dimanche 31 août 2008

Verano de 2008


Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que conté alguna de mis aventuras. No es que mi vida haya discurrido tranquilamente desde las preocupaciones causadas por el poroto pechugón, no, pero me faltaba algo de inspiración.

La historia del hospital la contaré en otra ocasión. De momento, me limitaré a dar cuenta de lo acaecido en estos últimos meses, que no deja de ser.

A fines de diciembre, pechuga en mano -porque no podía caminar sin agarrármela, del dolor tan hijuemadre-, me fui a pasar Navidad a Madrid. Fue un poco deprimente pero en fin, qué se le va a hacer, a mí la Navidad me deprime, enferma o no, desde el día en que descubrí que Papá Noel era un invento. Porque aunque era niña en aquel entonces, saber que los regalos eran fruto de la billetera, y no de duendes bigotudos y barrigones, me produjo una gran tristeza. No sé si fue antes o después de mi desilusión cumpleañera profunda, pero fue una más. La desilusión del 1 de mayo (día de mi natalicio, pal desinformado que esté leyendo esto) fue la siguiente: mis progenitores tenían la linda costumbre de llevarme a las manifestaciones de trabajadores de ese día, y me decían: “toda esta gente vino para tu cumpleaños”. Yo, erguida sobre los hombros de Rami, debía sentirme toda una princesa observando a su corte. Cuando la multitud aplaudía, yo me volteaba a uno y otro lado, saludando y sonriendo, feliz de la papaya. Hasta el día en que agudicé vista y oídos y descubrí que nadie gritaba “¡Viva la Princesa Primavera!” sino una serie de consignas revolucionarias, y que en ninguna pancarta decía “Feliz cumpleaños, preciosa”. Fue entonces cuando me di cuenta de que no sólo tenía padres mentirosos sino que, además, era una completa desconocida. Deprimente.

El último día del año lo pasé junto a la Asociación de Latinos sin Familia y bailé en la medida en que me lo permitió la pechuga. Unos días después me dieron la buena noticia de que el poroto era inofensivo, con lo cual pude volver a respirar tranquila.

Mi vida discurría entre los días oscuros del helado invierno, las idas y regresos entre mi “cabinet massage” (que es el nombre con el que he bautizado a mis 15 metros cuadrados) y la universidad, y visitas esporádicas a amigos comprensivos. Sin embargo, un acontecimiento de lo más azaroso vino a perturbar mi existencia. Un mediodía en que almorzaba en mi restorán del barrio con María y Pablo, mis amigos chilensis de visita por estas lejanas tierras, llegó la hora de pagar. Me di vuelta en la silla para sacar mi billetera, que nunca se ha caracterizado por estar rebosante de salud, es decir gordita por las toneladas de billetes, y la condenada no estaba. Como tampoco estaban mi teléfono móvil ni mis llaves… en resumidas cuentas, mi cartera había desaparecido. “Que no panda el cúnico”, pensé para mis adentros emulando al Chapulín, “estamos en París, capital de Francia y del mundo civilizado”. Busqué debajo de los abrigos, de la mesa, de las sillas de los comensales vecinos… Nada. Desaparición forzada de cartera en manos de ladrones avispados. No hubo curiosos, no hubo preguntas, nadie lloró. Con un sentimiento de impotencia me dirigí a la casa, a bloquear la línea telefónica. Como los delincuentes tenían mis llaves y mi dirección, agarré la única cosa de valor que había en el cabinet, esto es el computador, y me fui a la estación de policía. El poli de turno me miró con cara de “usted está deschavetada mija” y me dijo: “¿Qué hace aquí, madmuazel? Váyase a cambiar la cerradura y después viene a hacer la denuncia. ¿No ve que los ladrones pueden estar en estos momentos en su casa?”. Yo lo miré con cara de “el deschavetado es usté, mesié” y le respondí que prefería estar en la comisaría en vez de en mi casa delante de unos malandrines con dudosas intenciones. El pobre no supo qué decirme, me tomó la denuncia y me despachó sin más. Llegué al cabinet que no había sido profanado, llamé al seguro y pedí que me cambiaran la cerradura. Vino un señor que después resultó ser un acosador, que me llamaba cada tanto para invitarme a tomar algo. Yo le había servido un café cuando el hombre había terminado su ardua labor, porque así es como me enseñaron a tratar a la gente, pero es que a mí se me olvidó que una atención como esa causa estragos en el sistema de señalización hormonal de los manes del primer mundo, sobre todo cuando son feos. En fin, deprimida me fui a llorar mis penas sobre el hombro de mi cuate Kristian, que me regañó diciéndome que debería haberle aceptado la copa al man, que si acaso yo no estaba desesperada. Le dije que desesperada sí estaba, pero que nunca tanto.

Lo del robo podría haber sido una desaventura sin importancia, de no ser por dos detalles que sí la tienen. El primero, estos desgraciados me robaron los papeles y entre ellos estaba la visa, con lo cual tuve que pasar interminables horas en la prefectura para que me dieran un duplicado. Y el segundo, que por decir lo menos es espeluznante, es que los ladrones tuvieron tiempo para utilizar mi teléfono, e hicieron llamadas de larga distancia. Yo que no soy racista, no tenía una idea preconcebida acerca del destino de dichas llamadas, pero más de alguno me sugirió que seguramente iban a ser hacia el Magreb (siguiendo la lógica cartesiana franchuta por excelencia: ladrones = árabes). Cuál no sería mi sorpresa un mes después cuando recibí la factura: ¡los hijos de la gran *bip* habían llamado a Chile!

La escuela seguía su curso y yo lo único que quería era que llegara la hora en que no tuviera que volver a pisar aquel lugar. Para mi mayor desgracia, ese momento aún no ha llegado, porque todavía me queda el trámite de la tesina de miéchica, pero por lo menos ya no tendré que ir a sentarme en el incómodo banco a pasar frío y a espantarme con la visión terrorífica del futuro que me espera (soltería, culo enorme y pelo teñido).

Una vez terminadas las clases, me dije que sería bueno conseguirme un trabajito para abultar un poco mi nueva billetera. La oportunidad se me presentó, puesto que una compañera me propuso hacer una práctica en una agencia de traducción, donde el ambiente era supuestamente de pucha madre. La cosa pintaba como bien; el Maestro que la pintó era realmente bueno. Fíjense ustedes: agencia de traducción conocida. Punto a su favor. Busca hispanohablante egresado/a de escuela prestigiosa. Punto a mi favor. Posibilidad de contrato después de la práctica. Punto a favor de ambos. Resultado: empate. Y con un ambiente excelente, qué más podía yo pedir. La desilusión fue prácticamente inmediata. La agencia quedaba en las afueras de París, en un barrio hórrido. Me tenía que mamar casi una hora de transporte a la ida y otra al regreso, en el RER, el peor tren de cercanías que haya inventado el ser humano. Pa’ completar, supuestamente la agencia respetaba la ley de las 35 horas semanales (esa que Sarko quiere erradicar). Pues bien: 35 dividido en 5 da 7. Más una hora para almorzar son 8. Ocho horas al día sería el horario justo. Pero en esta agencia, los horarios son de 9 horas al día, porque estos “ingeniosos” dan 2 horas pa’ comer. Ustedes me dirán que qué tan simpáticos. Pues sí, simpatiquísimos. En realidad lo que buscan estos abusadores es que los trabajadores coman y trabajen gratis, porque uno se la piensa dos veces antes de quedarse haciendo horas extraordinarias, primero porque te miran con mala cara si te quedas con trabajo después del horario convenido (no se regocijan ante la idea de tener que pagarte más), y segundo porque la agencia queda en la quinta porra y si quieres salir de ahí con vida después de las 7 de la noche es mejor que seas novia de Batman. Yo no tenía el problema de la paga porque a mí me pagaban una mierda (claro, yo soy eterna estudiante y como tal, me pagaban el salario de acuerdo a mi estatus), pero en caso de contratarme, eso iba a ser un problema.

El trabajo era interesante, pero ver cómo funciona el mundo laboral despertó mis genes anarquistas. Ni Dios, ni ley, ni jefe, ni nada. En algún momento pensé en cerrar la tarasca y esperar a ver qué pasaba con la posibilidad de contrato, puesto que me abriría la puerta para tener papeles definitivos en este país. Pero me di cuenta de que en la agencia lo único que querían era perpetuar mi condición de estudiante pa’ aprovecharse mejor, y que nunca en la vida iban a contratarme definitivamente porque eso significaba plata (y ellos quieren plata, pero pa’ ganarla, no pa’ gastarla). Yo que no soy pendeja, escuché a mis genes anarquistas y me fui. Además, el ambiente era espantoso. Hice como una santa. El mes de agosto me la he pasado comiendo y paseando por Francia, así que creo que de estudiante eterna pasaré a la condición de eternamente de vacaciones.

De amores, la cosa está complicada. Stéphane, el bello comedor de maní desaforado, cada día está más demente. Aparece cada trimestre para contarme sus desgracias, me mira con sus ojos desorbitados, y vuelve a desaparecer entre la selva parisina. Yo estoy por creer que los lindos, o son locos o son maricas, y ello me tiene al borde del colapso, porque yo he estado con dos manes en mi vida, el uno más feo que el otro, y andaba con ellos porque me decía que el físico no era importante. Uno terminó siendo un desgraciado y el otro un llorón. A veces me digo que seguramente estoy como una cabra y hasta he llegado a preguntarme si no será que soy del otro equipo, o sea lesbi. Imagino que será el tipo de preguntas que una se hace en la adolescencia, pero es que a mí la pubertad me llegó tarde. Imagínense que tuve que ir al ginecólogo y el mancito me dijo que tenía problemas hormonales, por lo que me mandó a tomar progesterona. Yo lo miré horrorizada pensando en que iba a terminar con pelos hasta en las orejas. La biología nunca ha sido mi fuerte, como pueden darse cuenta. Confundir testosterona con progesterona es un asunto de neuronas. Pero con lo que no contaba era con que me iban a crecer las pechugas, las caderas y que me iban a salir espinillas. Además, fue justo en ese momento cuando florecieron mis genes anarquistas, con lo cual la crisis de adolescencia fue total. La pubertad a la edad de Cristo, ¿dónde se habrá visto algo semejante?

Como decía pues, me han llegado a surgir dudas, pero éstas se disipan cuando veo el carro de mi vecino. No, no es que el carro me revuelva las hormonas, pero el saberlo ahí en su casa (al vecino, no al carro) sí que me trastorna. Resulta que hace unas semanas venía yo de mi terapia semanal sobre el hombro de mi cuate Kristian, caminando por el Boulevard Arago, ese donde está la lavandería de los clochardos. Venía yo caminando cuando de repente ¡zaz! Un mancito divino (bueno, en realidad no sé si será un adefesio, dado que me he dado cuenta últimamente de que estoy más ciega que un topo) cruza con su carro rojo por el frente mío y me queda mirando maravillado (no sé si me miraba a mí, pero prefiero creer que sí). Pasó el hombre y sentí que el corazón se me salía del pecho dopado por la progesterona. Yo tenía que doblar por la calle siguiente, cosa que hice, agarrando con fuerza una cadenita que llevaba en el cuello. No sé por qué tomé una calle por la que paso algunas veces, impulsada por la fuerza del absurdo (¿el ángel guardián que me empujó?). Y ahí estaba el mancito estacionándose. Yo me puse como un tomate (no es que me haya visto, pero sentía cómo me ardía la cara) y me metí en un parque que hay ahí al lado. Sin saber qué hacer, me acordé que andaba con mi cámara de fotos, así que me puse a fotografiar las flores como una ridícula, porque estaban casi todas marchitas. El hombre se paró enfrente de su edificio, y me estuvo observando como un minuto, hasta que desapareció detrás de la puerta. Yo me pasé la hora siguiente haciendo fotos y poniendo cara de circunstancia, pero el hombre se quedó enclaustrado, el muy cobarde. Desde entonces paso todos los días por su calle y el corazón me da brincos cada vez que veo su coche. Patetiquísima.


Esperando a que suceda lo improbable, el jueves se me iluminó la ampolleta y pensé en la brillante idea de dedicarme a la vida contemplativa. Ese día, leyendo el periódico me enteré de que había un mercado al aire libre organizado por el Partido Comunista, donde vendían frutas y verduras al costo, en la Plaza de la Bastilla (todo muy revolucionario). Me fui para allá en la bicicleta y cuando llegué no quedaba prácticamente nada. Como las peras no me gustan, decidí comprar ciruelas y tomates. Lo que no sabía es que iba a tener que comprar cantidades astronómicas porque no vendían sino de a cinco kilos, así que la vuelta a casa en bici fue una verdadera Odisea. Cuando llegué y me dediqué a poner algo de orden, los tomates desbordaban del refrigerador, que es minúsculo, y las ciruelas simplemente no cabían. “¿Qué hacer?” me dije parafraseando a Lenin, y decidí transformar las ciruelas en mermelada. Me fui al súper a comprar azúcar, corté las toneladas de ciruelas, las puse a macerar, y por la tarde me dediqué a la ardua tarea de transformarlas en confitura. El resultado fue una mezcla dudosa y de incomible dulzor. Desalentada por tan horrendo resultado, opté por ir a comprar más fruta, así como frascos de vidrio para guardar el menjunje. Desafortunadamente el supermercado no es comunista y el kilo de ciruelas costaba una fortuna.


Pa’ más remate, no había frascos por ninguna parte. Terminé comprando ciruelas congeladas, después de un periplo de más de una hora porque no había por ningún lado, y unos frascos que me costaron un ojo a la cara. Volví pues a mis quehaceres, y cuando por fin logré encontrar el punto deseado, vertí con cuidado la mezcla hirviendo en el receptáculo final. Antes había tenido que llamar a mi madre porque no entendía cómo se les ponía el bendito caucho anaranjado a los frascos esos. Una vez terminada la faena, di vuelta la mermelada que dizque para que se creara un efecto de “vacío”. Claro que hubo vacío: el del frasco, porque el contenido empezó a escurrirse por los costados. Horrorizada, abrí la tapa y lo que quedaba aún dentro salió disparado en una explosión, embadurnándonos a mí y al cabinet massage (léase paredes, cama, tapetes…) de humeante (¿y humectante?) mermelada de ciruelas.


Yo pensaba en lo de la vida contemplativa por aquello de que las monjas hacen mermelada, pero creo que voy a tener que desechar la idea.

Bueno, no los aburro más.

PS: ¡Ah! Se me iba olvidando… el 10 de mayo se casaron Pao y Jean-Phi. Fue una ceremonia lo más de linda y emocionante. El día estaba soleado, al igual que los corazones. El festejo duró todo el día y cuando ya quedábamos unos pocos invitados, la novia decidió que había llegado el momento de tirar el ramo. Y sucedió algo inusitado… mágico. ¡Lo agarré! Mi felicidad fue máxima… Sólo que debo confesarles algo: las solteronas éramos cinco, de las cuales yo era la más vieja, la más alta… y la única sobria. La contienda fue pues desigual. Pero como dice el dicho “en la guerra y en el amor, todo se vale”. La novia quería guardar el ramo como recuerdo, así que se lo devolví. Snif.

Creative Commons License
Cette création est mise à disposition sous un contrat Creative Commons.

1 commentaire:

Carlo Myco a dit…

PArece que el 2008 fue una larga prueba de supervivencia.
Lo mas pequeño el poroto en la pechuga.
Escapar de Stéphane, sobreponerte a las tendencias lesbicas, soportar la adolescencia tardia y sibretodo sobrevivir a la explosion de mermelada, no podian tener otro premio que un ramo de novia!

De conocerte en aquella epoca, no apostaria un chelin a que llegabas a 2009.

Pero estas aqui en 2010, con tu ale-mancito.

Me encanto tu cuento y desilucion del 1 de mayo, unos dioses tus papis, mira que somos pelotudos cuando somos chicos. Algun dia te contare mi historia de la cigarra.