cama pues esto de llevar una vida madrileña conlleva el que me sea imposible acostarme a horas más apropiadas para una joven latinoamericana respetable, pero en fin, así son las cosas cuando se llega a una nueva tierra. Como dice el dicho: “donde fueres, haz lo que vieres” y yo he decidido aplicarlo al pie de la letra, como si fuese el mismo Dios de los cristianos quien lo hubiera dictado.

Las razones por las que escribo son múltiples, el insomnio es sin duda la más “terrenal”, pero tal vez la más “festiva” es desearles un maravilloso año del Gallo, que celebran hoy los chinos, así como otros pueblos del lejano oriente. Para mí, al igual que para muchos, el año que se aleja, el del Mono, fue nefasto desde muchos puntos de vista, pero en fin, todo lo malo tiene su lado bueno.

Y la razón principal, por muy loca que parezca, por la cual escribo, tiene que ver con las fotos que les envié ayer a varios y que tenía como protagonista al Parque del Buen Retiro. Me explico: el sábado pasé por la oficina de Correos... ¿para qué? Pues la razón, obviamente, es que fui a enviar una carta. Cuando salía, vi en una mesa un folleto de la Empresa de Correos y Western Union que decía “Primer Concurso Fotográfico (...) esta es mi gente en España”, un concurso de fotografías destinado a los inmigrantes, para que dieran a conocer a su gente aquí en la Madre Patria. Esta mañana recibí varios correos electrónicos de algunos de ustedes, donde me decían que había fotos muy bellas... Bien. Pues regresando a casa después de clases –y de las tapas de rigor al finalizar-, caí sobre el mencionado folleto y me pregunté quién es mi gente aquí en España. Y me di cuenta de que para abarcarlos a todos necesitaría más de una foto...

El Parque del Retiro, el lugar donde ricos, pobres, negros, blancos, latinos, españoles, europeos, africanos, asiáticos, jóvenes, viejos, solteros, casados, melancólicos, risueños, turistas, locales, madrileños por adopción, Hombres araña, Mickey Mouses y hasta un clon de Silvio Rodríguez que canta, vendedores de semillas de girasol, y de otras sustancias... en fin, donde todos se mezclan, se juntan, ríen, cantan, aman, se divierten, pasean, charlan, lloran, se pelean, comen, celebran, festejan, juegan, leen el futuro en las líneas de la mano... “anda guapa, toma una ramita de romero, para la suerte”...

El Palacio de Cristal... me cuesta un poco poner lo que siento en palabras... esa fotografía de un monumento bajo la nieve, con los patos y cisnes nadando en el estanque, es el reflejo de un momento mágico. Y me hizo pensar que al fin de cuentas todas las experiencias son hermosas, por muy dolorosas que sean. ¿Quién es mi gente aquí en España? Son tantas personas, que el Palacio de Cristal es la imagen de todos ellos. ¿Cabría toda “mi gente” dentro del Palacio? Quién sabe.


Veo en el Palacio la imagen de mis padres que siempre están conmigo y sin los cuales estaría probablemente perdida. Veo a aquel trovador que tocaba la gaita una tarde de fines de verano junto a su perro, justamente frente al estanque de los cisnes, y de cuyo nombre no logro acordarme. Está también la imagen de aquel fiel amigo del hombre que, intuyendo mi tristeza, se me acercó moviendo el rabito y me lamió las manos, como saludándome, como haciéndome ver que el amor está por todos lados, que es sólo cuestión de abrir los ojos, siempre en el Parque. Como el “toc toc” de los pájaros carpinteros, el aleteo de los murciélagos al caer la noche, el canto de los innumerables pájaros y su danza alrededor de un pedazo de pan... el reflejo de la luna llena en el estanque de la estatua de Alfonso XIII, el “tam tam” de los tambores africanos... Willy, aquel maravilloso ser que hacía Reiki y sanaba con sus manos al caer la tarde. La doctora Grauvogel, un ángel de curación en mi camino...



Mi gente en España...

Don Paco, don Antonio y don Miguel con sus sonrisas cada día al abrirme la puerta para entrar a casa y sus consejos acerca de cómo, cuándo y dónde rezarle a San Antonio para que me traiga un novio. Las canciones de Lavinia, la boliviana que cuidaba a esa bebé regordeta y alegre llamada Gabriela, allá en el otro apartamento. La vendedora de pan que siempre nos daba la baguette que acababa de salir del horno, Miguel el de las frutas, que nos elegía las mejores y le preguntaba a mi mamá “seño, ¿cómo está su nieto?”. La señora de las aceitunas del mercado de Ayala, que me hace probar de todas porque así debe ser. Los meseros de tantos bares con su generosidad desbordante, “anda, que te pongo un poco más de vino que te he puesto muy poco”.

Mis amigos de infancia, Clara y Camilo, que la vida ha vuelto a poner en mi camino. Hoy estamos más altos, más viejos, pero los recuerdos ahí siguen, intactos. Los amigos de Clara, Connie con su alegría mexicana y su Jesús bien seriote, Gladys y Hernán que le suben el ánimo hasta al más deprimido, Ceci y sus metidas de pata maravillosas, su Nacho Molacho y sus chinos de la China. Y los amigos de mis amigos, Julia y Sofía, la astrología y los sabios consejos, Erika y Fer, que me hacen reír a carcajadas y comer delicias absolutamente exquisitas, Juanchomiel y su paciencia infinita, sus consejos y su seriedad divertida, Olga y sus aires de zarina, su sonrisa enigmática y su elegancia rusa. Edgar y Mary, con su rumba colombiana y libanesa, su alegría, su ton y son, y el tecito humeante con olor a miel y rosa, siempre en la taza. Ruth y sus ojos hermosos, su temple de Carmen de Bizet y sus consejos bien españoletes, tía…

Mi gente en España...

Gaël y sus carcajadas en mitad de clase, Puri y su dulzura, Marina y su sonrisa de oreja a oreja, Irene y sus ojazos azules, las mellizas, la una zurda y la otra diestra, y yo que todavía no sé quién es Cristina y quién María. Alicia y sus “ricitos de oro”, Sergio con su “living la vida loca”, Mariano y sus asociaciones de palabras (nunca he visto cosa igual), Céline y sus “coups de foudre contre lesquels ont n’est pas assuré” (que Dios la oiga y que el Diablo se haga el sordo, por favor)... y las salidas de tapas cuando termina la clase: “entremos rápido que hace un frío, chavales... Tres cañas, una clara, una cerveza sin alcohol y un zumo de piña, por favor. Y no se olvide de las aceitunas, que la verdad, están buenísimas”. ¡La leche tíos!


La vaca impresa en el felpudo de mi vecino, que me saluda toda colorida cada vez que salgo de casa. El sol que entra a diario por la ventana e ilumina los rincones y los corazones... La Sierra Nevada que me recuerda a Santiago, el acento de mis tierras por Gran Vía y la Plaza Mayor, que me llena de ganas de tomarme un buen jugo de lulo, y comerme una granadilla, una arepa con queso, una humita bien tierna, unas cerezas del jardín, unas dobladitas de flor de calabaza y huitlacoche, bien picositas güera... Pienso en los lengüetazos de la Mati, mi perrucha fiel que me hace tanta falta...“¡paseo Mati!”... Y las nubes grises que han mostrado su rostro cargado de lluvia estos últimos días y que me recuerdan París...

Como decía, todas las experiencias son maravillosas... y soy una afortunada al tener la oportunidad de decir que también aquí en España tengo a “mi gente”.

Queridos todos, feliz año del Gallo, que les traiga amor, felicidad, bienestar, alegría, salud y prosperidad.

Besos.

La Princesa desvelada... ¡jodé masho!

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La última fotografía fue tomada por Felipe Ávila Reyes en el bar de tapas "Los gatos madrileños".


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