lundi 9 juillet 2007

Clochardos

Esta mañana desperté por la tarde, porque lo hice después de mediodía. Anoche fui de parranda con unos colegas de trabajo (sí, estoy trabajando, pero haciendo una práctica, por lo que no se emocionen tanto): era donde uno de ellos y llegué a casa a eso de las cuatro de la mañana. Yo que todavía me creo de 15, bailé durante horas y ahora apenas puedo con mis piernas.

Después de alimentarme un poco, fui a comprar fruta. Nunca había pagado tanto por unas cerezas y unos duraznos (o melocotones, as you wish), y además están horribles. Llegué a casa deprimida, porque además tenía que ir a lavar ropa a la lavandería del barrio, pues en mis 15 metros cuadrados, una lavadora y yo no cabemos. Ajá. Así como lo leen. Mi sobrino, que estuvo aquí unos días, se mostró preocupadísimo cuando hizo el tour (corto, por cierto) de mi apartamento y se dio cuenta de que no había lavadora. Me preguntó con cara de espanto si yo no lavaba la ropa. Le dije que sí, pero que no aquí, y no sé si me creyó. En fin. Así que semanalmente agarro las camisetas, los pantalones, las sábanas, los calcetines y los calzones (o bragas, o churrines, o como quieran llamar a la ropita interior), además de las pastillas de detergente, y me dirijo a la lavandería más cercana, que está situada en un boulevard muy chic que se llama Arago, con edificios al más puro estilo haussmaniano, de esos que tanto hacen delirar a los turistas. Me había jurado hace tres semanas que nunca más lavaría en domingo, porque el gentío con ansias “lavanderísticas” es impresionante. En vez de ir a misa y dejar a los demás cristianos lavar tranquilos, los parisinos deciden todos hacerlo el domingo, y por la tarde, pa’ más remate. Eso de que el viejo hábito de la siesta se pierda es realmente dramático. Claro que peor es el hábito franchute de que el domingo hay que andar limpios (pues es verídica la historia de que una buena parte de estos franchutes no se baña todos los días. A mí y mi fino olfato nos consta).

En fin, en esas estaba yo, secando los pantalones y los calcetines y viendo cómo sábanas, toallas y calzones danzaban en el tambor de la lavadora a 60 grados centígrados, cuando escuché un alboroto que venía de la calle. Un trío de “clochardos” se acercaba a toda velocidad, empujando un carrito de supermercado.

Aquí hago un pequeño paréntesis. Dentro de mis aventuras parisinas, existen personajes exquisitos… exquisitos por su maravillosa presencia. Basta con que cierre los ojos y su rostro aparece… me gusta rememorar los momentos en que esos seres vinieron a compartir un instante de mi vida, marcándola para siempre.

De esos seres extraordinarios, siento un afecto especial por los “clochardos”… es mi palabra hispanizada del francés “clochard”, y que significa mendigo, pordiosero, vagabundo, indigente… Los “míos” han aparecido en momentos inesperados, con actitudes, palabras o simplemente miradas o sonrisas, que me han marcado para siempre. Cierro paréntesis.

En fin, los tres clochardos, dos hombres y una dama, abrieron la puerta de la lavandería y como no pudieron entrar con los carritos, los estacionaron a la entrada. Entraron y se sentaron en un banquito. El olor que despedían, y que no era muy agradable, se confundió con el de los detergentes de todos aquellos que en ese momento estábamos lavando. El mayor de los hombres venía descalzo, sucio, y se rascaba con brío la cabellera abundante (¿piojos?), mientras nos preguntaba si queríamos un pedacito de durazno, pues andaba con uno en la mano. Ante nuestra negativa, nos preguntó si teníamos fuego para encender su cigarrillo. Ante nuestra nueva negativa, decidió sentarse y chupar el cigarrillo apagado. El segundo hombre se levantó entonces y empezó a recorrer la lavandería. Era lisiado y se detuvo justo frente a la máquina donde danzaba mi ropa, y se quedó viéndola maravillado. La señora empezó ella también a recorrer el lugar, inspeccionando cada máquina y calculando el tiempo que le quedaba a cada una. La danza terminó al fin, saqué la ropa para ponerla a secar y la clocharda se dirigió con presteza a su carrito, sacó tres bolsitas y un abrigo y volvió a entrar. Pagó el importe y metió su ropa en la lavadora, le puso una dosis de detergente y a mí me dio un ataque de risa nerviosa que contagió a todos los demás clientes, sobre todo cuando la clocharda le comentó a sus amigos que la semana pasada había venido y que no había nadie, pero que ahora ¡vaya gentío, no se puede lavar tranquila!

Tengo la leve impresión de que varios de los que estábamos allí no volverán (¿volveremos?) nunca a lavar la ropa en ese sitio… y ahora que lo recuerdo, yo ya había visto a los clochardos ahí dentro, pero pensé que venían buscando el calor que despiden las secadoras…

Esta nueva historia me hace pensar pues en estos personajes de la fauna parisina… Los clochardos están por todas partes, invisibles para todos aquellos que se rehúsan a ver la miseria, pero están muy presentes y muy vivos. Tan vivos, que muchos no sólo mendigan, sino que han llegado a transformarse en desequilibrados mentales, hablando solos por las calles. Como escribí más arriba, tengo los “míos”, que han marcado de una forma o de otra mi vida en esta ciudad, y como creo que no he hablado nunca de ellos, ha llegado el momento (ignoro si lo hice en mis primeras “Historias de París”, dado que no tengo copia de ninguna de ellas).

Los mendigos…

El primero de ellos apareció en mi mundo a los pocos días de mi desembarco en la Ciudad Luz… En esa época (¿remota?) yo tenía que atravesar cada mañana y cada tarde el jardín del Luxemburgo para ir a la Sorbona (muy chic todo). Era otoño, y ese paseo diario era simplemente extraordinario, los árboles vestían sus mejores trajes, cubiertos de oro y rubíes… Las primeras hojas que caían hacían “crac” bajo mis pies y el sol pasaba tímidamente por entre las ramas... Una mañana vi a un señor mayor, con una barba blanca y unos ojos bellísimos, grises como el cielo de París. Era como el abuelito de Heidi… Iba con un abrigo negro y sus manos escarbaban entre las basuras en busca de un trozo de pan. El corazón se me encogió de angustia. Recordé que años antes, un antiguo colega de Rami (mi papá, por si se les olvidó) nos había contado que en Francia, al llegar el verano, algunos ancianos eran abandonados por sus familias en las carreteras, al momento de irse de vacaciones. Tal vez era una fantasía, pero ésta tomó vida justo en ese instante, y me pregunté dónde estaría la familia de este hombre, un hombre bello y de mirada profunda. No supe qué hacer y seguí mi camino… A menudo aparecía de entre los árboles, mirando tímidamente de un lado a otro, y volvía una y otra vez a buscar algo para llevarse a la boca. Una tarde, un joven de esos que ya no quedan, y que llevaba un sándwich en la mano, se lo ofreció al verlo con las manos en la basura. El señor, con una dignidad impresionante, le dio a entender con un gesto elegante que “no, muchas gracias”. El joven llegó al siguiente basurero, depositó con cuidado el bocadillo y siguió su camino. El abuelito de Heidi se dirigió entonces allí mismo, tomó el pan entre sus mano y se lo comió con gusto. Me sentí mal por no haber tenido una idea tan genial, y confieso que nunca la he puesto en práctica porque mi clochardo aparece de vez en cuando, y cuando menos lo espero… invierno y verano sigue allí, con su abrigo negro, y es como si el tiempo pasara por su lado sin tocarlo.

El segundo apareció en la estación del metro, y se reía solo. Era una risa tan contagiosa que con mi mamá no pudimos evitar reírnos. Estuvimos pues riendo los tres mientras esperábamos el metro y él siguió riéndose solo ahí en su banco. Mucho tiempo después, un domingo de esos en los que no hay nada que hacer, fui al cine en el que era mi antiguo barrio. Un cine de barrio, justamente, sin estéreo ni ninguna de esas modernidades… de esos donde se escucha el tacatacatá de la cinta rodando, y donde el que se levanta en medio de la película hace que la imagen desaparezca de la pantalla y se proyecte en su espalda. Iba pues para allá absorta en mis pensamientos, cuando de repente escuché una risa conocida, me di la vuelta y ahí estaba, el clochardo risueño, sentado y conversando animadamente con un amigo imaginario, al que no le creía una palabra de lo que le estaba contando. No volví a verlo, pero ese rostro iluminado por la risa es una imagen que de sólo pensar en ella, me hace sonreír sin que pueda evitarlo.

En el metro también estaba (¿estará aún?) el príncipe clochardo, un señor maravilloso, algo mayor, de barba y ojos negros y profundos. Es un príncipe absoluto, de maneras exquisitas. Habla con una voz de galán de telenovelas y en un francés pulido… A cada persona que le da una moneda le responde con una sonrisa y un dulce “se lo agradezco. Le deseo un buen día”.

La clocharda cantante me tocó una vez, una sola, pero me marcó para siempre, porque desde entonces no puedo escuchar el muy romántico “Bésame mucho” sin partirme de la risa… Es que ella, con una voz de armas tomar, me reventó los tímpanos cantando “Bésameeeee… Bésameeee muuuuuuuchoooo. Como si fuera esta noche la úuuuultima vez… Béeeeesame… Bésame muuuuuchooo. Une petite pièce monsieur, dame, s’il vous plaît sil vous plaît (“una monedita, señor, señora, por favor, por favor”)”. Tan tan.

El clochardo más sabio de París me tocó también en el metro hace algunos meses. Estaba sentado en esos puestos que son para cuatro personas. El ocupaba uno y en los otros tres había entronizado sus bolsitas. Llegamos a una estación donde había un mendigo de esos que han perdido completamente la razón, y que gritaba como descocado palabras de alto calibre, agitándose en medio del andén. El sabio lo miró con sus ojos hermosos, límpidos, de un azul más bello que el más hermoso de los cielos… Esbozó una sonrisa, nos miró a los pasajeros que compartíamos el vagón con él, y dijo “Uf. Hay algunos que realmente tienen problemas”. Extraordinario.

Ya, no los aburro más…

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1 commentaire:

Carlo Myco a dit…

Impresionante lo de los mendigos, me quedo con el sabio, su “Uf. Hay algunos que realmente tienen problemas” y tu "Extraordinario".

Ahora entiendo la referencia del rollito de canela o almendras (o algo similar) del 2009.