El sábado de mi llegada, el miedito ese de mierda que me da siempre el avión, la trasnochada por la despedida de rigor, y la levantada a las cinco de la madrugada, me jugaron la bella pasada de darme una “migrañita”. Llegué pues a un París cubierto (como para variar), almorcé y cené con amigos de mi padre, y la jornada terminó con el mismo dolorcito de cabeza.
El domingo tuve un gran almuerzo con los miembros beneméritos de la ALSF (Asociación de Latinos sin Familia), un grupo de amigos latinos que despedíamos a dos de nuestros miembros que partían hacia las lejanas y heladas tierras de Nancy. Nombrados “Secretario General” y “Tesorera Adjunta”, Alex y Rosario prepararon su partida, junto a los demás, llenándose la panza con guacamolito, patacón pisao (o tostadas, como al parecer les llaman en sus tierras del Valle del Cauca), papas a la huancaína (que me perdonen José y Tania si esa delicia de “patatas peruanas” no se llama así), yuca frita y demases, todo esto en casa de los Señores Presidentes Vitalicios de la Asociación, Edgar y Maripol, que como siempre fueron los perfectos y generosos anfitriones. Se celebraba, además, la próxima aparición pública del primer miembro latino-galo de pura cepa de la ASLF, don Julián, ya que su mamá Camila exhibe una panza descomunal y maravillosa… Como buenos latinos que se respeten, nuestro almuerzo duró hasta las once de la noche…
El resto de la semana la pasé de visita en visita, de tecito en tecito, de paseo en paseo, nuevamente dejándome enamorar por el otoño parisino, tan Don Juan como siempre, y que me tenía subyugada. Eso sí, y literalmente, la Ciudad Luz estaba a mis pies. El dolorcito de cabeza aquel me seguía fantasmagóricamente a todas partes, y yo le daba permiso de hacerse de mi radiante persona de cuando en vez, así como quien no quiere la cosa, pero que la acepta de mala gana. A la migraña como que no le gustó el que tratara de controlarla con paracetamol y juntó sus fuerzas, la muy traicionera, dándome un verdadero “golpe de estado” en la mera cabeza güera (no huera, eso sí que no), al cual sucumbí sin oponer resistencia, yo que soy tan legalista y democrática. Al borde de mis fuerzas llegué al hospital, donde me tuvieron seis días inyectada a una bolsa cargada de morfina. Ahora, y con toda propiedad puedo entender por qué existen tantos que sucumben a los placeres de dicha droga, no exenta de peligros, eso sí…
Mi temporada hospitalaria fue todo un espectáculo: en efecto, fui testigo de lo tercermundista que puede ser el primer mundo, pues hasta en este lado del charco un hospital público es la misma vaina que por allá donde nosotros… eso sí, pude admirar boquiabierta la calidad humana de quienes han decidido hacer de su vida el salvar vidas (y aquí abro paréntesis para sacarme el sombrero por mi hermanito “el jetón”, que hace lo mismo por allá por tierras aztecas. Cierro paréntesis). Apenas llevaba una hora haciendo la cola cuando aterrizó en Urgencias una pareja, gritando como chancho al que están haciendo pebre (chilenismo para expresar que gritaba como desaforada), insultando a todos los que tratábamos de sobrevivir a nuestros males, y exigiendo “atención inmediata” porque su caso era una “verdadera urgencia”. Yo, legalista y democrática como siempre, saqué fuerzas de flaqueza para soltarles un “por favor, señores, hagan la cola como todo el mundo”. Si no me trataron de hija de la gran meretriz de Babilonia, es porque me lo dijeron pero con otras palabras menos elaboradas. Según nos hicieron saber los gritones, los que estábamos ahí era poco menos y porque era para nosotros placentero pasar nuestra velada del sábado en las Urgencias de un hospital público. Nuevamente según la parejita, la mujer gritona era la única enferma “de verdad verdad”. Yo no los dejé entrar cuando fue mi turno, pero mi pobre vecina parece que prefirió que no la trataran de puta, así que dejó pasar a la “gritona enferma terminal”. Tuve pues el agrado de asistir como testigo presencial a la “dada de alta más rápida del oeste”, pues la gritona duró en las urgencias menos que un suspiro. Puedo determinar, gracias a la facultad que me otorga el ser “psicólogo amateur”, que su dramática enfermedad es que está loca de atar, y que su boquita debiera ser atada también, porque si con esa boca come, es que la pobre come mierda.
También fui testigo del mendigo que entra hediondito al baño de las Urgencias el día domingo en la mañana y que sale una hora después “limpiecito y olorosito a jaboncito”. Gran personaje: Monsieur Méditerranée, llamado así por su acento un poco de quién sabe qué rincón del sur del Continente Europeo, que llegó gritando a las Urgencias, tirándose al suelo, retorciéndose de dolor, pegándose contra cuanta pared encontró, todo para ser curado milagrosamente por dos cápsulas de paracetamol a las cuales los enfermeros les habían vaciado el contenido. Cinco minutos después, Monsieur Méditerranée era un fiel imitador de “Lázaro, levántate y anda”, aunque hasta este momento, he de confesarlo, la mejor interpretación de dicho papel sigue siendo palabra y obra de don Augusto Pinochet Ugarte, alias Pinocho (hasta le crece la nariz al compadre).
Una vez ya internada en el área de Neurología, y con mi camita super moderna (de esas que le levantan a uno la zona lumbar, las piernas, sólo la cabeza, sólo los pies, en fin, la maravilla), tuve el gozo de conocer a mi vecina, Madame Louise, venida directamente de las Antillas y que me alegró los días con el concierto de sus pedos, a los que les seguía un maravilloso: “Uy perdone, es que no sé qué será lo que me pasa hoy” (hoy, era todos los días). Yo estaba a punto de decirle que mi condición de “gastroenterólogo amateur” así como de “nutricionista” también “amateur”, me llevaba a creer con una gran dosis de certeza, que la causa de sus gases se hallaba en el hecho de que a diario recibía la visita de numerosos familiares que le traían, a escondidas, pollito con papas, chocolates, pasteles, y otras delicias, que Madame Louise camuflaba entre las sábanas y que olían algunas veces a las mil y una especias, lo que puede conllevar el que en realidad huelan a los mil y un demonios.
El día en que Madame Louise se fue del hospital, tuve el ya no tan agradable concierto de una pobre anciana que me hizo curarme de espanto, pues la señora tenía pie y medio en el otro lado, y parece que estaba regalándole al mundo (yo, como única testigo) sus últimas palabras. Gracias a que la morfina -gran aliada de las fuerzas democráticas y legalistas de mis células- vino a dar un golpe casi definitivo a la migraña, me dieron de alta al día siguiente, esto es, el jueves. No dudo, sin embargo, que la gran traidora seguirá dándome sorpresas.
El viernes me inscribí en la Universidad y empiezo las clases mañana (ay qué nervios). Ayer pasé el día con Irene, mi amiga madrileña, que se tomó unos días para venir a verme. El día estuvo hermoso, tibio, los árboles vestidos con sus trajes dorados del otoño que les quedan tan estupendamente bien… caminamos y reímos como dos deschavetadas… Cuando ya nos disponíamos a volver a casa, nos dimos un baño de música brasilera que animaba la Place de la Bastille y yo, claro, no pude evitar chapurrear unos pasos de samba. Salió a nuestro encuentro un jovencito, que recogía firmas para una ONG, pues la fiesta era para eso (cualquier motivo es bueno para la pachanga, en todo caso)… después de que Irene y yo firmáramos (porque eso de las minas antipersonales está muy pero muy mal), y de una breve conversación (porque después de habernos oídos hablar español, él confesó que soñaba con ir a América Latina), el hombre me pidió no sólo permiso para tutearme, sino que al haberle yo hablado del caramel au beurre salé, típico de sus tierras bretonas, me pidió que me casara con él. Tuve que rechazar su oferta pues ni siquiera sabía su nombre (se apuró en decirme que se llama Sébastien) y de que no lo conocía. Dejé, no obstante, abierta la posibilidad de que ello ocurra algún día, diciéndole que si nos volvemos a ver, será que hay algo en nuestro destino. Al menos ya puedo jactarme de que no sólo me han pedido matrimonio, sino que además ha sido en París, en la mismísima plaza de la Bastille, y con Irene y el ángel como testigos.
En el bus de regreso a casa nos tocó el típico parisino, que hacía sonar sus suspiros para que nos enteráramos de que la conversación que manteníamos le estaba perturbando la lectura. Yo, siempre tan discreta y diplomática, me di la vuelta, y en mi perfecto y educadísimo francés le dije: “Oh, lo siento mucho señor, es que hablamos un poco fuerte”. Cinco minutos después le dije “Estimado señor, ya podrá Usted leer tranquilo porque aquí nos bajamos”. Estuve tentada de preguntarle si en realidad sabía leer, dado que en esos cinco minutos no había pasado de la primera página. Obviamente no me di vuelta para mirarle la cara, porque siempre es mejor imaginársela.
Estos días, tengo que ponerme a buscar frenéticamente un lugar definitivo donde vivir (por el momento ando de SDF –sin domicilio fijo), además de reencontrarme con la siempre tan agradable burocracia franchuta. Ya les contaré.
Besitos muchos.
Princesa Primavera SDF (Sábado, Domingo y Feriados)

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