Mis últimas aventuras datan de algunos meses atrás, y si la memoria no me falla, hablé en aquella ocasión de mis clochardos.
Desde entonces han pasado como seis meses, de los cuales cinco y medio han sido chupar frío. En efecto, el verano parisino nunca apareció y cuando por fin parecía que el calor llegaba, yo me fui para Santiago de Chile. Allá me tocó la nevada más blanca y helada de los últimos chorrocientos años. Obvio, me tenía que tocar a mí, que amo tanto andar con quinientas capas de ropa y cuyo mejor amigo es el guatero (la bolsita de agua caliente, remember?). El problema es que en semejante frío no necesité de un buen amigo sino de dos, además de un par de plumones, calcetines de lana y gorrito de ídem.
La buena noticia, en aquel momento, es que el frío me daba hambre, el hambre me aportaba unos kilitos de más, y éstos se notaban sobre todo a la altura de mi(s) pecho(s), ya que yo ya ni entraba en las camisetas ni nada de nada. ¡Fantástica adolescencia tardía! Me dije, feliz de la papaya. Mis pechugas crecían como espumita y yo dichosa. Hasta soñé con poder rellenar la “copa A” de mis sostenes, y poder usarlos (porque antes si me los ponía, me tocaba rellenarlos con algodón, y cuando levantaba el brazo, los susodichos me quedaban de bufanda).
En fin, llegué a París, a sufrir en la escuela, y me dije que tal vez ya era hora de ir a ver a la ginecóloga para un control de rutina, porque es de esas cosas que dan jartera, pero que hay que hacer. La doctora empezó a hacerme el chequeo, que siempre es una delicia, y como todo iba bien por los Países Bajos, prosiguió el examen a través de mis pechos pechochos. De repente, la señora pegó un brinco, me miró con cara de espanto y me dijo “¿Usted ya se había sentido ESTO?”. Yo le dije “Ah, ¿Usted se refiere a mis nuevos pechos copita A?”. Pues algo así por el estilo. En realidad se trataba de un poroto (frijolito o alubia). Cita “urgente” para una mamografía, una ecografía… Y yo, desilusionada de saber que mi adolescencia tardía era en realidad “ESTO”.
Llegó el día de la mamografía... Yo no sé ustedes, viejas, pero qué cosa más espantosa esa vaina, por Dios. La que me atendió me tiene que haber tomado por una vaca lechera (en período de vacas flacas, eso sí), porque me agarró la ubre, me la estiró como si la pobre fuese de plastilina, luego me la aplastó con una especie de sandwichera y me tomó la fotito. ¡Madre mía de mi vida! Salí de ahí con el poroto hecho puré y como si me hubiera espichado un tren. Luego llegó el turno de la ecografía. El doctor, UY, un GUAAAPOOO. Primera vez que un guapetón me trajinaba las pochecas. Porque pa’ qué, pero los anteriores mancitos que habían tenido derecho sobre mis chichis eran bastante poco potables. En fin. Le dije que yo estaba de lo más feliz con el nuevo tamaño, pero él no estuvo de acuerdo conmigo. Que tenía tres nódulos en cada pechuga ("¿tres qué me dijo?") y que uno, en la derecha, era “como rarito”… Así que me tocó pasar a la etapa siguiente, la biopsia. A una le meten una aguja-pistola en la teta, le pegan tres disparos que duelen más que el mismo putas y sacan unos pedacitos de poroto pa’ analizarlos en un microscopio. ¡Ay qué doló!
El resultado cayó diez días después: se confirmó la rareza del poroto y se determinó que había que sacarlo. Ustedes se imaginarán que la noticia no fue de las más gratas, pero bueno, “a lo hecho, pecho” (nunca estuvo mejor dicho el dicho).
Las semanas siguientes fueron bastante angustiantes, aunque he de confesar que mis problemas “seniles” en nada me hicieron olvidar mis problemas “solteriles”. Tal y como se usa en la jerga especializada por ahí de los juzgados, yo soy lo que se llamaría una “reincidente”. ¿Recuerdan que hace justo un año andaba metida en un sitio Web “de encuentros” (el del carnicerito amable, del profesor chiflado besucón de la lengua profunda, del guatón grandulón y bien llorón)? Bueno, pues reincidí. Pequé. Temí estar al borde del abismo y dar un paso al frente. Así que me reinscribí. Oh sí. Madre mía de mi vida. Secreto a voces (no se lo cuenten a Rami, porfa, que se le va a caer el poco pelo que le va quedando). En fin. Como era de esperarse, me contactaron varios muchachos. De la mayoría no vale la pena ni hablar, porque da mucha mamera (hubo un gigoló que me mandó tres fotos, y a medida que las iba abriendo, el hombre iba apareciendo con menos y menos ropa… no lo vi empeloto, pero porque eso no debe estar permitido en el sitio, que es supuestamente serio… y un par de tipos taaaaaan aburridos que de sólo mirarlos ya me daba pereza contestarles) pero hay otros que están de antología.
El primero, muy simpático… buena onda, tal y cual, le gustaba América Latina, qué sé yo. Pero a mí, mmmmhhh no había caso, no me gustaba. Vincent, se llama. Ese queda en stand by porque entre medio aparece Eric. Me contacta diciéndome que por mi “profesión: traductora” yo debo haber vivido en otro país. Le respondo que vivo en otro país, porque La France no es el mío. Ya. Todo ok. El man me pregunta si tengo el pelo largo. Sí, bueno, algo. Todo ok. Él me dice que vive en otro país. Le pregunto en cuál. “Uno que tiene frontera con Francia pero que no es ni España ni Brasil”. Mmmmh todo mal. Pa’ qué tanto misterio. Me propone tomar algo y vernos “sólo una hora, porque no es conveniente verse más durante una primera cita”. Mi mamá me pide que me encomiende al Divino Niño porque ese man parece estar medio chifladito. Ok, acepto. El man se describe como “buena pinta”. Yo creo que el man necesita gafas. Porque era de feo… uy madre de Dios. Me da la mano para saludarme y me trata de “usted” (demencia total, porque en francés el “usted” es absurdamente formal). Le pregunto si trajo el cronómetro porque eso de una hora no más de cita vamos a tener que controlarlo. Empezamos a hablar. El mancito tiene un tic que me desespera, habla vainas totalmente incongruentes e insiste en sacarme frases en alemán. Yo le digo que si quiere hablarme en otro idioma desconocido, pues que me hable en italiano, porque en alemán mí no entender ni un carajo. Bueno. Le pregunto que dónde vive y me dice que en Frankfurt. “¡Ah! Deutschland”, digo yo, mej, tanto misterio del tipo pa’ tan poca cosa. Por fin se cumple la hora y media de cita (el mancito había propuesto alargarla mientras yo lo que quería era largarme) y me dice “le voy a dejar mi teléfono”. Yo empiezo a anotar 00, 49 (Alemania) y me dice “No. 41”. Y yo, ingenua, “¿41? Si 41 es Suiza”. El man me pone cara de “yo no fui” y me da una explicación que ni recuerdo de que su celular es suizo pero que él vive en Alemania, y que Frühstück im Café. “Ah”, respondo yo, escéptica. Salgo de ahí corriendo pa’ la casa, y diciéndome que ojalá Eric no aparezca más nunca. Tres días después tengo un mensaje en mi contestador. “Bonjour Princesa Primavera. Habla Vincent. Usted me conoce como Eric pero me llamo Vincent. Quisiera verla blablabla”… Yo no seguí escuchando el resto. Volví a poner diez veces el inicio del mensaje porque mis ojos no creían lo que oían mis oídos (ni que fueran a oler, los pobres, pero es que es necesaria la redundancia). Demencia senil demente, peor que la de Pinochet. Obviamente hice “Delete” y luego grité “Neeeeeeext!!!”.
Entre medio hubo casi dos semanas de huelga de transportes que yo aproveché para reflexionar sobre la inmortalidad del cangrejo, la importancia de llamarse Ernesto, perdón Eric, digo Vincent, los porotos con rienda (plato chilensis muy popular) y los porotos de las pechugas. De la U, pues nada. Yo dejé eso en stand by junto a Vincent I. Pero Vincent I rondaba por ahí y rondaba, pero a mí no me gustaba. Y Vincent I ahí, firme junto al pueblo. Y yo, ay que no quiero. Pero terminó pelando el cobre, el pobrecito Vincent I, era cuestión de esperar. Hace un par de semanas, el muy bestia tuvo el desatino de decirme que yo andaba muy desguarambilada y que era muy poco femenina. Estuve tentada de hacer delete pero él se deletió solo. Y justo a tiempo. En efecto, desde que me inscribí en el sitio hubo un segundo muchacho. Muy raro el man, pero me intrigaba. Yo le mandé un par de mensajes incisivos que le dolieron bastante pero el man no me deletió y yo no lo deletié a él, a pesar de que la última vez demoró un mes en aparecer. Y apareció justo cuando Vincent desapareció. Todo muy raro, y muy de conjunción astral. Stéphane, se llama. El joven Stéphane despertó de su largo letargo y me propuso que nos viéramos. Yo le había mostrado mi foto desde el primer intercambio de mensajes pero él a mí la suya no. Como a eso no le doy importancia, pues seguí igual escribiéndole y esperando una improbable respuesta suya, que sin embargo, siempre terminaba llegando. Llegó el día de la cita y yo sin saber qué cara tenía el dichoso Stéphane (¿de circunstancia?). Sólo sabía que mide 1,91 y que tiene ojos azules, porque él lo indica en su perfil del sitio Web. Digamos que como soy muy mala fisonomista y que pa’ peor veo pésimo de lejos, iba a ser realmente difícil reconocerlo. El mancito decidió mandarme tres fotos, y yo casi muero de infarto delante del computador. El varón que apareció en pantalla era un verdadero Adonis. Yo exclamé “Jesus Christ of Nazareth!” y si no me caí de la cama es porque la mía está en el suelo.
La cita fue un verdadero caos. El hombre llegó tan acelerado que no me dejó siquiera interrumpirlo con un “ajá” un “nooo” o un “mhhh”. Y ustedes que me conocen, imagínenme una hora CALLADA. Sorbía mi té y me decía a mí misma “Mí misma, ¿por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué justo un man que se veía por fin sensible y medianamente normal, y que además es guapo, termina siendo el más demente de todos?”. Yo me hablaba en voz baja mientras él hablaba a cincuenta mil doscientos treinta y tres kilómetros por segundo en voz alta. Y yo, de vez en cuando, trataba de decir “¿einh?” porque no entendía un carajo de lo que me estaba diciendo, pero no podía hacerlo... Y él interrumpía el monólogo pa’ preguntarle al vecino de mesa que qué libro estaba leyendo y si estaba interesante, y volvía enseguida a revolucionarme la oreja. En un momento me preguntó si quería otro té y yo solté un rotundo “NOOOOOOO” que salió de lo más profundo de mi ser. Yo sólo quería irme y putear a la pobre almohada. Pero él sí quería otra copita de vino. Y el mesero tuvo la brillante idea de traerle maní. Entonces, tuvo lugar ante mis ojos el mayor acto de prestidigitación comestible que he presenciado jamás: el mancito era capaz de engullir un maní tras otro a cien kilómetros por hora, y de hablar a la velocidad de la luz, sin que salpicara un trocito de maní sobre la mesa ni que se me proyectara uno en un ojo dejándome tuerta. Yo observaba la escena con horror y rogaba a los ángeles que me sacaran de allí. Se terminó el maní y el vino y yo pensé que la velada había acabado. Pero no. El mancito me dijo que tenía hambre y que si comíamos algo. Yo, que estaba aniquilada con tanto bombardeo de palabras, sólo atiné a decir “bueno”. Él pidió pescado y yo sopa. Nos trajeron nuestros platos y la sopa estaba fría. Pero fue providencial que lo estuviera, porque yo le dije que empezara a comer que de otro modo se le iba a enfriar el pescadito, y que eso era mucho pecao. Antes de empezar a comer, el hombre le preguntó muy cortésmente al mesero si la sopa era un plato frío, eventualidad que significaría que nos habíamos equivocado de pedido, dado que yo quería algo caliente. Eso me dio mucha risa, el mesero se llevó la sopa y el “Adonis de las mil revolucionis” empezó a comerse el pescadito. Y mientras el hombre comía, yo pude hablar (es educado y por tanto no habla con la boca llena). Y cuando empecé a hablar el hombre me empezó a mirar y a escuchar. Y al final el hombre se tranquilizó y la hora siguiente fue un diálogo tan agradable que a mí me cambiaron la cara, el sabor y el calor de la sopa, y las ganas de irme. Y para terminar la velada de manera fantástica, el hombre me llevó a ver las luces de Navidad de los Campos Elíseos que son una belleza total. Mi corazón daba brincos en mitad de l’Étoile.
A partir de ahí, Stéphane empezó a mandarme mensajitos varios por teléfono, correos electrónicos y otros. Fue un momento mágico. Yo estaba muerta de angustia, porque esa semana eran los exámenes en la U (obviamente no había estudiado nada) y la semana siguiente (o sea, la que acaba de pasar) me operaban del poroto, y sentir que le estaba gustando por primera vez a un hombre guapo y divertido fue una inyección de energía como nunca antes había tenido. El fin de semana pasado, pasados los exámenes, nos vimos, luego mientras me operaban me llamó todos los días, y anoche nos volvimos a ver antes de nuestras partidas a festejar las fiestas de fin de año. Hasta el momento no ha pasado NADA, pero bueno, yo no pierdo la esperanza… Ya les contaré con más detalles, si los hay (y roguemos que los haya… me atragantaré de uvas el 31, eso es seguro).
Para que se tranquilicen, el poroto me lo sacaron el martes. La experiencia en el hospital es de antología, con enfermeras salidas directamente de una película de Hitchcock y un encuentro surrealista que merece una historia aparte (la escribiré en otra ocasión, ahora se me ha hecho muy tarde y como estoy con la pechuga-alcancía adolorida y con una bronquitis severa, sería más que prudente que me fuera a acostar).
Por el momento, les deseo a todos una Navidad Feliz y un año 2008 lleno de amor, felicidad, bienestar, armonía, salud y tranquilidad.
Os amo, os adoro (como diría Julito Iglesias)

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