El jueves a mediodía iba a cumplir con mi deber de militante (cada semana presto asistencia jurídica a estudiantes extranjeros), y tomé una bicicleta en la estación Velib' del Boulevard Arago (ese que hace delirar a los turistas), la más cercana al “cabinet massage”. Al inspeccionar la bici, -cosa que hay que hacer sistemáticamente porque no faltan las que tienen las ruedas pinchadas, el sillín roto, y otras calamidades-, me percaté que alguien había olvidado una libreta en la canastilla, cuya cobertura rezaba “Universidad Nacional de Locombia”. Me dije que debía pertenecer a algún compatriota olvidadizo. La ojeé rápidamente y de ella emanaban dos tipos de escritura: una femenina, un tanto infantil, en español, y otra que claramente había sido hecha por un varón, en francés. La primera era un conjunto de letras y frases elementales del idioma de Voltaire, como si se tratara de un curso de lengua para principiantes, en tanto la segunda parecía un bloc de notas. Sin querer ahondar en la intimidad de su(s) propietario(s), me fijé en si había algún número de teléfono o dirección de correo electrónico para encontrarlo(s), y sí, los había. Dejé pues la cosa para más adelante, pues apremiaba llegar a mi cita semanal.
Como soy bastante tímida, aunque cueste creerlo, una vez terminada mi faena revolucionaria dejé para otro momento el asunto de las llamadas a los distintos teléfonos, porque me producía un poco de terror la idea de tener que explicar que había encontrado una libreta en una bicicleta, y que al otro extremo del auricular me tomaran por loca.
Al lado de la lavandería de los clochardos hay una peluquería y decidí que era hora de cortarme la trenza de Rapunzel (o Rapónchigo), porque eso de que mi futuro príncipe tuviera que escalar los cuatro pisos desde la calle hasta el cabinet massage agarrado a mi pelo, me daba migraña y dolor de cuello de tan sólo pensarlo. La trenza quedó reducida a la nada misma y desde entonces mi preocupación consiste en encontrarles un uso útil a las toneladas de “bálsamo suavizante para un cabello largo, sedoso y sin nudos” que tengo almacenadas en el mueblecito del baño.
El viernes por la tarde, después de convencerme de que tenía que dejar de lado la timidez, dado que la libretita reclamaba ser devuelta a su dueño, llamé a los dos primeros teléfonos que vi anotados y en uno de ellos me contestó una chica de voz amable. Me indicó que la libreta pertenecía a su cuñado, me dio un teléfono en el cual podría ubicarlo, y de paso me confirmó que se trataba de un compatriota. Lo llamé, me contestó emocionado y quedamos de vernos ayer sábado para que pudiese devolverle su tesoro. Se trataba de un profesor de
Foto de una estación Velib' encontrada en
http://www.my-trip.fr/wp-content/uploads/2010/07/velib_decaux.jpg
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