mercredi 20 mai 2009

De ovejas y Princesas



Gus, el mejor amigo de infancia de Rami, tuvo la delicadeza de pensar en mí el día en que nació mi hermano Lucho. Traía en sus brazos una ovejita blanca como la nieve y me la tendió con dulzura, diciéndome que sería una hermosa compañía. Inmediatamente la bauticé “Pepa”, y desde entonces somos inseparables.

La Pepa es una oveja particular: mide escasos 20 centímetros y pesa unos trescientos gramos. No bala, no come y por tanto, no caga bolitas. Cabe en todas partes, se acomoda a todos los espacios, sirve de almohada o cojín (según cuales sean las preferencias del usuario), y hasta hace las veces de pañuelo.

La primera vez que crucé el charco tenía 9 años y mi mamá quedó de cuidar a la Pepa durante mi ausencia. Cuando regresé de mi larga travesía (3 semanas que me parecieron un siglo) encontré a la Pepa hedionda a lana y a humo, sin cola y con un agujero de contornos chamuscados en el costado derecho*. A pesar de mi corta edad, y aunque en aquella época Guantánamo todavía no existía, supuse que la Pepa había sido sometida a torturas espantosas. Y no me equivoqué. Mi progenitora, considerando que la oveja tenía ya 6 años, y que además había sido depositaria de la mayor parte de mis lágrimas y otros efluvios (especialmente nasales), había decidido darle a la Pepa su primer baño. Desafortunadamente, mi madre no se percató de que durante la faena la Pepa había extraviado su cola, y al ver que la oveja no secaba (de ahí el olorcito), no encontró nada mejor que ponerla al lado de la chimenea (dada la amplitud de la catástrofe, yo creo que la puso sobre las brasas). Al borde del colapso, consolé a la Pepa como pude, y le juré que nunca nadie la volvería a bañar. Han pasado 25 años y la Pepa ha dejado de ser blanca inmaculada para convertirse en una paleta de tonos grisáceos. La promesa, sin embargo, sigue intacta (hoy en día la pobre Pepa debe ser un nido de ácaros, pero eso no importa).

Pocos meses después del baño, la Pepa hizo su debut en una pieza teatral: sin cola y chamuscada, apareció en escena haciendo de cabra en la obra “La cabra de Nubia”. Pese a su pequeña altura, la actuación fue aplaudida ferozmente por un público infantil más que entusiasta.

Algunos años más tarde, Rami se estaba lustrando los zapatos cuando entré en su habitación para preguntarle alguna cosa. El grito de espanto que pegué debe haberle destrozado los tímpanos. Mi progenitor estaba sacándole brillo a su calzado con la cola extraviada. Inmediatamente se la arrebaté de las manos y salí pegando alaridos por la casa. Luego de reponerse de su asombro, y tras haber recuperado la audición, Rami me preguntó que qué había hecho con el práctico trapito. Tras pasar por innumerables baños de cloro y detergente (el betún era de muy buena calidad), mi mamá devolvió la cola al lugar del cual nunca debió haber salido, cosiéndola con hilo resistente. Durante mucho tiempo la Pepa fue de dos colores, gris y blanca, pero con el paso de los años la cola se integró perfectamente al paisaje. Mi madre aprovechó además para zurcir el agujero chamuscado y repararle una oreja a la Pepa, cosa de evitar cualquier posibilidad de que terminase entre las garras, perdón, los betunes de Rami. Desde entonces la Pepa quedó con “la oreja parada”, lo que debe resultarle bastante práctico cuando tiene que escuchar mis endechas.

Aunque la Pepa no me acompaña cada vez que viajo, sí lo hace cuando cambio de país de residencia. El último trayecto fue en septiembre de 2005, entre Madrid y París. Al pasar por el detector de rayos X, el controlador me pidió que abriera mi equipaje de mano, pues había detectado un objeto extraño. Cuál no sería su sorpresa cuando vio emerger del interior de mi mochila una bolita de lana con dos ojos de plástico.
“¿Qué es eso?”, me preguntó poniendo cara de espanto.
“La Pepa”, le respondí sonriendo. Le expliqué que en vez de un osito, a mí me habían regalado una oveja cuando había nacido mi primer hermano, y que se trataba de una reliquia de 27 años. Varios de los controladores se acercaron a admirarla, y no faltó el que contó que su oso de peluche había terminado en la basura, y que acordarse de ello le causaba una gran tristeza. Me desearon buen viaje y una larga vida a la Pepa.

Poco tiempo después leí “La Princesa Primavera” de César Aira. Desde la primera página me sentí completamente identificada con el personaje principal: una princesa traductora, soltera y bebedora de té (a pesar de que la princesa del libro tiene el cabello rubio, y yo castaño). Sin embargo, cuando apareció la oveja en la historia, me convencí de que Aira había escrito el libro para mí, aunque no me conociese.

Mi mundo extraño es
Aunque no esté al revés.
Y pese a ser de otro sueño,
En mi reino el lobito bueno
Por la Pepa será bienvenido
Pues ella cordero no ha sido...**

*Acabo de recordar un cuento que leía cuando era pequeña llamado “El becerrete pajoso de costado resinoso”. Hacía parte de una colección de cuentos rusos de la Editorial Progreso de Moscú, y que mis papás me compraban por montones durante la Feria del Libro de Bogotá. Eran unos cuentos maravillosos, deliciosamente ilustrados, y muchas veces escritos en verso.

** Ver el poema de José Agustín Goytisolo (que canta Paco Ibáñez).





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dimanche 17 mai 2009

El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos*


Desde la bronquitis que no me reporto, y no es porque me haya contagiado de gripe aviar, porcina o ratona, sino porque no ha sucedido gran cosa, salvo que la edad de Cristo quedó atrás… qué deprimente.

Estoy en plena reflexión acerca del tiempo que pasa desde hace unas semanas, cuando fui a bailar con unos amigos a un lugar latino. Llegamos, había poca gente, nos sentamos, comimos, y bailamos ahí un par de salsitas. De repente, los altoparlantes empezaron a emitir una canción de reggaetón, así que no nos quedó más remedio que sentarnos dizque a conversar. Mientras ese ruido horrendo, que algunos desubicados llaman música, nos destrozaba los tímpanos, la pista de baile se llenó de veinteañeros pospúberes, que se meneaban y se zangoloteaban unos a otros. Una hora después el ruidajo nos hizo huir, y deprimidos caminando bajo la lluvia, nos dimos cuenta de que estamos viejos. Yo que nunca fui muy de discoteca cuando tenía edad para ello, ahora quedé totalmente out.

Pocos días después volví a enfrentarme a las bromas de Saturno. Estaba en el parque paseando con mi mamá, quien había atravesado el charco con Rami, cuando vimos a una pareja de preadolescentes peleando en silencio: sus miradas lo decían todo. Ella lo estaba dejando y él le suplicaba con sus ojazos verdes que no lo hiciera. La niña se fue, y el niño se quedó ahí, reteniendo las lágrimas. Yo me acerqué, le dije que no se preocupara, que todos habíamos pasado por lo mismo. Se echó a llorar, lo consolé como pude, y al final me dijo “gracias MADAME”… ¡dios mío de mi vida! Sentí cómo, en una décima de segundo, el cabello se me cubría de canas y el rostro de arrugas, y me fui de allí con la cabeza gacha buscando si había por ahí alguna ramita que pudiese hacer las veces de bastón.

Pa’ peor, mis problemas amorosos no me dan tregua. Stéphane, el hermoso demente, va a ser padre. Sí, así como lo oyen. La novia con la que supuestamente no pasaba nada (y pues, pasó). Yo que pensaba que eso de agarrarse a un mancito poniéndose “en estado” era una especialidad de por allá de nosotros, tuve que rendirme a la evidencia de que la vaina es universal. Así que el hombre me llama de cuando en cuando para contarme sus penas, insinuándome a su paso que si quiero, puede regalarme a mí también una semillita para que poblemos el mundo de niños divinos. Aunque la oferta es tentadora, especialmente porque la entrega se haría por los medios habituales, la he rechazado por poco romántica.

Esto de la soltería no deja de complicarse. Un día en que me dirigía al domicilio de unos amigos, un poli me andaba echando miraditas coquetas. Yo que soy miope, no me di ni por enterada y la que reportó el acontecimiento fue mi amiga Maripol, que viajaba conmigo en el tren y que fue testigo directo del suceso. Lo bueno de la miopía es que la nebulosa a través de la cual veo el mundo requiere de un gran trabajo de imaginación, y no hay nada más agradable que imaginar que cada mancito que pasa por mi campo de visión es un Adonis. Pa’ completarla, un técnico de la compañía de electricidad que vino al apartamento de mis papás a cambiar el contador, confundió la Coca-Cola que le serví como refrigerio, con una invitación para refrigerar sus pasiones. Apenas se fue del apartamento me mandó un mensajito a ver si quería salir con él (sms plagado de errores horrográficos, así que descifrándolo sufrí como si me estuvieran tirando los pelitos de la sien). Fue el mismo día de la deprimente salida a bailar, así que imagínense el estado en el cual llegué al cabinet massage.

Para rematarla, hace unas semanas adivinen quién apareció… El profesor chiflado que hace dos años me metió la lengua hasta el cogote, ¿lo recuerdan? Me mandó un mail que decía algo así como “aquí reportándome después de tanto tiempo. ¿Nos vemos?”. Lo deletié después de leerlo… sí, ya sé, pero es que me dio mucha curiosidad saber qué me había escrito el deschavetado ese.

El que se muere de la risa con todo esto es mi amigo Nico, que no deja de insistirme en que a mí lo que me van son los funcionarios…

Como si todo lo anterior no fuese suficiente, el martes de la semana pasada regresaba yo a medianoche después de haber estado con mis papás cuando, justo frente a la lavandería de los clochardos, tropecé con un escalón (que no vi por aquello de la miopía agravada). El resultado: un moretón estratosférico en el brazo y el codo como berenjena. El doctor y el radiólogo que me vieron estaban convencidos de que me lo había roto, pero no. Me salvé de pasar el verano (¿cuál?) enyesada hasta el cogote y sin perro que me ladre.

Como Rami y mi mamá ya cruzaron nuevamente el charco para regresar a casa, me pasé la semana bajando cosas desde su apartamento a la bodega. Ayer estaba abocada a la faena cuando me encontré con un vecino. Mientras charlábamos animadamente pasó otro que me preguntó “¿es usted la nueva conserje?”. Yo no sé qué cara puse, y le respondí “no, mesié. Soy simplemente una vecina llevando cosas a la bodega. Las apariencias engañan”. El tipo se puso colorado y balbuceó “uy perdón. Ehhh, pues sepa que no hay trabajo indigno”. Le dije “lo sé, no se preocupe. Pero harto fea debe haberme encontrado, oiga”. Un par de horas después me lo volví a cruzar y se volvió a poner como un tomate. Pobre man. Lo que más me dio risa del cuento, es que hace un par de años me regalaron un libro, en el cual el personaje principal es una conserje que se llama como yo, jajajajjajajajjajaa.

Bueno, no los aburro más.

* Pablo Milanés, "Años"


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