Pero la vida sigue aunque uno se empeñe en no dejarla avanzar: el intento por detenerla nos acobarda, y las excusas para que no llegue el fin se multiplican. Si me tiro del quinto piso, pobrecitos los que tengan que encontrarse con el espectáculo de mi ser desparramado sobre el pavimento. Incluso la muerte hay que vivirla con dignidad. Entonces ese salto al vacío mejor evitémoslo. Mmmh, ¿y las pastillas? Una muerte “a lo Marilyn” puede ser más onerosa, y hasta glamorosa, pero finalmente si me muero, hasta yo me echaría de menos… echaría de menos incluso a la Princesa Primavera que soy en este momento, que más parece el estropajo con que se limpia el piso del baño, pero que en alguna parte mantiene escondidilla a esa jovenzuela de edad incierta, de sonrisa de comercial televisivo y risa de manicomio (esto de la tecnología me supera con creces: el diccionario automático del computador me marca como error ortográfico la palabra “manicomio”, y me propone como corrección “maní comió”… ¡Exijo una explicación!).
Sigo… Y mamá que había sido mi muleta madrileña tenía que irse, porque nuestra condición de sudacas complica muchas cosas, y mamá ida, Princesa Primavera jodida, porque ni el Chapulín Colorado estaría ahí para poder defenderme de la incertidumbre y la falta de esperanza. Mamá ida, y se volvió imperativo el buscar pues una nueva muleta, porque papá, es decir Rami, vive ocupado… y aunque rondando la locura, me doy cuenta de que el estado depresivo en el cual vivo es totalmente narcisista, egoísta y perverso. Y aunque depresiva, sigo teniendo un cierto grado de cordura, y hasta de inteligencia, y me siento mal de ver cuán manipuladora me he vuelto al hacer de mi tristeza mi única razón para seguir viviendo. Y aunque pido perdón de corazón a mi madre que necesita huir de palabras tales como “mama, ayúdame a morirme”, me cuesta no complacerme en el dolor y hacer de él mi bandera de lucha.
Rami, que tiene mucho de cuerdo aunque también de loco a sus horas, llega con la idea realmente brillante de que pase unas semanas en París, con el fin de que me decida finalmente qué haré con mi vida, si me voy, si me quedo, si desaparezco… como escribió Alphonse Allais “partir c’est mourir un peu. Mais mourir, c’est partir beaucoup”
… y yo me digo que es mejor ne pas partir beaucoup porque beaucoup es demasiado. Y el otoño parisino me recibe como cinco años antes, esplendoroso, soleado, maravilloso. Me deleito caminando por las calles transformadas en mares de hojas doradas, mirando a los paseantes, las vitrinas, las librerías, caminando por los parques vestidos de metales cobrizos, tomando tecito humeante y riendo a carcajadas de una risa sincera, con aquellos que estuvieron ahí cuando mi vida no tenía sentido y que se convirtieron en amigos del alma… ellos también ríen y la vida vuelve a ser dulce, y el agraz va quedando atrás, las lágrimas se secan, y como es otoño “les feuilles mortes se ramassent à la pelle, les souvenirs et les regrets aussi”
Y regreso a Madrid contenta, con ganas de quedarme de este lado del charco, aunque no tenga papeles, seré la Princesa Clandestina, pero eso no importa, ya se verá, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”
… y la idea que rondaba mi cabeza desde hace un tiempo, y que mamá tenía desde hacía mucho, de que debería estudiar traducción, se concreta…
Una nueva imagen de Madrid se presenta ante mis ojos. He de confesar que los madrileños me eran bastante descorteces y los encontraba hasta maleducados. Y en efecto, creo que no soy la única en verlos y sentirlos de esa manera, pues es en cierto modo su forma de ser, de tratarse, de relacionarse. Pero finalmente las apariencias engañan, y detrás de su aparente rudeza resultan generosos y amigables.
La Escuela de Traducción es para mí un oasis de risas y aprendizaje, de convivencia y de amistad, que me ayuda a sentir que en Madrid también tengo mi casa, mis raíces y mi gente. El reencuentro con amigos del pasado que por esas cosas de la vida viven también en Madrid, genera nuevos encuentros... Soy la “pija sin papeles”, y las señoras envueltas en sus abrigos de piel y que “parecen ardillas”, como dice mi sobrino, me miran de reojo cuando paso con mi pinta salida directamente de “La pequeña vendedora de fósforos” frente a las boutiques de Chanel, Valentino, y Versace… voy camino al Parque del Retiro, mi retiro diario, donde la naturaleza (vegetal, animal y humana) me revitaliza y me llena de fuerza. Es como el “fluidum vitale” del Marquis de la Taillade-Espinasse, el personaje loco de “El Perfume” que termina desapareciendo empeloto en los Pirineos. El Parque es mi Fluido Vital Personal. Los negritos vendedores de sustancias dudosas me saludan cada vez que paso, desde el día en que les pedí que por favor no me ofrecieran nada porque yo soy más sana que un yogurt, a pesar de que las apariencias puedan llevar a pensar lo contrario. Y así transcurre la vida, esta nueva vida que he elegido vivir, para darme la oportunidad de renacer…
Y en Madrid, tal y como me ha ocurrido siempre, me pasan cosas que parecen sacadas de un relato surrealista… y es que afortunadamente no elegí de partir beaucoup, porque me habría perdido tales locuras…
II. El día de San Valentín
14 de febrero, día de San Valentín, día de los enamorados, corazoncitos en todas las esquinas, se respira romance, les amoureux se bécotent sur les bancs publics… y yo, desesperando… Decido entonces despejarme la cabeza yendo al cine con Gaël, una compañera de la escuela. Película repetida, ya sé a lo que voy, una historia de amor pero de amor filial, perfecta película para la ocasión: ni besitos, ni besotes, ni miraditas furtivas, ni cochinadas varias, nada de eso en la pantalla. “Les choristes”5 me endulzan el oído, con melodías infantiles y olvido que las flechas de Cupido hace tiempo que no me alcanzan…
Salimos del cine; fuera hace “un frío que te cagas” como dicen por Castilla – La Mancha, es de noche, y acompaño a Gaël al bus. Larga espera, el frío intruso se mete por las capas y capas de ropa. Y eso que me esmero en salir envuelta como cebollita (sin el olor) para evitar que se me congelen los pies, las manos y las ideas. Mientras esperamos el dichoso bus, Gaël me cuenta que estuvo en Brasil y que el último día un par de jovencitos motorizados la asaltaron. Me digo: “¡Juepucha!”. Le digo: “¡Hostias, tía!”. Nos digo: “y pensar que yo viví 24 años en América Latina, en países más que chungos (peligrosos) y nunca me robaron ni un beso”. En fin, lo que es la vida. El frío empieza realmente a congelarnos y después de un buen rato nos damos cuenta de que el bus no pasa por donde estamos. Caminamos un poco y encontramos la parada por donde sí pasa. Gaël se despide “Ta’ logo”, y se va. Como Cenicienta después del baile, me voy a casa a medianoche. Claro que a pie y no en carroza, pero para esta historia, al cabo y eso ni importa.
La historia del asalto me ha dejado algo inquieta, y decido hacer uso de la tecnología del milenio: he heredado un teléfono móvil, que apenas sé encender, dinosaurio entre los celulares de hoy en día porque es viejito el pobre, y me pongo a escribirle un mensaje (sms, texto, etc.) a Gaël para que me avise cuando llegue a su casa, sana y salva. En esas estoy, rodeando la puerta de Alcalá, cuando un negrito se me acerca y me dice algo. Yo lo tomo por uno de los vendedores de sustancias alucinógenas del parque del Retiro y le digo: “no gracias, no fumo” (frase digna de comercial televisivo). Él se queda perplejo y me dice: “No. El teléfono. Dámelo”. Yo en efecto, llevo el teléfono en la mano. Le digo: “¿tiene una urgencia? ¿Necesita llamar a alguien o algo?”. Él se queda aún más perplejo y me repite, un poco más fuerte, que le dé el dichoso teléfono. Yo sigo preguntándome: “mama, ¿qué será lo que quiere el neegroooo?”… Ante la impaciencia del caballero, me pongo a pensar en el “qué será que quiere”, y ¡chin! caigo en cuenta de que en realidad lo que el Negrito quiere decirme es: “esto es un asalto”. Ay caray, me asaltan en el Primer Mundo. Debo decir que los asaltantes de este mundo civilizado pa’ qué pero por lo visto son civilizados ellos también, porque poco le faltó al mancito para decirme: “por favor guapa dame tu bello aunque anticuado teléfono”, en vez de rapármelo como haría un nacional de esos que tenemos, que son tan subdesarrollados. Dicho sea de paso, lo de guapa se los agradeceré toda la vida a los españoles, porque sea cierto o no que soy guapa (“orgullecida estoy, de ser divina” como canta Compay ), las maneras que tienen de dirigirse a una son como si la estuvieran piropeando. Lo máximo para el ego. En fin, ya empiezo a divagar, así que sigo con la historia.
Miro detrás de mí y no hay nadie. Miro hacia la puerta de Alcalá y veo dos automóviles que se acercan. Me armo de no sé qué tipo de valor (¿el que da la locura?) y le digo: “Mmmm, no se lo voy dar”. Y salgo despepitada y veloz hacia la calle, hago parar un vehículo, y a los dos muchachos que van dentro les digo: “¡Auxilio! ¡Socorro! ¡¡¡Me asaltan!!! Por favor, ayúdenme”. Los “tíos” bajan el vidrio y me dicen: “súbete al coche que te llevamos a casa”. Yo ahí me digo: “¡Hostias! Estoy saliendo de la boca de un lobo, pa’ meterme en la de dos”. Pero el angelito que siempre llevo en el hombro derecho me dice: “Ala guapa, que no puedes desconfiar de todo mundo” (se ha españolizado el angelito). Encuentro que el angelito tiene razón y me subo al coche. Ahí el copiloto me pregunta que quién me estaba asaltando. Yo le digo que el señor de ahí, y señalo al negrito. El copiloto decide por voluntad propia sacarse el cinturón y salir persiguiendo al asaltante. Apenas tengo tiempo de asombrarme de sus actos cuando empiezo ya a decirle al conductor que no hace falta, que vivo ahí al lado, que no me robó nada, cuando éste me responde: “Tranquila hija (no me dice guapa, ¡mej!), somos policías”. ¿Tranquila dijo? ¿Tranquila? ¡Ay Dios de mi vida, Virgen del Agarradero y Jesús del Gran Poder! ¿En qué mierdero me estoy metiendo? Yo no tengo tiempo ni de darme cuenta del lío, cuando ya estoy agarrada al asiento mientras el “poli número 1” llama por su especie de micrófono ese de las películas, a todas las unidades disponibles para que vengan a perseguir a un individuo de raza negra, de un metro setenta y cinco de estatura, vestido de jeans y cazadora negra. Y “biu biu biu”, suenan las sirenas y aparecen cuatro patrullas, y el negrito está en el suelo, esposado. Y yo dentro de la patrulla, diciéndome que mejor aprovecho la situación pa’ salir cascando. Estoy en mi calle, a dos pasos de mi casa.
Los polis número 1 (el conductor) y el número 2 (el corredor de los mil metros planos) se suben al carro y yo les digo que muchas gracias, que muy gentiles, y que, qué coincidencia, justo vivo aquí al lado, así que aquí me bajo, que hasta otro día, en circunstancias menos complicadas. Pero los polis no me dejan bajarme. Que no, que tengo que ir a la Comisaría y hacer la denuncia, y yo no sé qué más. Joder tía. Y pues yo ando con las llaves de la casa y el dinosaurio en la mano (el pobre no tiene batería, así que no puedo llamar a Rami que está en Barcelona), y por tanto, estoy sola y desamparada, snif. No llevo ningún documento que dé fe de mi identidad. Así que en la declaración aparece “quien dice ser la Princesa Primavera…” y yo inventando que estoy en Madrid de vacaciones, porque vivo en París, y que de paso estoy pasando las penas de amor. Y entonces el poli número 2 (el atleta) salta sobre la ocasión y me dice: “Una chica tan guapa como tú no debería estar con el corazón roto. Tú deberías estar rompiendo corazones. Anda. Pero igual, a que es romántica esta historia. Hoy es San Valentín (“joder tío, no me lo recuerdes, ¿vale?”) y pues muy romántico guapa, mira, que te asalten y que te salven un par de policías. Ala, a que es una bonita historia para que le cuentes a tus nietos (¡ayayayyy! No sólo el hombre me recuerda que es San Valentín, sino que además me pone el dedito en la llaguita recordándome que no tengo con quién tener hijos que me den posteriormente nietos)”. La historia terminaría aquí de no ser porque me citaron al Tribunal dos días después.
III La Justicia
Me presento arregladita y bien vestida el día y a la hora señalados en la declaración. Y la espera es casi tan horrenda como la del dentista. Durante casi 30 años de mi vida, no había para mí espera más desesperante y horrorosa que la del “asesino de muelas”. Sobre todo cuando se tiene la desgracia, primero, de tener una dentadura como las pelotas, y segundo, cuando es posible escuchar los terribles gritos y quejidos de los pobres propietarios de muelas que están siendo trituradas y asesinadas. Pero esta espera también fue espantosa. Imagínense tener que aguantar durante un par de horas el desfile de gran número de personajes maniatados, algunos con caras de locos, otros con caras de malos, otros llevados por el putas, y otros llevados por la droga. Desde la jovenzuela de clase alta vestida de moda, que ha robado la billetera a un viejo degenerado que la invitó a una copa en un bar (a esa la aplaudo, ¡viejo cochino!), pasando por la heroinómana que te mira con cara de desvirolada del coco, pero que tiene el tino de no pedirte unos euritos para ir a comprar de qué pasar el bajón, hasta el par de manes salidos directamente de una película de chicos malos, con cicatrices hasta detrás de las orejas y que te miran con cara de: “si te pillo a la salida, te corto la cara, con una cuchilla, de esas de afeitar”.
Y yo ahí esperando. Y desesperando (as usual). Llegan el poli nº 1, el conductor, y el poli nº 2, el atleta, y me dicen que tenga mucho cuidado porque la abogada que defiende al negrito, que dicho sea de paso, es portugués (“me biiiiip en la leche ¡europeo el muy bicho!”), es una verdadera sinvergüenza. Yo entro, dejo mi pasaporte rogándoles a todos los santos que no se den cuenta (los del Tribunal) de que estoy ilegal, y me paro frente a la jueza. “Vivo en París y estoy aquí de vacaciones”. Cuento mi versión, digo que al principio no comprendí lo que el negrito quería, que reacciono mal en situaciones de riesgo, y el resto de la historia. La fiscal dice: “no hay preguntas, Señoría”. Y le toca el turno a la sinvergüenza, que me dice: “Usted ha dicho que tiene un carácter fuerte. ¿No será que por su carácter fuerte Usted no entendió que mi cliente le estaba pidiendo la hora, y pensó que estaba intentando robarle?”. Yo la miro con mis grandes ojos castaños y le digo: “A ver, señorita. Yo nunca he dicho que tengo un carácter fuerte. He dicho que reacciono mal en situaciones de riesgo, que no es en absoluto lo mismo. De hecho, si Usted me conociera, se daría cuenta de que yo soy muy tranquila y dócil (¡ja!). Y le digo más, no sé cuál es la costumbre por estos lados, pero lo usual allá de dónde yo vengo, es que cuando uno le pide la hora a alguien, le diga: ‘disculpe, ¿me podría decir la hora por favor?’ y no: ‘el teléfono. Dámelo’. Por lo demás, es curioso que su cliente me estuviera pidiendo la hora, dado que justo donde me asaltó hay varios parquímetros, que siempre muestran qué hora es. Además, desde la puerta de Alcalá se tiene una perfecta visión del Palacio de Correos y del reloj que se halla en la más alta torre. Y si esto no fuera suficiente, he de decirle que justo en el lugar del asalto, hay una parada de autobús, que no sólo da la hora, sino además, la temperatura”. La abogada me fulmina con la mirada y dice: “no hay más preguntas, Señoría”. Me hacen salir y volver a entrar para decirme que como la sinvergüenza no ha aceptado el trato de la fiscal, me citan la semana siguiente al Tribunal de Apelación. Salgo de ahí imaginándome que si esta vez me he salvado, la siguiente ni de vainas. Afuera están los polis. Nos vamos los tres a tomar un café (yo una leche, para que vean que soy una buena chica) y de ahí "como dijo Mickey Mouse, cada uno pa' su house".
Dos días después le digo a Rami que vuelvo enseguida, porque se ha acabado el pan y el pan, pues es sagrado. Así que me voy a comprar pancito, y a mi regreso, ya está oscuro. Me falta sólo la capita roja para parecerme a Caperucita con su cestita. Voy por la calle y de repente oigo: “¡atrápenlo, que es un ladrón! (el lobo del cuento)”. El supuesto ladrón viene derechito hacia mí así que me pongo a perseguirlo. Ahí me faltaba la capita roja para ser como Superchica. Cuando ya casi le alcanzo, le tiro la cestita (es decir, la bolsa del pan). El tipo se da la vuelta y me dice: “no me hagas nada, que llevo una pistola”. Lo miro, y la cara de originario del otro lado del charco, es decir de algún país sudaca de esos nuestros, no se la quita ni el más verraco, o sea, ni Dios. Yo le digo: “qué vas a llevar pistola, si la llevaras la tendrías en la mano”. Sin darle tiempo para responderme, sigo con mi discurso moralista: “más encima desgraciado, eres latino como yo. Es por culpa de sinvergüenzas como tú que los demás latinos tenemos problemas en este país”. El pobre cholito sólo atina a decirme que me vaya porque no quiere hacerle daño a una mujer.
Llego a la escena del robo, y hay una mujerona grandota, muy bien vestida, tomada de los brazos por dos tipos. Yo me imagino que se trata de la víctima, y le digo que me disculpe porque no he podido dar con el malhechor. De repente se me acerca un petiso calvo que me dice: “si esta cabrona es la cómplice, la víctima es mi novia”. La novia del pelao es una mujercita a la que él llama “chispita” (igual que el personajito de la compañía de electricidad en Chile) y le han robado más de dos mil euros. Yo me digo, pa' callao, que hay que ser bien biiiip para andar con dos mil euros en el bolsillo. Al lado hay una pareja que está también metida en el lío: ella está aterrada mirando a su pobre novio, un transeúnte buena gente que había corrido detrás del caco. Pero como no contaba con la malicia latina, no sabía que se había topado con un cholo bien alimentado a pesar de su baja estatura, y que el cholito iba a desfigurarlo contra la puerta de un automóvil, rompiéndole la nariz en mil pedazos (es que eso de dárselas de Superman pues tiene sus desventajas). Yo me digo que el mancito era como peligroso, y que afortunadamente resultó ser un latino machista. De haber sido yo varón, me habría dado en la jeta.
Estamos en medio de la discusión (aparecen vecinos gritando cosas feas contra los latinos y yo les replico que yo también soy latina, entonces que por favor, habemos también gentes decentes en ese lado del charco, y tal y cual), cuando “biu biu biu”, llega la policía. Y ¡chas! Vuelta a la Comisaría. Y vuelta a tomarme declaración. Y ¡chachán! el poli nº 1, el conductor, aparece en la escena y me dice “ala guapa, ¿tú otra vez? Joé, que te vamos a contratar en el servicio”. Y vuelta al Tribunal. Y vuelta a edulcorar mi estadía madrileña.
El pobre Rami ya no sabe qué hacer, preocupado por el hecho de que yo ando sin papeles. Veo así de reojo que se le caen unos cuantos pelos, y los que le van quedando, van tornándose blancos. Entre medio me ha contactado el poli nº 2, el atleta, para decirme que si vamos a tomar un café. Mis compañeras del curso me dicen que por qué no, que si está guapo que no pierdo nada, que es mi héroe salvador y demás vainas que decimos las viejas. Mis amigos colombianos me dicen que un poli del primer mundo, no es lo mismo que un tombo de por allá de donde nosotros. Le cuento a mi hermano Lucho, y éste me mete un regaño de proporciones, diciéndome que si salgo con un “paco” (policía en jerga chilensis, nada que ver con Francico), no sólo me va a acusar con mamá y Rami, sino que además no volverá a dirigirme la palabra, porque seré una deshonra para la familia. Yo sopeso todos los argumentos, tomando además en cuenta los del angelito de mi hombro derecho y los del diablito del izquierdo. El uno –el angelito- me dice que no es bueno tener prejuicios, y el otro –el diablito- me insiste en que el hombre es un poli. Al final, decido ir a tomar el café, porque es cierto que “el tombo atleta” está guapo, que no debo ser prejuiciosa, y que nada se pierde con conocer a la gente.
Llueve sobre Madrid, oh milagro. Llego al punto de encuentro y “mi salvador” sonríe al verme, con un tremendo pedazo de perejil entre los incisivos. Mortal para la seducción el perejil, diga lo que diga Arguiñano. Nos vamos a un café y “el atleta” empieza la conversación hablándome sobre la salud del Papa. Yo abro los ojos, y oigo que el diablito ríe y ríe en mi oreja izquierda. Que pobrecito el Papa, que tan enfermo que está, que tal y Pascual. Yo le digo que sí, que en realidad pobre hombre, y me abstengo de decirle que lo más terrible es verlo ahí moribundo, babeando, y ver cómo los demás obispos giran alrededor suyo como chulos (o jotes, o buitres) esperando a que fenezca. El poli sigue hablándome de “la Iglesia y su poder” y de repente dice: “hay un libro buenísimo sobre la Iglesia. Se llama ‘El nombre de la rosa’”. Yo apenas puedo creer lo que oigo. ¡“El nombre de la rosa”! ¡Uno de mis libros preferidos! El angelito sonriendo me dice: “viste guapa, no hay que tener prejuicios”. Yo le digo que justamente es un libro que me encanta, que lo he leído varias veces, y ahí el hombre me dice: “escrito por Victor Hugo, ¿no?”. Yo nuevamente no puedo creer lo que oigo. El diablito se larga a reír a carcajadas. Yo me derrumbo. Victor Hugo, Madre mía, pero ¡qué blasfemia! Le digo: “esteeeee, no, la verdad es que el autor es Umberto Eco”. Y el poli dice, como pa’ rematarla: “Ah sí, cierto. Alemán, ¿no?”. “Mmmh, no. Italiano”. Yo quedo en un estado tal que me tienen que recoger con cucharita.
La romántica historia del 14 de febrero pudo haber terminado ahí. Yo no volví a ver al tombo atlético y seguí ilegal. Mas un día de primavera, voy caminando por la calle de Goya, muy feliz y muy tranquila, cuando de repente oigo que alguien me llama: “¡Princesa Primavera! ¡Guapa! ¿Tú todavía por aquí?”. Me doy la vuelta y veo que es el poli nº 1, el conductor. Yo balbuceo un “pues aquí estoy, pasando una semanita donde mis padres, fíjate qué coincidencia. Pero me voy el domingo. Ala, ta’ logo”. Le cuento a Rami y veo que se le caen dos pelos más.
Pero San Expedito me hace el milagrito que le pido, de tener papeles rapidito. Me llega la convocación para pasar los exámenes en París. Me tengo que ir a Chile, para conseguir la visa. Pero aún he enfrentarme a dos obstáculos: la salida de España y el regreso. La salida, porque si el poli de la aduana se da cuenta de que he estado ilegal, puede impedirme regresar. Y la vuelta, por lo mismo (en ese caso, lo que harían sería llevarme volando hasta el otro lado del charco). Primera etapa: la salida. Llego al aeropuerto y Rami me llama diez veces al dinosaurio, para saber si ya he pasado el control. “No pá. Estoy haciendo el check-in... No pá, estoy en la cola”. Llego frente al policía y con mi mejor sonrisa Pepsodent le digo: “Buenas tardes señor”. El “señor” abre mi pasaporte en cualquier lado, me desea “buen viaje, guapa” y ya. Yo respiro aliviada y sé que a Rami no se le caerán los pelos por esta vez.
Paso diez días en Chile, me reencuentro con gente a la que adoro, me digo que en realidad no es mi lugar para vivir por el momento, y me embarco en el avión de regreso. Llego al aeropuerto madrileño en la madrugada, después de casi catorce horas de vuelo. Me doy cuenta de que acaba de llegar un avión repleto de negritos del confín de Africa (Finis Africae, como escribió Victor Hugo, ¡perdón! Umberto Eco) y que la policía parece echarles más el ojo a ellos que a nosotros los sudacas. Presento mi pasaporte al tiempo que digo: “Buenos días, señor”, nuevamente con mi sonrisa a todo diente. El policía me pregunta: “¿De dónde vienes, bonita?”. Le respondo: “de Santiago de Chile”. “Ah vale vale. Pasa guapa”. ¡UF! Por fin tengo papeles, joder, qué descanso. Y por lo visto sigo siendo guapa.
IV El final
Durante todo este tiempo he seguido mi curso de traducción, feliz como siempre, descubriendo la vida madrileña en todo su esplendor, haciendo amigos para la vida y aprovechando la calidez del clima y de la gente.
Voy a París y regreso a Madrid, después de los exámenes, a esperar el resultado. En clase hemos armado una revuelta porque la profe de traducción del francés al español es de una ineptitud escalofriante. Se llama Auxiliadora, y su nombre se refiere sin duda al hecho de que cuando te toca clase con ella, has de pedir auxilio a la Fuerza para que esté contigo. Porque hay que tener mucha voluntad para soportar sus “ajá” y su cara sin arrugas (importantísimo), todos los martes. Pero Auxi se las trae. Y la cosa se transforma en “Auxi returns” y consecuentemente en “La venganza de Auxi”. Y Auxi se venga de nosotros. Nos pone notas horrendas. Hórridas. Mariano, bendito entre todas las mujeres del curso, y yo, somos los peores de la clase. Increíble pero cierto. Y me vienen a la mente las sabias palabras de “El Chavo del ocho”, que dicen así: “La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. He pensado en enviarle a Auxi un frasquito del perfume “Poison” de Dior, pero imagino que no lo necesita pues en vez de sudor, la mujer sin arrugas debe transpirar veneno.
El verano es portador de buenas nuevas. Vienen mi mamá, mis hermanos y mi sobrino de vacaciones y me han aceptado en la Escuela en París. Y me digo que he tenido razón en ne pas partir beaucoup, porque la vida, a pesar de los pesares, es bella.
1. "Su Majestad la Muerte".
2. "Partir es morir un poco. Pero morir es partir demasiado". Alphonse Allais, poeta y escritor francés (1854-1905) juega con el poema de Edmond Haraucourt (1856-1941) que empieza con "Partir es morir un poco".
3. Las hojas muertas se recogen con pala. Los recuerdos y los remordimientos también". Jacques Prévert (1900-1977), poeta y guionista francés.
4. Poema de Antonio Machado (1875-1939)
5. "Los chicos del coro", película francesa de 2004
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