Quisiera escribir los versos más tristes esta noche… pero no puedo. No puedo, primero porque un gran Pablo lo hizo antes que yo, infinitamente mejor. Además, la poesía nunca ha sido mi fuerte. Pero sobre todo, no puedo hacerlo porque no sería justo, a pesar de la tristeza profunda que desde hace dos días me embarga.El miércoles 13 fue uno de los días más tristes de mi vida. Al levantarme en la mañana, en París llovía, y mi corazón lloró cuando leí la triste noticia. Y no pude dejar de pensar en los versos de otro gran Pablo*, “Il pleure dans mon coeur comme il pleut sur la ville”.
Ese día, mi tío de la vida partió a pintar bajo otros cielos. Dejó tras de sí su cuerpo físico, cansado y maltrecho. Su ser inmaterial y verdadero se elevó hacia la eternidad, luminosa y etérea.
No dudo que allí Marta lo estaba esperando, y el reencuentro debe hacer sido extraordinario. Ahí seguramente volvió a verse con Luciano, con Blas, con Rafael... con tantos que partieron antes, que partieron tan pronto. ¡Qué envidia siento en estos momentos, pues el último abrazo que le dí fue hace casi diez años!
Pero ese, como los muchos abrazos que nos dimos, está cuidadosamente guardado en mi caja de la memoria. El lugar donde guardo tantos recuerdos, tantos, porque Gus fue, es y será por siempre el hombre a quien quise como a un padre… Su voz cálida y pausada, su mirada atenta, su sencillez, su bigote tupido, sus escalopas, su pedazo de baguette y la botella de Coca-Cola bajo el brazo, los paseos con los perros por el Bosque Izquierdo, el olor a pintura y los pinceles, las ballenas, la Plaza de Bolívar, las peras, las mujeres de Morales…
Pienso en él con una sonrisa, porque él sonreía a menudo. Y cuando no estaba sonriendo, era porque estaba observando el mundo con sus ojos dulces. Ese mundo que lo inspiró y que amó; ese mundo que también lo amaba. Y Gus amaba tanto la vida, que vivió para plasmarla en sus lienzos, por siempre.
Mi historia con Gus no tiene comienzo, porque empezó desde antes de mis comienzos, y para mí él siempre estuvo. Él fue quien me regaló a la Pepa, el día en que nació Lucho. Y la Pepa está aquí conmigo, a pesar de los años, como siempre ha estado desde ese día de diciembre. Y fue él quien me llevó a la “cazuela”, emperifollada y hambrienta.
Nunca olvidaré el día en que jugábamos en la Plazoleta a alguna cosa y se armó una de las eternas peleas. Y uno de los chicos me acusó ante él de haberle pegado, -una de mis especialidades, sobre todo el puñetazo en plena nariz-. Y Gus, en vez de regañarme como hubiera hecho cualquier otro papá, nos reunió en comité de emergencia y me autorizó delante de todos a dar “patadas, combos y puñetes”, porque yo era la única niña y con eso bastaba. Por supuesto, esa autorización incluía la prohibición tácita de devolverme el “cariño” y más de uno me miró con el profundo resentimiento del machito desautorizado. Hoy puedo decir, no sin sentir algo de vergüenza, que durante años hice uso y abuso del derecho acordado.
En abril del 86 pasó cerca de la Tierra el cometa Halley, y lo vivimos juntos, todos juntos, en Villa de Leyva. Era un viernes cuando Rami llegó con el carro nuevo, un Renault 18 camioneta donde sentíamos que volábamos. Partimos al caer la noche, en patota, para observar el cometa. Llegamos donde Mechas, cenamos y miramos hacia arriba con preocupación: densas nubes cubrían el cielo, y ni rastro de estrellas, ni astros, ni cometas. Fue entonces cuando Juan pidió una vela y dos cuchillos, los puso en medio del jardín, y nos aseguró que el ritual indígena que había aprendido no sé dónde ni de quién era absolutamente infalible. Nos dijo que fuéramos a acostarnos y nos aseguró que cuando llegara el momento de despertar, el cielo estaría límpido. Varios lo miraron con incredulidad, otros con ojos esperanzados, y todos nos dirigimos a nuestros aposentos Tuta. Y a las tres de la mañana, cuando los grandes vinieron a despertarnos, el cielo estaba cubierto de estrellas. Jubilosos y confiados nos subimos a nuestro nuevo auto, que más parecía una nave espacial (después del minúsculo Fiat 147 rojo, el Renault era el Enterprise), y partimos en búsqueda del Halley. Lo encontramos en medio del firmamento, gracias a Rami y sus cursos en el Planetario. En la inmensidad del cielo nocturno, en medio de millones de estrellas, se encontraba esa estrella de colita larga hecha de polvo cósmico.
Gus estampó la marca cometaria en varias de sus pinturas y esculturas, y nos pidió que dibujásemos nosotros también lo que habíamos visto. En lo que a mí respecta, además de los dibujos, del viaje me traje como recuerdo un orzuelo espectacular, de tonos verde azulados, morados y amarillentos, que me dolía horriblemente. Gus me dijo entonces que era afortunada, porque según él, se trataba de un pedazo de cometa que me había caído en el ojo.
Así era Gus: lindo, tierno, amoroso, dulce. Reía de una risa ahogada, y cuando lo hacía, sus ojos brillaban y su bigote se movía. Le gustaban las pastas que mi mamá preparaba y los panqueques con mermelada en las tardes de lluvia. Así lo recuerdo, así lo guardo. Gustavo vivirá por siempre en sus cuadros... y en mi corazón que hoy llora su ausencia.
Hasta siempre, querido Gus. Hasta siempre.
* Paul Verlaine
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