mardi 25 décembre 2007

Feliz Navidad

Muy estimados míos,

Mis últimas aventuras datan de algunos meses atrás, y si la memoria no me falla, hablé en aquella ocasión de mis clochardos.

Desde entonces han pasado como seis meses, de los cuales cinco y medio han sido chupar frío. En efecto, el verano parisino nunca apareció y cuando por fin parecía que el calor llegaba, yo me fui para Santiago de Chile. Allá me tocó la nevada más blanca y helada de los últimos chorrocientos años. Obvio, me tenía que tocar a mí, que amo tanto andar con quinientas capas de ropa y cuyo mejor amigo es el guatero (la bolsita de agua caliente, remember?). El problema es que en semejante frío no necesité de un buen amigo sino de dos, además de un par de plumones, calcetines de lana y gorrito de ídem.


La buena noticia, en aquel momento, es que el frío me daba hambre, el hambre me aportaba unos kilitos de más, y éstos se notaban sobre todo a la altura de mi(s) pecho(s), ya que yo ya ni entraba en las camisetas ni nada de nada. ¡Fantástica adolescencia tardía! Me dije, feliz de la papaya. Mis pechugas crecían como espumita y yo dichosa. Hasta soñé con poder rellenar la “copa A” de mis sostenes, y poder usarlos (porque antes si me los ponía, me tocaba rellenarlos con algodón, y cuando levantaba el brazo, los susodichos me quedaban de bufanda).

En fin, llegué a París, a sufrir en la escuela, y me dije que tal vez ya era hora de ir a ver a la ginecóloga para un control de rutina, porque es de esas cosas que dan jartera, pero que hay que hacer. La doctora empezó a hacerme el chequeo, que siempre es una delicia, y como todo iba bien por los Países Bajos, prosiguió el examen a través de mis pechos pechochos. De repente, la señora pegó un brinco, me miró con cara de espanto y me dijo “¿Usted ya se había sentido ESTO?”. Yo le dije “Ah, ¿Usted se refiere a mis nuevos pechos copita A?”. Pues algo así por el estilo. En realidad se trataba de un poroto (frijolito o alubia). Cita “urgente” para una mamografía, una ecografía… Y yo, desilusionada de saber que mi adolescencia tardía era en realidad “ESTO”.

Llegó el día de la mamografía... Yo no sé ustedes, viejas, pero qué cosa más espantosa esa vaina, por Dios. La que me atendió me tiene que haber tomado por una vaca lechera (en período de vacas flacas, eso sí), porque me agarró la ubre, me la estiró como si la pobre fuese de plastilina, luego me la aplastó con una especie de sandwichera y me tomó la fotito. ¡Madre mía de mi vida! Salí de ahí con el poroto hecho puré y como si me hubiera espichado un tren. Luego llegó el turno de la ecografía. El doctor, UY, un GUAAAPOOO. Primera vez que un guapetón me trajinaba las pochecas. Porque pa’ qué, pero los anteriores mancitos que habían tenido derecho sobre mis chichis eran bastante poco potables. En fin. Le dije que yo estaba de lo más feliz con el nuevo tamaño, pero él no estuvo de acuerdo conmigo. Que tenía tres nódulos en cada pechuga ("¿tres qué me dijo?") y que uno, en la derecha, era “como rarito”… Así que me tocó pasar a la etapa siguiente, la biopsia. A una le meten una aguja-pistola en la teta, le pegan tres disparos que duelen más que el mismo putas y sacan unos pedacitos de poroto pa’ analizarlos en un microscopio. ¡Ay qué doló!

El resultado cayó diez días después: se confirmó la rareza del poroto y se determinó que había que sacarlo. Ustedes se imaginarán que la noticia no fue de las más gratas, pero bueno, “a lo hecho, pecho” (nunca estuvo mejor dicho el dicho).

Las semanas siguientes fueron bastante angustiantes, aunque he de confesar que mis problemas “seniles” en nada me hicieron olvidar mis problemas “solteriles”. Tal y como se usa en la jerga especializada por ahí de los juzgados, yo soy lo que se llamaría una “reincidente”. ¿Recuerdan que hace justo un año andaba metida en un sitio Web “de encuentros” (el del carnicerito amable, del profesor chiflado besucón de la lengua profunda, del guatón grandulón y bien llorón)? Bueno, pues reincidí. Pequé. Temí estar al borde del abismo y dar un paso al frente. Así que me reinscribí. Oh sí. Madre mía de mi vida. Secreto a voces (no se lo cuenten a Rami, porfa, que se le va a caer el poco pelo que le va quedando). En fin. Como era de esperarse, me contactaron varios muchachos. De la mayoría no vale la pena ni hablar, porque da mucha mamera (hubo un gigoló que me mandó tres fotos, y a medida que las iba abriendo, el hombre iba apareciendo con menos y menos ropa… no lo vi empeloto, pero porque eso no debe estar permitido en el sitio, que es supuestamente serio… y un par de tipos taaaaaan aburridos que de sólo mirarlos ya me daba pereza contestarles) pero hay otros que están de antología.

El primero, muy simpático… buena onda, tal y cual, le gustaba América Latina, qué sé yo. Pero a mí, mmmmhhh no había caso, no me gustaba. Vincent, se llama. Ese queda en stand by porque entre medio aparece Eric. Me contacta diciéndome que por mi “profesión: traductora” yo debo haber vivido en otro país. Le respondo que vivo en otro país, porque La France no es el mío. Ya. Todo ok. El man me pregunta si tengo el pelo largo. Sí, bueno, algo. Todo ok. Él me dice que vive en otro país. Le pregunto en cuál. “Uno que tiene frontera con Francia pero que no es ni España ni Brasil”. Mmmmh todo mal. Pa’ qué tanto misterio. Me propone tomar algo y vernos “sólo una hora, porque no es conveniente verse más durante una primera cita”. Mi mamá me pide que me encomiende al Divino Niño porque ese man parece estar medio chifladito. Ok, acepto. El man se describe como “buena pinta”. Yo creo que el man necesita gafas. Porque era de feo… uy madre de Dios. Me da la mano para saludarme y me trata de “usted” (demencia total, porque en francés el “usted” es absurdamente formal). Le pregunto si trajo el cronómetro porque eso de una hora no más de cita vamos a tener que controlarlo. Empezamos a hablar. El mancito tiene un tic que me desespera, habla vainas totalmente incongruentes e insiste en sacarme frases en alemán. Yo le digo que si quiere hablarme en otro idioma desconocido, pues que me hable en italiano, porque en alemán mí no entender ni un carajo. Bueno. Le pregunto que dónde vive y me dice que en Frankfurt. “¡Ah! Deutschland”, digo yo, mej, tanto misterio del tipo pa’ tan poca cosa. Por fin se cumple la hora y media de cita (el mancito había propuesto alargarla mientras yo lo que quería era largarme) y me dice “le voy a dejar mi teléfono”. Yo empiezo a anotar 00, 49 (Alemania) y me dice “No. 41”. Y yo, ingenua, “¿41? Si 41 es Suiza”. El man me pone cara de “yo no fui” y me da una explicación que ni recuerdo de que su celular es suizo pero que él vive en Alemania, y que Frühstück im Café. “Ah”, respondo yo, escéptica. Salgo de ahí corriendo pa’ la casa, y diciéndome que ojalá Eric no aparezca más nunca. Tres días después tengo un mensaje en mi contestador. “Bonjour Princesa Primavera. Habla Vincent. Usted me conoce como Eric pero me llamo Vincent. Quisiera verla blablabla”… Yo no seguí escuchando el resto. Volví a poner diez veces el inicio del mensaje porque mis ojos no creían lo que oían mis oídos (ni que fueran a oler, los pobres, pero es que es necesaria la redundancia). Demencia senil demente, peor que la de Pinochet. Obviamente hice “Delete” y luego grité “Neeeeeeext!!!”.

Entre medio hubo casi dos semanas de huelga de transportes que yo aproveché para reflexionar sobre la inmortalidad del cangrejo, la importancia de llamarse Ernesto, perdón Eric, digo Vincent, los porotos con rienda (plato chilensis muy popular) y los porotos de las pechugas. De la U, pues nada. Yo dejé eso en stand by junto a Vincent I. Pero Vincent I rondaba por ahí y rondaba, pero a mí no me gustaba. Y Vincent I ahí, firme junto al pueblo. Y yo, ay que no quiero. Pero terminó pelando el cobre, el pobrecito Vincent I, era cuestión de esperar. Hace un par de semanas, el muy bestia tuvo el desatino de decirme que yo andaba muy desguarambilada y que era muy poco femenina. Estuve tentada de hacer delete pero él se deletió solo. Y justo a tiempo. En efecto, desde que me inscribí en el sitio hubo un segundo muchacho. Muy raro el man, pero me intrigaba. Yo le mandé un par de mensajes incisivos que le dolieron bastante pero el man no me deletió y yo no lo deletié a él, a pesar de que la última vez demoró un mes en aparecer. Y apareció justo cuando Vincent desapareció. Todo muy raro, y muy de conjunción astral. Stéphane, se llama. El joven Stéphane despertó de su largo letargo y me propuso que nos viéramos. Yo le había mostrado mi foto desde el primer intercambio de mensajes pero él a mí la suya no. Como a eso no le doy importancia, pues seguí igual escribiéndole y esperando una improbable respuesta suya, que sin embargo, siempre terminaba llegando. Llegó el día de la cita y yo sin saber qué cara tenía el dichoso Stéphane (¿de circunstancia?). Sólo sabía que mide 1,91 y que tiene ojos azules, porque él lo indica en su perfil del sitio Web. Digamos que como soy muy mala fisonomista y que pa’ peor veo pésimo de lejos, iba a ser realmente difícil reconocerlo. El mancito decidió mandarme tres fotos, y yo casi muero de infarto delante del computador. El varón que apareció en pantalla era un verdadero Adonis. Yo exclamé “Jesus Christ of Nazareth!” y si no me caí de la cama es porque la mía está en el suelo.

La cita fue un verdadero caos. El hombre llegó tan acelerado que no me dejó siquiera interrumpirlo con un “ajá” un “nooo” o un “mhhh”. Y ustedes que me conocen, imagínenme una hora CALLADA. Sorbía mi té y me decía a mí misma “Mí misma, ¿por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué justo un man que se veía por fin sensible y medianamente normal, y que además es guapo, termina siendo el más demente de todos?”. Yo me hablaba en voz baja mientras él hablaba a cincuenta mil doscientos treinta y tres kilómetros por segundo en voz alta. Y yo, de vez en cuando, trataba de decir “¿einh?” porque no entendía un carajo de lo que me estaba diciendo, pero no podía hacerlo... Y él interrumpía el monólogo pa’ preguntarle al vecino de mesa que qué libro estaba leyendo y si estaba interesante, y volvía enseguida a revolucionarme la oreja. En un momento me preguntó si quería otro té y yo solté un rotundo “NOOOOOOO” que salió de lo más profundo de mi ser. Yo sólo quería irme y putear a la pobre almohada. Pero él sí quería otra copita de vino. Y el mesero tuvo la brillante idea de traerle maní. Entonces, tuvo lugar ante mis ojos el mayor acto de prestidigitación comestible que he presenciado jamás: el mancito era capaz de engullir un maní tras otro a cien kilómetros por hora, y de hablar a la velocidad de la luz, sin que salpicara un trocito de maní sobre la mesa ni que se me proyectara uno en un ojo dejándome tuerta. Yo observaba la escena con horror y rogaba a los ángeles que me sacaran de allí. Se terminó el maní y el vino y yo pensé que la velada había acabado. Pero no. El mancito me dijo que tenía hambre y que si comíamos algo. Yo, que estaba aniquilada con tanto bombardeo de palabras, sólo atiné a decir “bueno”. Él pidió pescado y yo sopa. Nos trajeron nuestros platos y la sopa estaba fría. Pero fue providencial que lo estuviera, porque yo le dije que empezara a comer que de otro modo se le iba a enfriar el pescadito, y que eso era mucho pecao. Antes de empezar a comer, el hombre le preguntó muy cortésmente al mesero si la sopa era un plato frío, eventualidad que significaría que nos habíamos equivocado de pedido, dado que yo quería algo caliente. Eso me dio mucha risa, el mesero se llevó la sopa y el “Adonis de las mil revolucionis” empezó a comerse el pescadito. Y mientras el hombre comía, yo pude hablar (es educado y por tanto no habla con la boca llena). Y cuando empecé a hablar el hombre me empezó a mirar y a escuchar. Y al final el hombre se tranquilizó y la hora siguiente fue un diálogo tan agradable que a mí me cambiaron la cara, el sabor y el calor de la sopa, y las ganas de irme. Y para terminar la velada de manera fantástica, el hombre me llevó a ver las luces de Navidad de los Campos Elíseos que son una belleza total. Mi corazón daba brincos en mitad de l’Étoile.

A partir de ahí, Stéphane empezó a mandarme mensajitos varios por teléfono, correos electrónicos y otros. Fue un momento mágico. Yo estaba muerta de angustia, porque esa semana eran los exámenes en la U (obviamente no había estudiado nada) y la semana siguiente (o sea, la que acaba de pasar) me operaban del poroto, y sentir que le estaba gustando por primera vez a un hombre guapo y divertido fue una inyección de energía como nunca antes había tenido. El fin de semana pasado, pasados los exámenes, nos vimos, luego mientras me operaban me llamó todos los días, y anoche nos volvimos a ver antes de nuestras partidas a festejar las fiestas de fin de año. Hasta el momento no ha pasado NADA, pero bueno, yo no pierdo la esperanza… Ya les contaré con más detalles, si los hay (y roguemos que los haya… me atragantaré de uvas el 31, eso es seguro).

Para que se tranquilicen, el poroto me lo sacaron el martes. La experiencia en el hospital es de antología, con enfermeras salidas directamente de una película de Hitchcock y un encuentro surrealista que merece una historia aparte (la escribiré en otra ocasión, ahora se me ha hecho muy tarde y como estoy con la pechuga-alcancía adolorida y con una bronquitis severa, sería más que prudente que me fuera a acostar).

Por el momento, les deseo a todos una Navidad Feliz y un año 2008 lleno de amor, felicidad, bienestar, armonía, salud y tranquilidad.

Os amo, os adoro (como diría Julito Iglesias)


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lundi 9 juillet 2007

Clochardos

Esta mañana desperté por la tarde, porque lo hice después de mediodía. Anoche fui de parranda con unos colegas de trabajo (sí, estoy trabajando, pero haciendo una práctica, por lo que no se emocionen tanto): era donde uno de ellos y llegué a casa a eso de las cuatro de la mañana. Yo que todavía me creo de 15, bailé durante horas y ahora apenas puedo con mis piernas.

Después de alimentarme un poco, fui a comprar fruta. Nunca había pagado tanto por unas cerezas y unos duraznos (o melocotones, as you wish), y además están horribles. Llegué a casa deprimida, porque además tenía que ir a lavar ropa a la lavandería del barrio, pues en mis 15 metros cuadrados, una lavadora y yo no cabemos. Ajá. Así como lo leen. Mi sobrino, que estuvo aquí unos días, se mostró preocupadísimo cuando hizo el tour (corto, por cierto) de mi apartamento y se dio cuenta de que no había lavadora. Me preguntó con cara de espanto si yo no lavaba la ropa. Le dije que sí, pero que no aquí, y no sé si me creyó. En fin. Así que semanalmente agarro las camisetas, los pantalones, las sábanas, los calcetines y los calzones (o bragas, o churrines, o como quieran llamar a la ropita interior), además de las pastillas de detergente, y me dirijo a la lavandería más cercana, que está situada en un boulevard muy chic que se llama Arago, con edificios al más puro estilo haussmaniano, de esos que tanto hacen delirar a los turistas. Me había jurado hace tres semanas que nunca más lavaría en domingo, porque el gentío con ansias “lavanderísticas” es impresionante. En vez de ir a misa y dejar a los demás cristianos lavar tranquilos, los parisinos deciden todos hacerlo el domingo, y por la tarde, pa’ más remate. Eso de que el viejo hábito de la siesta se pierda es realmente dramático. Claro que peor es el hábito franchute de que el domingo hay que andar limpios (pues es verídica la historia de que una buena parte de estos franchutes no se baña todos los días. A mí y mi fino olfato nos consta).

En fin, en esas estaba yo, secando los pantalones y los calcetines y viendo cómo sábanas, toallas y calzones danzaban en el tambor de la lavadora a 60 grados centígrados, cuando escuché un alboroto que venía de la calle. Un trío de “clochardos” se acercaba a toda velocidad, empujando un carrito de supermercado.

Aquí hago un pequeño paréntesis. Dentro de mis aventuras parisinas, existen personajes exquisitos… exquisitos por su maravillosa presencia. Basta con que cierre los ojos y su rostro aparece… me gusta rememorar los momentos en que esos seres vinieron a compartir un instante de mi vida, marcándola para siempre.

De esos seres extraordinarios, siento un afecto especial por los “clochardos”… es mi palabra hispanizada del francés “clochard”, y que significa mendigo, pordiosero, vagabundo, indigente… Los “míos” han aparecido en momentos inesperados, con actitudes, palabras o simplemente miradas o sonrisas, que me han marcado para siempre. Cierro paréntesis.

En fin, los tres clochardos, dos hombres y una dama, abrieron la puerta de la lavandería y como no pudieron entrar con los carritos, los estacionaron a la entrada. Entraron y se sentaron en un banquito. El olor que despedían, y que no era muy agradable, se confundió con el de los detergentes de todos aquellos que en ese momento estábamos lavando. El mayor de los hombres venía descalzo, sucio, y se rascaba con brío la cabellera abundante (¿piojos?), mientras nos preguntaba si queríamos un pedacito de durazno, pues andaba con uno en la mano. Ante nuestra negativa, nos preguntó si teníamos fuego para encender su cigarrillo. Ante nuestra nueva negativa, decidió sentarse y chupar el cigarrillo apagado. El segundo hombre se levantó entonces y empezó a recorrer la lavandería. Era lisiado y se detuvo justo frente a la máquina donde danzaba mi ropa, y se quedó viéndola maravillado. La señora empezó ella también a recorrer el lugar, inspeccionando cada máquina y calculando el tiempo que le quedaba a cada una. La danza terminó al fin, saqué la ropa para ponerla a secar y la clocharda se dirigió con presteza a su carrito, sacó tres bolsitas y un abrigo y volvió a entrar. Pagó el importe y metió su ropa en la lavadora, le puso una dosis de detergente y a mí me dio un ataque de risa nerviosa que contagió a todos los demás clientes, sobre todo cuando la clocharda le comentó a sus amigos que la semana pasada había venido y que no había nadie, pero que ahora ¡vaya gentío, no se puede lavar tranquila!

Tengo la leve impresión de que varios de los que estábamos allí no volverán (¿volveremos?) nunca a lavar la ropa en ese sitio… y ahora que lo recuerdo, yo ya había visto a los clochardos ahí dentro, pero pensé que venían buscando el calor que despiden las secadoras…

Esta nueva historia me hace pensar pues en estos personajes de la fauna parisina… Los clochardos están por todas partes, invisibles para todos aquellos que se rehúsan a ver la miseria, pero están muy presentes y muy vivos. Tan vivos, que muchos no sólo mendigan, sino que han llegado a transformarse en desequilibrados mentales, hablando solos por las calles. Como escribí más arriba, tengo los “míos”, que han marcado de una forma o de otra mi vida en esta ciudad, y como creo que no he hablado nunca de ellos, ha llegado el momento (ignoro si lo hice en mis primeras “Historias de París”, dado que no tengo copia de ninguna de ellas).

Los mendigos…

El primero de ellos apareció en mi mundo a los pocos días de mi desembarco en la Ciudad Luz… En esa época (¿remota?) yo tenía que atravesar cada mañana y cada tarde el jardín del Luxemburgo para ir a la Sorbona (muy chic todo). Era otoño, y ese paseo diario era simplemente extraordinario, los árboles vestían sus mejores trajes, cubiertos de oro y rubíes… Las primeras hojas que caían hacían “crac” bajo mis pies y el sol pasaba tímidamente por entre las ramas... Una mañana vi a un señor mayor, con una barba blanca y unos ojos bellísimos, grises como el cielo de París. Era como el abuelito de Heidi… Iba con un abrigo negro y sus manos escarbaban entre las basuras en busca de un trozo de pan. El corazón se me encogió de angustia. Recordé que años antes, un antiguo colega de Rami (mi papá, por si se les olvidó) nos había contado que en Francia, al llegar el verano, algunos ancianos eran abandonados por sus familias en las carreteras, al momento de irse de vacaciones. Tal vez era una fantasía, pero ésta tomó vida justo en ese instante, y me pregunté dónde estaría la familia de este hombre, un hombre bello y de mirada profunda. No supe qué hacer y seguí mi camino… A menudo aparecía de entre los árboles, mirando tímidamente de un lado a otro, y volvía una y otra vez a buscar algo para llevarse a la boca. Una tarde, un joven de esos que ya no quedan, y que llevaba un sándwich en la mano, se lo ofreció al verlo con las manos en la basura. El señor, con una dignidad impresionante, le dio a entender con un gesto elegante que “no, muchas gracias”. El joven llegó al siguiente basurero, depositó con cuidado el bocadillo y siguió su camino. El abuelito de Heidi se dirigió entonces allí mismo, tomó el pan entre sus mano y se lo comió con gusto. Me sentí mal por no haber tenido una idea tan genial, y confieso que nunca la he puesto en práctica porque mi clochardo aparece de vez en cuando, y cuando menos lo espero… invierno y verano sigue allí, con su abrigo negro, y es como si el tiempo pasara por su lado sin tocarlo.

El segundo apareció en la estación del metro, y se reía solo. Era una risa tan contagiosa que con mi mamá no pudimos evitar reírnos. Estuvimos pues riendo los tres mientras esperábamos el metro y él siguió riéndose solo ahí en su banco. Mucho tiempo después, un domingo de esos en los que no hay nada que hacer, fui al cine en el que era mi antiguo barrio. Un cine de barrio, justamente, sin estéreo ni ninguna de esas modernidades… de esos donde se escucha el tacatacatá de la cinta rodando, y donde el que se levanta en medio de la película hace que la imagen desaparezca de la pantalla y se proyecte en su espalda. Iba pues para allá absorta en mis pensamientos, cuando de repente escuché una risa conocida, me di la vuelta y ahí estaba, el clochardo risueño, sentado y conversando animadamente con un amigo imaginario, al que no le creía una palabra de lo que le estaba contando. No volví a verlo, pero ese rostro iluminado por la risa es una imagen que de sólo pensar en ella, me hace sonreír sin que pueda evitarlo.

En el metro también estaba (¿estará aún?) el príncipe clochardo, un señor maravilloso, algo mayor, de barba y ojos negros y profundos. Es un príncipe absoluto, de maneras exquisitas. Habla con una voz de galán de telenovelas y en un francés pulido… A cada persona que le da una moneda le responde con una sonrisa y un dulce “se lo agradezco. Le deseo un buen día”.

La clocharda cantante me tocó una vez, una sola, pero me marcó para siempre, porque desde entonces no puedo escuchar el muy romántico “Bésame mucho” sin partirme de la risa… Es que ella, con una voz de armas tomar, me reventó los tímpanos cantando “Bésameeeee… Bésameeee muuuuuuuchoooo. Como si fuera esta noche la úuuuultima vez… Béeeeesame… Bésame muuuuuchooo. Une petite pièce monsieur, dame, s’il vous plaît sil vous plaît (“una monedita, señor, señora, por favor, por favor”)”. Tan tan.

El clochardo más sabio de París me tocó también en el metro hace algunos meses. Estaba sentado en esos puestos que son para cuatro personas. El ocupaba uno y en los otros tres había entronizado sus bolsitas. Llegamos a una estación donde había un mendigo de esos que han perdido completamente la razón, y que gritaba como descocado palabras de alto calibre, agitándose en medio del andén. El sabio lo miró con sus ojos hermosos, límpidos, de un azul más bello que el más hermoso de los cielos… Esbozó una sonrisa, nos miró a los pasajeros que compartíamos el vagón con él, y dijo “Uf. Hay algunos que realmente tienen problemas”. Extraordinario.

Ya, no los aburro más…

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samedi 30 juin 2007

Primer semestre de 2007

Buenas y santas,

Desde el año pasado que no me reporto… Mis últimas aventuras se remontan a noviembre de 2006, cuando les conté aquello del sitio Web y la etapa previa al suicidio. Como podrán darse cuenta, no pasé a la etapa siguiente y sigo vivita y coleando en este planeta, y hasta nueva orden.

Como es el último día del mes de junio (es medianoche), y como por tanto el año llega justo a su media vida, procedo pues a hacerles un recuento de mis aventuras y desventuras de estos meses transcurridos y escurridos, porque con todo lo que ha llovido no hay verbo que se preste mejor para describir la irrealidad parisina.

En el sitio aquel del carnicerito amable que quería contribuir a la paga en el mundo, conocí a un par de muchachos. El primero era un profesor de primaria y por esas coincidencias de la vida, éramos vecinos. Decidimos vernos para ir a tomar algo un día de luna llena en que llovía a cántaros (pa' variar). Al salir del café, el hombre, en una maniobra que debe haber practicado muchas veces en la soledad de su habitación, logró, mientras abría el paraguas, agarrarme por la cintura, hacerme una llave inglesa (porque la ingle ¡zas! me la dio vuelta de un tacazo) y me metió la lengua hasta más allá de las cuerdas vocales. ¡Chucha! exclamó la princesa (en su cabeza, porque la lengua estaba inmovilizada en aquel momento). Cuando logré zafarme, salí despepitada y del hombre, obviamente, no volví a tener noticias. Pensé en mi hermano Lucho y en su preocupación de que me tocara un psicópata. Pues me tocó. Segundo man que me besaba en la vida, ¿pueden creerlo? Y beso robado, pa’ más remate.

El segundo era un ser bastante particular. Tan particular resultó ser el susodicho, que no sólo me dio la hora, sino que me dio un beso (y más), pero de una manera mucho más cortés y decente que el psicópata demente, porque el pobrecito era anticuadísimo. Aunque yo no estaba ni estaré nunca a su altura (porque el mansote mide casi uno noventa) y pese a que espero que nunca llegue a darle el peso (porque el susodicho pesa como 100 kilos), el hombre me embrujó, me sedujó… y me dejó. Snif. Todo muy triste y muy de pañuelo de tela. Pero como dicen por ahí “fue bonito mientras duró”. Y me permitió darme cuenta de que no me mintieron aquellos que me aseguraron durante meses que sí es posible querer a alguien más que el “primer amor”... Porque como bien saben, a mí me costó un huevo y la mitad del otro (metafóricamente hablando) sacarme del corazón al gran capullo de Florian.

El Guatón, como se apoda el individuo, resultó ser una buena medicina, pese al trágico final de nuestro breve y fugaz encuentro. O sea, el final no fue taaaan trágico, no hubo sangre derramada, pero como fue final, igual fue trágico, y a falta de sangre hubo lágrimas (sobre todo suyas, porque a pesar de lo grande, era bien llorón).

En fin, “La historia con fin del Guatón y la Princesa” se desarrolló durante tres meses, y como yo soy tan internacional, tuvo lugar en “Talca, París y Londres”* (bueno, en vez de Talca fue Santiago, pero a escala del universo e incluso planetaria, ambas ciudades quedan al ladito). Yo en Santiago, él en París. Correos electrónicos. Promesas de amor. Besos trasatlánticos y transcordilleranos. Regreso a París. Breve encuentro. Yo en París, él en Londres. Besos viajeros a través del túnel de la Mancha. Él en Londres, yo en París. Visitas a Londres. Problemas de aduana. "Miss: como es possible que you vaya a London y que live en Paris y que say en your passport que you are chilena but que nació en Locombia. Very suspicious.”. Y yo con cara de circunstancia, dando explicaciones y blablabla.

En la escuela, mientras tanto, las idas a London me sirven para practicar el English. Sobre todo porque tengo una profesora que supuestamente me hace traducción de inglés a español pero que de inglés no tiene idea. Very, pero very good, pues.

Entre medio, como mi suscripción al sitio Web continúa, me contactan un par de mancitos. Yo les digo "sorry mis darlings, pero estoy ocupada. Bye bye (tut, tut, tut)". No tardaría yo en arrepentirme, porque la historia con el Guatón no duraría (lo ignoraba yo entonces) y uno de los mancitos era un hermoso arquitecto (con unos ojos verdes que te quiero verde y.. joé madre mía, me sorprendo a mí misma pensando pensamientos impuros). Según el test de compatibilidad del sitio (porque hay que pasar un test que dura como media hora y todo, muy serio el lugar aquel), con el bello teníamos 83% de afinidad... y con el Guatón sólo 51% (sin comentarios). Pero bueno, eso nos pasa a quienes tenemos al perro como animal totémico: somos fieles, y a veces bien pendejos.

En fin. Sigo. La historia con el Guatón termina.Esa semana, snif, una que otra lagrimita… y el día en que empieza nuevamente el reinado de las flores, es decir, el 21 de marzo, último día de Nicolas Sarkozy en el ministerio del Interior, salgo de clase y me voy caminando con una amiga hacia el metro para ir a almorzar. Nos reímos a las carcajadas y hablamos en español. Una mujer de aspecto extraño nos observa. Nos subimos al vagón y seguimos riendo. Cuando de pronto ¡zas! ¿El lobo? ¡No! La vieja rara, que en realidad no era ella sino él. Nos pega un tremendo grito sin llamarnos por nuestros nombres, como habría hecho cualquier ciudadano decente, sino con palabras que por pudor no transmito aquí. Nos damos vuelta y ¡paf! Cachetadas van y cachetadas vienen. En resumidas cuentas, la loca me da en la jeta (el ángel de la guarda de mi amiga es más guardián que el mío, porque ella salió ilesa). A mí, en cambio, la vieja me da como bombo en fiesta. Me dice que estoy celosa de su belleza, que ella es más bella que yo pero que tiene huevos (así de claro es su problema) y que soy mala amiga porque no la comprendo. En fin, tan divina ella. El resultado: como veinte cachetadas, varios moretones y un rasguño con uña de plástico de 20 centímetros que me dejará una cicatriz de guerra en medio de la frente, justo en el tercer ojo... Durante semanas tuve problemas para dormir, anduve con la cabeza gacha… y ahora me gasto toda la mesada en comprarme productos exfoliantes pero la cicatriz sigue ahí, entronizada.

Bueno, no los aburro más. Me voy a dormir arrullada por el sonido de la lluvia que cae, y cae, y cae…

* Talca es una ciudad del centro-sur de Chile y "Talca, París y Londres" es un dicho popular. Dicen los que saben que el origen de dicho dicho fue el siguiente: un inglés paseando por Talca dijo un día "Talca parece Londres". Con el acento del mancito y el oído poco fino de sus interlocutores la cosa quedó en "Talca, París y Londres"... ahora, para que Talca se parezca a Londres, basta con tener imaginación.

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