mardi 17 février 2009

Bronquitis


Llevo una semana en cama con una bronquitis-sinusitis y otras itis complicadas, yo que pensaba que me había salvado de esas horrorosidades espantosas que me dan cada invierno, al haber pasado varios meses por latitudes chilensis, asándome a 35º C todos los días.

Regresé a mi cabinet massage el 11 de enero, vía Madrid. Allí había nevado dos días antes y me puse contenta, a pesar de las chorrocientas horas de espera que tenía que estar en el aeropuerto, pensando en que la vista de los Pirineos iba a ser hermosa, por la blanca nieve… Imaginé una Heidi españoleta, llamada Begoña o Belén, con su amiguito Paco y su perrito Boquerón bajando en trineo por el Pirineo. Me senté en una ventana y sí, todo precioso. Francia también estaba cubierta por un manto blanco, y en un momento llegué a pensar que el piloto nos había metido en un avión supersónico disfrazado de Airbus A 320, nos había llevado a Siberia, y nos iba a dejar por ahí tirados en algún gulag convertido ahora en Spa para turistas pobres (Vodka all inclusive).

Desde que llegué, y hasta que me enfermé, anduve de lo más juiciosa: todos los días iba a la biblioteca del Museo de Historia Natural a trabajar sobre mi tesina, esperando secretamente que algún científico loco se fijara en mí. Desafortunadamente la biblioteca está llena de manes, pero de jubilados, que yo no sé qué diablos hacen ahí. Cuando estudiaba Historia me pasaba lo mismo, pero es que entonces podía entenderlo: los viejitos andaban buscando información acerca de sus ancestros, la típica investigación genealógica que tanto apasiona a algunos, sobre todo cuando les queda poco tiempo. Pero en la biblioteca de Historia Natural, a menos que crean que descienden directamente de alguno de los fósiles de trilobitas que ahí se exhiben, pues no me lo explico.

Entre tanto apareció Stéphane, el hermoso demente. Que por ahí tiene una novia, pero que no pasa nada, y entonces me tiene de oreja (le escucho todos sus dramas y problemas), vamos al cine, nos reímos, y ya. Parece que ya no come maní, al menos no en mi presencia. Yo lo miro, suspiro, y ya.

La semana pasada, y justo cuando las vitrinas empezaban a poblarse de los corazoncitos esos del 14 de febrero, me enfermé. Tiene que haber sido que con el aumento de las temperaturas (no se emocionen, pasaron de menos 5 a más 2), los bichos esos que quedan congelados a la espera de mejores tiempos, se despertaron con energía y decidieron atacar mi sistema inmunitario, que de inmune tiene poco. Me dio fiebre, asma, tos de perro, y gracias a Dios estoy en cama desde entonces, con lo que el día de los enamorados no tuve que aguantarme el espectáculo anual de ver a todo el mundo feliz mientras yo me las apaño con el guatero. El problema es que los bicharracos eran no sólo verracos sino también bellacos, y me dieron tal golpetazo que terminé necesitando oxígeno porque de respiración, pues poco.

El oxígeno me lo trajeron a domicilio. Es como cuando pides una pizza, pero en vez de una Margarita con extra de queso y masa delgada te traen un obús que apenas cabe en la habitación con un par de mascarillas: una que se mete directamente en la nariz y otra que te cubre la mitad de la cara, para que puedas elegir. El señor que me lo trajo, y que era igualito a Mister Magoo (tan poco ve el pobre que tiene dos pares de gafas, y los usa al mismo tiempo) me dejó además dos botellitas más, con un carrito como esos de la compra, pa’ poder salir a pasear con ellas por las calles. Hasta el momento no me he atrevido a hacerlo, pero el día en que lo haga, les pondré un cartelito de esos como los que llevan los perritos guías de ciegos: “no me toque, por favor, estoy trabajando”.

Muy patético todo, como siempre. Bueno, no los aburro más. Me voy a tomar los antibióticos, cof cof cof.


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1 commentaire:

Carlo Myco a dit…

y yo que pense que 2008 se habia llevado todas tus desgracias...