Hace poco más de un año que no escribo y si no lo he hecho, ha sido por mi dejadez habitual. Así de simple. Ganas no me han faltado, pero sí concretar, como siempre. En fin. Había quedado en mis intenciones de reinscribirme en el sitio Web aquel del carnicerito amable, del Profesor Chiflado, del guatón grandulón y del hermoso demente. Andaba yo en esos tiempos buscando financiamiento para poder pagar la inscripción y poner punto final a mi soltería especulativa, cuando me acordé que debajo del colchón tenía un sobrecito con euros recibidos durante diversos cumpleaños, navidades y otros eventos festivos. Afortunadamente esos euritos esperaban ser gastados, pues evitaron que tuviera que pedirle un préstamo a Lehman Brothers. Como ya había pasado la etapa previa del test psicolocológico, pagué la inscripción, completé mi perfil, elegí una foto decente y esperé a que me contactaran los mancitos.
Los susodichos no tardaron en hacerlo, como es habitual en esos casos, sobre todo porque estaban tan urgidos como yo. Con el primero tenía como 60% de compatibilidad y resultó ser más loco que una cabra (un loco reloco de verdad, o sea, de manicomio y chaleco de fuerza, pastillas de Chiquitolina mental y demases). Yo, que acababa de tener una experiencia cuasi-religiosa con la ida a Versalles acompañada del grupo de enfermos mentales y mi lectura de “A sangre fría”, estuve a punto de dejar a mi lado empático apiadarse de la demencia del compadre y terminar juntos en un loquero, jurándonos amor eterno de camilla a camilla, y brindando con tranquilizantes y psicotrópicos.
Estaba yo pues en medio de esta maraña mental cuando me contactó un mancito con el que tenía 85% de compatibilidad (en mis experiencias anteriores en el sitio, nunca había alcanzado tan alto porcentaje con nadie). Me llamó la atención su foto en la que parecía un asaltante de caminos del lejano oeste y su respuesta a la frase del perfil “las tres cosas que son importantes para mí: la sinceridad, el optimismo y el desarrollo sostenible, incluso en una relación”. Quedamos en ir a tomar desayuno en un café el día domingo y resultó ser un ale-mancito de lo más simpático y además zurdo. Aquí abro un paréntesis: desde que tengo como cinco años, los zurdos me causan fascinación, no sé por qué. La cosa es que a medida que fui creciendo, la cualidad de amante de los zurdos se amplió y me empezaron a gustar también los zurdos en política, es decir, las personas que se declaran de izquierdas. Cierro paréntesis. Lo bueno es que el ale-mancito era un zurdo de los dos. Pasamos todo aquel domingo de agosto charlando de lo más animados y quedamos de vernos nuevamente en la semana para ir a cenar.
Dos días después (es decir, el martes) me mandó un mail diciéndome que tenía muchas ganas de verme pero que estaba muy ocupado, y que sólo podía verme el viernes, porque el miércoles iba a jugar tenis, el jueves tenía un picnic y el fin de semana un matricidio en Normandía. Lo peor es que me dijo que me quería invitar a comer a un restaurante barato, pero supuestamente muy rico. Yo, que seré muy simpática pero también bien chúcara, terminé de leer el dichoso mensaje, me puse roja de ira y lo llamé para decirle que el viernes estaba o-cu-pa-dí-si-ma (obviamente, el plan era pasar la velada mirando el techo mordiéndome las uñas, hasta que me venciera el sueño) y que qué podía esperar yo de una eventual relación con un mancito que estaba tan ocupado en la vida y que pa' peor era amarrado. El pobre me habló con voz de cordero degollado, me pidió disculpas, me dijo que cuando una chica le gustaba se volvía torpe (yo le dije "sí, torpe del verbo torpe"), que lo del restaurante lo había puesto porque no quería que yo pensara que me iba a llevar a un restaurante lujoso, pero que era su restaurante favorito en París, que había pensado en llevarme ahí porque soy vegetariana, que se trataba de un restaurante hindú 100% vegetariano que le recordaba sus viajes a la India, y añadió que ese domingo había sentido un verdadero flechazo por mí, y que bueno, se había equivocado, pero que no me preocupara porque no volvería a molestarme.
Yo, que por primera vez en la vida tenía la certeza de gustarle a un mancito, en vez de ponerme feliz me puse odiosa. Conforme el ale-mancito hablaba yo iba sintiendo un placer horripilante al escucharlo sufrir al otro lado del auricular. Con decirles que hasta me di el gusto de decirle: "mira, yo no te voy a llamar nunca más, pero si tú quieres, puedes hacerlo". Argh, qué espanto. Lo peor del cuento era que no había pasado absolutamente nada entre nosotros y que yo ni siquiera estaba segura de que me gustara el hombre. Es decir, hice y dije todo eso por el puro placer de comportarme como nunca lo había hecho, pues nunca me había pasado de estar segura de gustarle a alguien y de poder darme el lujo de tratarlo mal. Ingrata pérfida, como canta Chava Flores. Colgué con una sensación de triunfo ("le di su merecido al maleducado ese") y me comí la galleta de la victoria. Al cabo de un rato me empecé a hacer preguntas ("¿me habré sobrepasado con él? ¿será que fui muy pesada?”), pero les di un puntapié mental y me acosté a dormir. Pasé el resto de la semana contándoles a mis consejeros espirituales (léase, amigos y amigas del alma) lo que había hecho y todos me dijeron que yo era una bruja horrible, que cómo se me ocurría tratarlo así, y otros regaños de diverso calibre. Me dijeron que ciertamente el hombre era un poco torpe (“bastante”, les dije yo), pero que se veía que tenía buen corazón. Yo empecé a sentirme culpable y el lunes siguiente es decir, una semana después del incidente telefónico, lo llamé. Cuando le dije que era yo, me contestó con un frío “AH”. Fue como si me hubiera dado una patada en la guata. Le dije que me disculpaba y me respondió: “No hay problema, Princesa. No te preocupes, que no pasa nada. Adiós". Y me colgó. ¡Me colgó! Yo me quedé de una pieza y pasé el resto de esa semana pasándome películas de terror (“lo que pudo haber sido, y no jué”), repasándome una y otra vez la jornada del domingo estival (me dí cuenta de que había sido genial, de otro modo no habría pasado el día entero a su lado), escribiéndole correos electrónicos que nunca le envié y otras ridiculeces que negaré haber hecho hasta que muera.
Entre tanto me dio una gastroenteritis horripilante que me hizo perder 3 kilos en una semana, y yo que de por sí soy un espárrago quedé como un fideo. Pensé en quemar mi último cartucho amoroso y le compré un libro del que le había hablado el domingo de nuestro encuentro (“Bella del Señor” de Albert Cohen), le puse un mensaje de texto en el móvil diciéndole que no me gustaba quedar enojada con nadie, que quería fumar la pipa virtual de la paz con él, que le tenía un libro y que me diera una dirección dónde mandárselo. Me llamó cinco minutos después para darme su dirección y de la hora que estuvimos al teléfono, hablamos diez minutos y nos callamos cincuenta. Los silencios incómodos los llenábamos con suspiros y con numerosos “pues sí, mmmh, ajá, mmmh, ah”, patetiquísimos. En un momento tocamos el tema del “incidente” y categórico me dijo que para él era absolutamente imposible pensar en tener una relación con alguien con quien las cosas habían empezado tan mal. Yo, que llevaba cuatro días anclada a la cama con dolor de estómago, no sé de dónde saqué fuerzas de flaqueza (¿del descaro que me caracteriza?) y le dije: “Ah, pues a mí me parece perfecto”. El ale-mancito se quedó mudo y yo seguí: "Pues claro, mira, viste lo peor de mí y ya sabes lo espantosa, mugrienta, pérfida y malévola que puedo llegar a ser cuando me enojo y yo sé cuán torpe puedes ser tú”. Por lo visto marqué el punto decisivo (“no contaba con mi astucia”) porque el hombre me dijo: "si quieres, podemos vernos mañana para que me entregues el libro”. Tuve que hacer un esfuerzo sobrenatural para disimular los efectos de la gastroenteritis en mi maltrecho cuerpo, llegué al café con el libro y casi me desmayo al verlo. El hombre acariciaba el borde de su copa de vino nerviosamente, me miraba con sus ojos aguamarina y se sonrojaba cada tanto. Yo intentaba en vano mantener la compostura, decir cosas interesantes y comportarme como una dama. Cuando salimos del café, la luna llena brillaba en el cielo, la Tour Eiffel centelleaba a lo lejos y los puentes iluminados indicaban el camino a casa. Imaginé llegar al cabinet massage acompañada, pero mis deseos no fueron órdenes. El ale-mancito se despidió de mí con un inocente beso en la mejilla, se subió a su Peugeot (una de esas típicas bicicletas parisinas que son una verdadera belleza) y desapareció de mi vista surcando las calles y evitando los autos. Yo me quedé plantada en medio del Pont Neuf con el corazón destrozado y maldiciendo mi mal genio que me había jugado tan chueco dos semanas antes.
No volví a tener noticias de él hasta dos semanas después. En un correo electrónico me decía que acababa de volver de vacaciones y que si quería, podíamos vernos el fin de semana siguiente para las "Jornadas del Patrimonio". Yo le respondí que claro, que cómo no, que yo encantada, y demases. Planifiqué durante toda la semana mi atuendo para el “día D” e incluso le propuse adelantar la cita para el viernes (el 18 de septiembre), cosa de celebrar juntos "el 18 chilensis". Lamentablemente esa noche estaba ocupado y yo, en vez de andar zapateando por las calles al son de “tiquitiquití”, me pasé la velada imaginando que el hombre había conocido a alguien durante las vacaciones, que tenía una cita con alguna rubia despampanante y tetona del sitio Web, y otras historias igual de deprimentes. El sábado ambos teníamos planes: a él le quedaba “imposible” verme y agradecí el tener que ir al cumpleaños dieciochero de la hija de unos amigos. Yo le había dicho que podía regresarme antes de la fiesta pero insistió en el "imposible". Tal como la noche anterior, pasé el día lamentándome e imaginándome horrores.
Habíamos quedado de vernos el domingo 20 a las 9.30 de la mañana frente al Archivo Nacional y durante los 20 minutos que duró el trayecto del bus imaginé que no se presentaría. Pensé que se le habría olvidado la cita tras haber pasado una noche de pasión entre los brazos (y otras zonas corporales) de la rubia despampanante. Pero ahí estaba, esperándome en la parada del autobús, muy puntual y perfumado. Pasamos el día visitando las maravillas de la Ciudad Luz y a eso de las 4 de la tarde, mientras tomábamos un jugo, me fijó con la mirada y me dijo muy serio: "Quiero explicarte por qué no pude verte ni el viernes ni ayer". Yo me quedé como el hielo del juguito, imagino que me puse lívida y le solté un "ah" casi inaudible. En efecto, temí lo peor. "Llegó la hora, Princesa, te va a confesar que conoció a la rubia de las tetas descomunales y las piernas abisales o a la morena de ojazos verdes y trasero perfecto, y te va a mandar a freír monos al África". Carraspeó varias veces, me miró con cara de circunstancia y me dijo: “La razón por la que no pude verte fue porque murió mi tía el viernes por la mañana y estoy muy afectado”. Me dieron ganas de patearlo. “Esto sí que es el colmo”, pensé para mis adentros. “El ale-mancito es tan cobarde que prefiere matar a la tía antes que confesarme que conoció a otra". Sentía ya que la ira empezaba a enceguecerme cuando vi que incipientes lágrimas empezaban a cubrir sus ojos marinos y me dije que tal vez por primera vez había caído sobre un hombre realmente sincero, sensible y un poco torpe, todo lo cual tenía un “charme” indiscutible.
A eso de las diez de la noche, hechizada por el encanto de aquel hombre tan particular y nuevo para mí, me pregunté cómo haría para despedirme, sobre todo porque ya llevábamos más de doce horas juntos y todavía no había pasado nada. Le dije que me acompañara a la parada del autobús, dejé pasar tres porque no quería subirme, empecé a temblar de frío, me abrazó, y cuando todo parecía llegar por fin a donde tenía que llegar le solté: "me estoy meando, tengo que ir al baño". La culpa era de los varios juguitos que nos habíamos tomado, del frío y de los nervios. Llevaba como tres horas aguantando las ganas, pero con el efusivo abrazo que me dio, éstas se transformaron en necesidad inminente. Lo tomé de la mano y me dirigí rauda y veloz al primer café que encontré abierto (les recuerdo que era domingo y que eran las diez de la noche), le pregunté al mesero dónde quedaba el baño, no esperé su respuesta, bajé corriendo las escaleras y pude por fin vaciarme. Cuando subí, el ale-mancito me había pedido un té y degustaba un vinito blanco. Después de decirme que era la chica más loca con la que había salido nunca, me pidió cortésmente si podía darme un beso. Vi que el café se llamaba "Le Musset", supuse que en honor a uno de mis poetas favoritos, le recité:
« Se voir le plus possible et s'aimer seulement,
Sans ruse et sans détours, sans honte ni mensonge,
Sans qu'un désir nous trompe, ou qu'un remords nous ronge,
Vivre à deux et donner son cœur à tout moment ;
Respecter sa pensée aussi loin qu'on y plonge,
Faire de son amour un jour au lieu d'un songe,
Et dans cette clarté respirer librement »*
y le dije que sí podía, pero que se lo daría yo…
Como dirían los franchutes « depuis ce soir-là, nous ne nous sommes plus quittés » y nuestras vidas han dado un vuelco total. Bajo su mirada atenta terminé la tesina y recibí las felicitaciones de los diferentes profes (los marisquitos fueron degustados, apreciados, engullidos y digeridos), oficializamos nuestra relación el 12 de agosto pasado firmando nuestro PACS (es como un matricidio pero en versión "Light"), y si todo sale bien, incluso es posible que el día menos pensado me aparezca por aquí contándoles que esperamos un par de retoños que hablarán el alemán con acento chilombiano.
¡Ah! Me olvidaba: el restaurante hindú es absolutamente exquisito…
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