Buenos Aires no era nuestro destino original, pero fue nuestro destino final una noche de diciembre de 1980. Llegamos con Rami al aeropuerto después de un largo viaje, caímos exhaustos en la cama, y al día siguiente fuimos a pasear por la ciudad. Yo estaba impresionada por la altura de los edificios. Recuerdo que la primera cosa que me llamó la atención fue una bandera argentina que flameaba sobre una cornisa: tenía un solecito en la mitad y hasta vi que me sonreía. Comimos un "sangúche", mi papá tomó un jugo de "pomelo" y yo uno de "ananás", todas palabras que me eran desconocidas. Después de caminar un rato, descubrimos una plaza con juegos para niños. Me subí al columpio y mi papá empezó a empujarme, y yo volaba y volaba sobre los cielos de Buenos Aires. No sé si fue ese mismo día, o el siguiente, -pues durante toda la semana fuimos a esa plaza y nos comíamos un helado, y yo me subía al columpio y le pedía a mi papá que me empujara-, llegó un niño que sabía columpiarse solo. Empezamos a columpiarnos lado a lado y él me enseñó que tenía que estirar las piernas hacia adelante y encogerlas hacia atrás, y balancear mi torso en armonía. Al principio me costó, pero mi papá y este amiguito bonaerense no dejaban de alentarme... Y el milagro ocurrió: empecé a columpiarme sola, y volví a surcar los cielos de Buenos Aires, esta vez con mis propias alas.
Foto tomada por mi padre en diciembre de 1980, en Buenos Aires.
Hace un par de domingos iba a tomar tecito auténticamente british a las 5 pm (Greenwich time, of course) donde una amiga traductora, cuando al bajar del bus me topé de frente con el clochardo del que alguna vez les hablé, ese que es igualito al abuelito de Heidi y que ronda por el Jardín del Luxemburgo. Algunas semanas antes lo había visto remontando el Boulevard Saint-Michel, y la emoción que me produjo el saber que todavía hacía parte de mi vida parisina, hizo que mi corazón pegase un brinco. El domingo del té inglés salté del bus para aterrizar justo frente a sus hermosos ojos grises. Me miró sin verme, me soltó un: “no vale la pena ir para allá”, y se fue a escarbar el basurero más cercano, como es su costumbre. Lo observé un momento sin atreverme a cruzar el boulevard, ya que por primera vez, y casi diez años después de nuestro primer encuentro, andaba con algo de comer en el bolso (unos pastelitos para acompañar el té). Me acerqué a él y le tendí un caracol de almendras. Como lo había hecho aquella vez en que el joven quiso darle su sándwich, rechazó mi ofrecimiento, y tal como aquel chico ocurrente hiciera con su emparedado, le dejé el pastelito en la basura. Me alejé y se acercó al basurero, sacó el caracolito, lo olió, y sigiloso desapareció de mi vista, perdiéndose entre los recovecos del Barrio Latino…
Como sucede desde que llegué a este lugar, con excepción de la canícula asesina famosa de 2003, de este lado del charco sabemos que es verano porque así lo indica el calendario. Aparte de unos cuantos días de sol por aquí y por allá, el clima ha estado espantoso. Pero bueno, cuando llueve todo el mundo anda echando pestes, pero cuando hace calor es peor: París deja de ser el paraíso y se convierte en un infierno, donde sientes cómo las gotas de sudor empapan tu tercera muda de ropa del día, y donde tomar el metro se convierte en una verdadera odisea olfativa, dado que el más apuesto Ulises y la más bella Helena, hieden.
La tesina está atrapada entre las redes de la desidia, que es un bicho muy muy malo y muy contagioso. Los marisquitos enlatados que me trajeron mis papás para que sean engullidos durante la sustentación, me hacen señas cada vez que los miro de soslayo, pero yo no los pesco.
Por ahí ando haciendo unas traducciones, pero se trata de trabajo voluntario, de ese que nutre el alma y nada más. Esto de no poder encontrar un trabajo bien remunerado, que me permita ser independiente y todo lo demás (como diría mi sabia madre), debiera ponerme los pelos de punta, pero como ahora los tengo cortos, me basta con levantarme en la mañana para parecerme al Pájaro Loco.
Hablando de pájaros, mi vecino del otro lado de la calle tiene una especie de lorito que canta todo el día, y con el cual mantengo conversaciones de lo más animadas. Ahí lo escucho que anda cantando a horas tan matinales (son las siete y media de la madrugada). Él canta, yo le silbo, y así nos la llevamos durante varios minutos al día. Sólo tengo que acercarme a la ventana para tomar clases de canto a domicilio. Lo mejor es que la mayor parte de las veces se nos unen algunos de sus cuates plumíferos, y damos feroz concierto callejero.
Hace un par de días leí un artículo acerca de la inteligencia de los cuervos (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/inteligencia/cuervos/elpepusoc/20090806elpepusoc_13/Tes). Estos animales, y sus parientas, las cornejas, llamaron mi atención desde la primera vez que los vi en el cementerio de Múnich. Era un día helado de enero y su graznido me hizo levantar la vista hacia los árboles pelados. Al escucharlos, y luego verlos, recordé con un dejo de espanto uno de mis traumas de infancia en Locombia llamado “Los cuervos”. No sé exactamente qué pasaba en esa telebobela, porque mis papás me tenían prohibido mirar la tele, pero una noche en que no estaban en casa, mis hermanos y yo nos metimos en su cama y nos vimos un capítulo, del cual sólo recuerdo la espeluznante escena final: Teresa Gutiérrez, que supongo hacía de mala, quedaba fijada en un plano que mostraba tres cuartos de su rostro y tenía la boca medio abierta. No tengo idea de cuál era la música, pero empezaba con unos graznidos, y ese rostro se quedó ahí fijado durante el tiempo que duraron los créditos. Mis hermanos y yo quedamos traumatizados.
Desde aquel recuerdo muniqués han pasado quince años, y cuervos y cornejas se han vuelto parte de mi paisaje cotidiano. Cuando leí el artículo en cuestión, recordé a un cuervo-corneja (nunca sé cuál es cuál) que me detuve a admirar una vez que paseaba por el Jardín del Luxemburgo. Alguien había abandonado en el pasto una caja de McDonald’s (en vez de tirarla a la basura), y el cuervo se le acercó con curiosidad, la husmeó y trató de ver si estaba abierta. Pero no lo estaba. Entonces se puso a dar brinquitos sobre la tapa, sin éxito. Se bajó, y se fue a buscar un palito con el cual empezó a trajinar la cajita, hasta que ¡Eureka!, descubrió que la tapa tenía una ranura. Metió el palito y ¡tatán! El cofre se abrió desvelando su tesoro: un inmenso pedazo de pan y una rodaja de tomate transgénico. Los cinco espectadores que lo habíamos estado observando, lo aplaudimos fervorosamente.
Después de recordar ese momento mágico, me puse a buscar un poco más de información, y encontré esta maravillosa noticia. http://www.youtube.com/watch?v=BGPGknpq3e0&feature=fvw Así que eso de "cría cuervos y te sacarán los ojos" me parece un soberano insulto hacia estas inteligentes bestias aladas.
Y aunque Michael Jackson nunca fue de mi agrado, para terminar con mis amigas las aves (y como homenaje al niño de los Jackson Five que veía en dibujos animados), aquí les mando este moonwalk inmortalizado por un amigo plumífero llamado Manakin (se apellida Skywalker) http://www.youtube.com/watch?v=SXCQdrYixR4
Hace dos semanas desembarcó de Locombia el compadre Edgar, a quien no veía desde enero. A pesar del largo viaje y del cambio de horario, sacó energías para ir a bailar al borde del Sena, donde diariamente los parisinos que se han quedado en la ciudad y los visitantes estivales, se menean al ritmo del tango, de la salsa, y de otros aires extranjeros.
El sábado de la semana pasada habíamos quedado de ir en la noche a bailotear otro poco, y como el día estaba oscuro y amenazaba con lluvia, me quedé enclaustrada en el cabinet massage. Unas semanas antes había empezado a leer “A sangre fría” de Capote, pero no había logrado pasar de las primeras páginas, por lo que ese sábado me propuse hacerlo como tarea. Volví a la primera página, y no me detuve hasta que me tocó ponerme los zapatos de danza. El domingo no tuve tiempo de leer nada porque no estuve en casa, pero el lunes, gracias a la lluvia, terminé de devorar las 500 páginas. Quedé absolutamente fascinada, horrorizada, impresionada: el estilo simple, neutro. El autor que desaparece para dejarle la palabra a los protagonistas y sus actos. El lector que queda solo frente al horror y la incomprensión; solo frente a sus prejuicios, sus miedos y su miseria humana.
Pasé la semana deprimida, reflexionando acerca de la frágil frontera entre locura y normalidad, acerca de la delicada capa que separa violencia de tolerancia, de la profundidad de los lazos que creamos, de lo corta que es la vida, y del largo camino que se requiere para aceptar, perdonar y amar profundamente a quienes nos han herido, traicionado, e incluso asesinado, aunque sea simbólicamente, una parte de nosotros. Estuve sumida en un estado de letargo, de inacción y de vacío, donde reinaban silencio, inmovilismo e incluso tristeza.
Pero ayer la tía Lea tuvo la maravillosa idea de invitarme a Versalles. Es una amiga-tía psicóloga que trabaja en un centro de acogida para psicóticos y solicitantes de asilo, y me propuso ir a visitar el castillo y ver los fuegos artificiales, acompañadas por un par de enfermos del centro, un colega psicólogo y dos refugiados políticos.Mientras esperaba el metro para encontrarme con ellos, observé a una chica en el andén que parecía triste. Subimos al vagón y se sentó casi al frente mío: se tapaba la cara con su largo cabello, y las lágrimas que sus dedos no lograban detener, iban a morir sobre su pantalón. Todo el mundo la miraba de reojo, y a mí el corazón se me encogió. Supongo que cuando una ha estado triste en su vida, sabe lo difícil que es retener la pena en público. Hace como un año había asistido a la misma escena, con otra mujer (un poco más mayor que la de ayer) un día en que regresaba a casa desde la escuela. Y ayer, como aquella vez, sólo atiné a entregarle mi paquete de pañuelos y decirle que no se preocupara, que sólo era un mal trago y que todo terminaba pasando. Recordé a Martín, el niño de hace un tiempo, y me conmovió que esas personas, sin saberlo, hubieran compartido sus penas conmigo. Porque cuando en mi vida sentí que mi mundo se derrumbaba, me crucé en el camino con personas y seres que encendieron una estrella de esperanza, alumbrando el túnel de mi pena. Y aunque la tristeza quedó atrás, las estrellas que sembraron un día siguen brillando.
Un cuarto de siglo atrás había sido la primera y última vez que había visitado los aposentos de Luis XIV, y volver allí trajo a mi mente sensaciones, objetos e impresiones de mi infancia. El estar acompañada durante ese regreso al pasado de hombres-niños enfermos mentales fue una experiencia sanadora, una reconciliación con mi propia neura, con mis miedos profundos y el miedo a los otros, con la timidez, la inseguridad, el temor al rechazo, la reivindicación de la individualidad, de la originalidad y de la rareza, el amor y sus distintas formas y expresiones, la ternura, el dolor, la locura, la tristeza y la alegría. El compartir por un instante una verdad distinta, ver el mundo a través de los ojos de quien percibe la realidad de un modo único y dispar, fue un momento de plenitud indescriptible.
Y para terminar con la nota pateticómica del día, he aquí lo último de mis desventuras amorosas.
Hace poco menos de un mes anduvieron por aquí unos cuates uruguayo-mexicanos. Fuimos un par de veces a comer al mismo restaurante, donde el mesero era un guapo para chuparse los dedos. Yo tenía la ligera sospecha de que el hombre era del otro equipo, pero según mis cuates, yo pensaba eso para no tener que enfrentar mi timidez legendaria. Para hacerme y hacerlo reaccionar, estos locos decidieron dejarle mi número de teléfono. El hombre era gay (o me encontró horrible, pero prefiero seguir pensando que, al igual que a mí, le gustan los mancitos).
Stéphane el hermoso demente próximamente padre ha quedado atrapado en las redes de la futura madre, y a pesar de que me ha pedido auxilio jurándome amor eterno, lo he dejado dar patadas de ahogado porque ese hombre “murió para mí”. Snif, caput, RIP.
Debido a lo anterior, estoy a punto de volver a caer en las redes de la red, es decir, a punto de reinscribirme en el sitio Web del carnicerito amable, del profesor chiflado, del guatón llorón y del hermoso demente. Me doy cuenta de que a pesar de que allí nunca he encontrado al hombre de mi vida, se trata de una fuente inagotable de experiencias inconclusas, divertidas y dignas de ser contadas. El problema es que no tengo ni un peso, y la inscripción cuesta 150 euros por tres meses, y además de las aventuras prometidas me envían un reporte psicológico, del cual ya tengo dos ejemplares distintos (porque cada año que paso el test mi personalidad ha cambiado… no sé si pa’ mejor o pa’ pior). El viernes pasé nuevamente el test, que atestigua de mi nueva evolución involutiva (porque los resultados difieren bastante de los dos anteriores), y me han contactado unos cuantos muchachos que en este mes de agosto deben estar igual de botados, abandonados y deprimidos que esta Princesa, El problema es que no puedo leer sus mensajes porque pa’ leerlos hay que pagar los 150 benditos euros. Así que si conocen a algún mecenas que pueda apiadarse de mi alma solterona, o si tienen un chanchito-marranito-cochinito alcancía que estén dispuestos a sacrificar por esta noble causa, les estaré eternamente agradecida (voy a informarme acerca de las modalidades para emitir -ustedes- y recibir -yo- giros en línea e iniciar una campaña mundial de recolección de fondos).
Buen domingo a todos. Y a aquellos que no vamos a misa, pues “Que Dios nos pille confesados”. Amén.
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Las fotos e imágenes que aparecen en este blog son en su mayoría de mi autoría. Cuando no lo son, estimo conveniente citar de dónde provienen...