Buenas buenas… estamos a 6 de marzo de 2006 y son las 6 de la mañana… y no crean que ando levantada a horas tan matinales por aquello de que “al que madruga Dios le ayuda”, qué va. Es culpa de los 6 tés a la bergamota que me tomé ayer después de las 6 de la tarde… claro, quién me manda, pero en fin. Me acosté hace escasas 4 horas y 3 de ellas me las he pasado meando. Estoy como esa propaganda de pañales rusa donde sale un bebé –ruso- diciendo -en ruso- (que no sé cómo se dirá, pero es que a mí el cuento me lo echaron traducido al español): “yo bebo, y hago pis”. Delicious darling, francamente. Sobre todo porque en unas cuantas horas he de ir a clase con la gringa a la que no le entiendo ni una palabra, y no sé en qué estado voy a estar (después me toca con la mexicana Bruta de Brutus esa que tiene cero cultura general) así que mi semana comienza más que estupendamente. ¿Por qué tendrán que existir los días lunes?
La vez pasada les escribí durante la semana de San Huevoncín, ese que hace que los comerciantes nos atiborren de corazoncitos y nos depriman más de la cuenta, y aunque mi vida sentimental sigue siendo igual -léase inexistente- el ánimo anda algo mejor.
Estas últimas semanas he descubierto lo que hasta entonces era para mí un misterio, esto es, la vida de oficina. Estuve trabajando once días en una traducción en Madrid donde “el cliente”, y la cosa no tiene nada de fácil, sobre todo cuando una se ha acostumbrado a acostarse, levantarse, comer, ver amigos, y otras funciones orgánicas básicas, a cualquier hora del día y de la noche. Aquí hay horarios. Y no sólo eso. Se trabaja rodeado de gente. Y he descubierto también los efectos del trabajo (aquello de “el sudor de la frente”) esto es, llegar agotada a la casa –pero agotada no es palabra, muerta queda mejor- y no hacer otra cosa en la vida que lo que los franchutes llaman “métro, boulot, dodo” (traducido es algo así como “metro, pega/curro/laburo/trabajo, y a dormir”). Impresionante. Como además tuve que traducir directamente el texto desde la pantalla del computador, los ojos me quedaron como si me hubiera fumado cincuenta cachos de marihuana (nunca me he fumado ni uno, dicho sea de paso) y parece que los efectos me duran hasta ahora, dado que el sábado, una semana después de haber terminado el trabajo, dos amigos me preguntaron que en qué vainas raras andaba por aquello de mis ojos enrojecidos. Es decir, trabajar es malo pa’ la salud, pero bueno pal bolsillo. Vaya dilema, “to work or to have a life: that is the question”. El último efecto de mis días de trabajadora proletaria me llevaron a sentir un remordimiento bien tardío, al darme cuenta de que cuando el capullo de Florian me decía que estaba cansado después de una ardua jornada laboral, no me mentía y yo, haciendo oídos sordos –la ignorancia es atrevida- lo atosigaba con nuestros problemas conyugales. Pero en todo caso, hasta merecido se lo tiene, el muy cabrón. A todo esto, ¿me pueden creer que el susodicho me escribió el 5 de febrero, a eso de la medianoche, para desearme dizque “feliz año nuevo”? La cosa no pasaría de lo anecdóticamente ridículo, si no fuera porque minutos después, es decir, a medianoche, comenzaba el 6 de febrero, día de su vigésimo noveno cumpleaños. Yo creo en las coincidencias pero no soy pendeja. Patético personajillo. Obviamente lo deletié sin más.
Desde San Huevoncín ando preguntándome si debo darle un empujoncito al destino y por tanto he estado cavilando acerca de la posibilidad remota de meterme a algún sitio Web de esos de “encuentros”, que por lo demás abundan, y por tanto vender mi alma al diablo mandando el romanticismo al carajo, pero no me atrevo. Es que no sólo la sola idea me deprime, sino que me da pánico (con esta suerte tan mía, capaz que me salga algún loco demente).
Sin embargo, y pese a que es invierno no sólo al otro lado de mi ventana sino en mi habitación de 15 metros cuadrados –y de paso, “en mi corazón”, como cantaba por ahí una falsa rubia platinada- ayer desperté luego de un sueño erótico con tintes pornográficos absolutamente increíble… y aunque las sensaciones fueron lo máximo, la despertada no lo fue, porque me trajo directamente a la realidad y mi realidad desde ese punto de vista es funesta. Pero bueno, aunque mi vida sexual fue tardía y corta, al menos permitió que de cuando en vez mis sueños sean algo más que meramente interesantes. Sólo falta que los sueños se vuelvan realidad, y para eso ahí sigo rogándole a San Expedito, pero en vano. Parece que el mancito anda muy ocupado resolviendo asuntos que él considera más urgentes desde el punto de vista de la santidad, y no sé cómo hacerle entender que eso de la vida orgásmico-pecaminosa-romanticona igual tiene su urgencia…
Bueno, no los aburro más.

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